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Allá por 2013 pocos se aventurarían a vaticinar un quinto mandato presidencial de Abdelaziz Buteflika, presidente de la república argelina desde 1999. Aquel año el presidente sufrió un ictus cerebral que lo dejó en silla de ruedas y con evidentes secuelas físicas. No obstante, un año después volvió a ser reelegido para afrontar su cuarto mandato sin ni siquiera tener que hacer campaña electoral. Desde entonces, apenas ha aparecido en público y, ante su incapacidad física, que incluso le impidió introducir su propio voto en la urna, no ha pronunciado un solo discurso. De hecho, sus salidas del palacio presidencial, convertido en hospital, son a menudo para tratarse en una clínica europea. La falta de consenso entre las élites dirigentes para encontrar un sucesor propició que el anciano presidente volviera a presentarse en 2014. Y, a pesar de que el debate sobre su sucesión ha sido muy recurrente, cinco años después el dilema vuelve a repetirse, y todo apunta a que será idéntica la solución.
Un mal menor
La escasez de alternativas factibles tiene que ver con que no muchos pretendientes a la presidencia podrían ganarse las simpatías del opaco conglomerado que maneja los asuntos políticos en Argelia, compuesto por personas próximas a la presidencia, la cúpula del Frente de Liberación Nacional (FLN) —único partido que ha gobernado Argelia desde su independencia—, del Ejército y de la inteligencia y por poderosos hombres de negocios afines. Ante la farsa democrática, el beneplácito del llamado le pouvouir —‘el poder’— se antoja una condición irrenunciable oficiosa para tener opciones reales de optar a la presidencia. Esta dispersa élite, que tiene como punto en común principal el interés por su propia supervivencia, es susceptible de entrar conflicto a la hora de nombrar al sucesor idóneo ante el vacío de poder que dejaría la figura de Buteflika. Por tanto, a pesar de su evidente incapacidad para ejercer sus funciones con normalidad, la permanencia del presidente encarna...
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