Política y Sociedad Asia-Pacífico

El desafío de la comunidad LGTB en Asia-Pacífico

El desafío de la comunidad LGTB en Asia-Pacífico
Manifestante durante la marcha del orgullo LGBT en Tokio (Japón). Fuente: Embajada de EE. UU. (Flickr).

Asia-Pacífico se perfila dividido en cuanto a los derechos de la comunidad homosexual. Taiwán se ha convertido en el primer país asiático en legalizar el matrimonio igualitario, mientras que Brunéi, Malasia e Indonesia imponen la violencia y el castigo contra lo que consideran un pecado. ¿Ha llegado el momento de despertar para China, Japón y Corea del Sur o la libertad sexual sigue en la época imperial?

China, Japón y Corea del Sur son tres de los países más importantes del sudeste asiático, donde el matrimonio entre personas del mismo sexo sigue prohibido y no reconocido, las terapias de conversión todavía se practican y las personas LGTB no tienen derecho a donar sangre. En Corea del Sur los homosexuales no pueden formar parte de un organismo militar, mientras que en China y Japón no existe ninguna protección oficial contra la discriminación en el trabajo. 

Las encuestas y los reportajes muestran una realidad muy diversa dentro de la sociedad asiática: en algunos países se penan las relaciones entre personas del mismo sexo mientras que en Taiwán el matrimonio igualitario ya es una realidad. No en vano, el pasado imperial que une a las tres potencias de Extremo Oriente compartía una visión de la homosexualidad muy diferente a la impuesta en la actualidad; el amor o el erotismo entre dos hombres en el Imperio Ming o durante el periodo Edo, por ejemplo, era algo habitual.

La realidad LGBT en Extremo Oriente

Tener una orientación diferente a la heterosexual antes y durante la década de los 60 era todo un desafío. Las relaciones entre personas del mismo sexo eran ilegales en la mayor parte del planeta e incluso consideradas una enfermedad mental. La comunidad formada por las personas LGTB —lesbianas, gays, bisexuales y personas trans— alzó su voz en  el pub neoyorquino Stonewall en 1969 durante una histórica protesta para sumar en un mismo movimiento a quienes sufrían cualquier tipo de discriminación en su vida diaria debido a su identidad sexual o de género.

Tras décadas de activismo, la ONU recogió las firmas de 96 de sus 193 países miembros para aprobar en 2008 la “Declaración sobre orientación sexual e identidad de género”, una propuesta encabezada por Francia y respaldada sobre todo por Europa y América Latina. En ella  se condena cualquier acción (violencia, exclusión, acoso…) que atente contra los derechos humanos de una persona por su orientación sexual o su identidad de género. 

Otros 54 Estados crearon una coalición contraria a la despenalización de la homosexualidad y se pronunciaron el mismo día en rechazo de esta declaración. Respaldado por la Organización de la Cooperación Islámica, así como por la Santa Sede, el grupo reúne como firmantes a una gran parte de países de África y Asia —sobre todo los de mayoría musulmana—. El principal argumento se basa en que tanto para la religión islámica como para la católica la homosexualidad es vista como un pecado. Entre estos países se sitúan cuatro de Extremo Oriente: Brunéi, Indonesia, Malasia y Corea del Norte.

Países que firmaron la declaración de la ONU —en azul— y países que firmaron una declaración contraria —en verde—. Fuente: Wikimedia

Los tres primeros, con clara mayoría islámica, se consideran actualmente lugares peligrosos para las personas LGTB. El Ministerio de Salud de Indonesia calificó la homosexualidad de “trastorno mental”, dos mujeres fueron azotadas en público en Malasia por “tratar de tener relaciones homosexuales” y Brunéi anunció una modificación de su Código Penal para incluir la pena de lapidación por homosexualidad, que finalmente no ejecutó debido a la presión internacional.

En la otra cara de la moneda se encuentran Tailandia y Taiwán, a la cabeza de la tolerancia en Asia y considerados destinos turísticos favorables a las personas LGTB. Los hospitales tailandeses ostentan el mayor número de operaciones de reasignación de sexo del mundo y es conocida la aceptación social de un tercer género: las kathoey o ladyboys. Aun así, el país —gobernado por un duro régimen militarvive una paradoja en tanto la discriminación y la exclusión siguen existiendo. Mientras Tailandia todavía estudia legalizar las uniones civiles entre personas del mismo sexo, es Taiwán la que alza la bandera arcoíris con más orgullo en el continente, pues se ha convertido en el primer país asiático en aprobar el matrimonio igualitario.

Sin embargo, ¿se reproduce esta misma imagen en toda Asia Oriental, la zona más poblada del continente y descendiente del otrora gran Imperio chino? Mientras que Japón y Corea del Sur firmaron el documento presentado en la ONU y China se abstuvo, los derechos de las personas LGTB todavía no han alcanzado en estos países el nivel de otras potencias occidentales. 

La tradición homoerótica del imperio

El idioma chino, rico en simbología mediante sus elaborados caracteres, dispone de diversas variantes con el significado de ‘homosexual’. En la antigüedad se utilizaban expresiones poéticas surgidas de relatos, como ‘pasión de la manga cortada’, ‘melocotón compartido’ o ‘almohada compartida’, junto con otras que hacían referencia aún más explícita a la camaradería y la ‘tendencia hacia los hombres’, conceptos que se han conservado en algunas expresiones actuales, como el extendido 同志 (‘compañero, camarada’).

En China la homosexualidad se consideraba completamente normal en la época de la dinastía Ming (1300-1644), uno de los periodos más esplendorosos de su Historia. Fue la época en la que se erigieron la Gran Muralla o la Ciudad Prohibida. China era el centro del comercio mundial y el destino de todas las potencias europeas, atraídas por la fastuosidad de su arte. La modernidad del Imperio chino en la época queda plasmada en escritos e ilustraciones que constatan la normalidad de las parejas entre personas del mismo sexo.

Aunque la dinastía Qing (1644-1912) sí introdujo una ley contra la homosexualidad, ninguna de las religiones practicadas en el país la condenaba. A diferencia de una Europa en la que el cristianismo perseguía a cualquier sospechoso de sodomía, el confucianismo, el taoísmo y el budismo, de culto mayoritario en China, no prohibían explícitamente una orientación sexual diferente a la heterosexual.

Si bien el confucianismo prescribe el matrimonio según los roles de género tradicionales, acepta los amantes masculinos en el caso del hombre. El taoísmo, en cambio, no se pronuncia claramente al respecto de este tema en sus preceptos. En cuanto a las enseñanzas del buda Sidarta Gautama, tampoco diferencian entre orientaciones sexuales; solo muestran el camino hacia el nirvana o estado de iluminación a través de la moderación. 

Extensión de la dinastía Qing. Las regiones en color naranja, aunque no formaban oficialmente parte del imperio, le rendían tributos. Fuente: Wikimedia

Siguiendo la estela del budismo, en Japón aparece la vertiente adaptada por el monje Kukai —también conocido como Kobo Daishi—, quien creó la escuela del budismo esotérico shingon. Las prácticas eróticas entre hombres —nanshoku— que promulgaba se encuentran plasmadas en numerosos textos de principios del siglo IX, así como ilustraciones a partir del siglo XVI, hasta la llegada del cristianismo al archipiélago en el siglo XIX. Estas relaciones se establecían entre personas de diferentes clases sociales, sobre todo militares, monjes y artistas.

Para ampliar: The Great Mirror of Male Love, Ihara Saikaku, 1687

Los samuráis, leales a los señores feudales nipones, también practicaban el wakashudō o ‘camino del joven’ durante el periodo Edo (1603-1868). Las duras campañas militares exigían una relación estrecha entre novatos y veteranos, quienes, al igual que en la Antigua Grecia, enseñaban todos sus secretos a sus inferiores para ayudarlos en el camino hacia la madurez, puesto que el amor de una mujer se consideraba feminizante y, por tanto, un signo de debilidad

Más tarde llegó el rol del onnagata dentro del kabuki o teatro tradicional japonés. Las restricciones impuestas a las mujeres en la época del sogunato les impedían formar parte de espectáculos de teatro o danza. La solución a la que llegaron entonces fue que hombres de mediana edad interpretaran papeles de chicas adolescentes con el fin de representar el ideal masculino de la mujer. Muchos de los actores eran contratados como prostitutos en burdeles o por nobles de fortuna considerable.

Las revoluciones conservadoras

La verdadera represión contra las personas LGTB no llegó hasta la revolución popular de Mao Zedong y la creación de la República Popular China en 1949 tras la caída del Imperio Qing. Durante el régimen comunista del dirigente chino, instaurado al ganar la guerra civil contra el Partido Nacionalista Chino o Kuomintang, la Revolución Cultural arrasó con la mayor parte de los textos y obras de arte de inspiración homófila realizados hasta el momento. Los homosexuales sufrían persecuciones públicas, castigos, detenciones…

En tres años, se extendió a la fuerza el culto a la personalidad del líder, contrario al pensamiento confuciano, taoísta y budista. Toda orientación sexual que no entrase en la lógica de la pareja tradicional entre hombre y mujer estaba prohibida y aquellos que no se encontrasen dentro del espectro heteronormativo debían vivir en la clandestinidad. Así ocurre aún en la vecina Corea del Norte, país bajo un régimen militar autoritario donde la homosexualidad, pese a no haber estado oficialmente prohibida nunca, se considera una muestra de la decadencia moral fruto de la influencia de Occidente.

China la legalizó de nuevo en 1997, pero permaneció en la lista de enfermedades mentales elaborada por el Ministerio de Salud hasta 2001. Las dos regiones administrativas especiales, Hong Kong y Macao, le llevan una clara ventaja al Gobierno de Xi Jinping, ya que despenalizaron la homosexualidad en 1991 y 1996, respectivamente, y se consideran espacios seguros dentro del continente. Ambos han ilegalizado las terapias de conversión, pero todavía perduran ciertos obstáculos para las personas homosexuales. De hecho, en Macao los lugares de encuentro para la comunidad LGTB son inexistentes —solo existe un bar gay— y Hong Kong no ofrece protección legal contra la discriminación por orientación sexual. 

Para ampliar: A Mark of Red Honor, Jang Yeong-jin, 2015

Estado actual de la legislación en cuanto a la protección y la criminalización de las relaciones consensuales entre personas del mismo sexo en el mundo. Fuente: ILGA

Japón no se aleja mucho del giro radical que sufrió China en cuanto a los derechos LGTB, pero su razón no pudo ser más distinta. Con el final del periodo Edo, dominado por el clan Tokugawa, llegó la restauración Meiji: en 1868 quedaron abolidos los sistemas de señores feudales y de samuráis; el emperador obtuvo poder total para gobernar el archipiélago a su voluntad y decidió llevar a cabo una modernización a la imagen de Europa. El emperador Meiji emprendió la apertura del país y permitió la entrada de valores occidentales, ligados sobre todo al cristianismo, en el que la homosexualidad se considera un pecado. Por esta razón, fue prohibida de 1873 a 1880 con la intención de acercarse a las potencias europeas más tradicionales. La práctica del wakashudō dejó de existir al tiempo que se reforzó la idea de la unión entre hombre y mujer como la norma. 

El sintoísmo, la religión nativa de Japón, también jugó un papel importante. En tanto un culto basado en los espíritus y en la reverencia a los antepasados, similar a otras creencias animistas, no posee una deidad única ni un código de reglas preestablecidas. Durante la era Meiji, se desarrolló la vertiente del sintoísmo estatal, en el que se ponía en valor la ideología del Imperio japonés, de clara tendencia nacionalista, y se usó como argumento contra las relaciones entre personas del mismo sexo. La ventaja de este culto para el Gobierno era precisamente poder modificar las reglas y el código moral del culto y de la oración según sus preferencias. El sintoísmo fue por tanto utilizado para equipararse a las potencias occidentales durante el mandato del emperador Meiji como una herramienta de persecución y represión de la comunidad homosexual. Es en esta misma época en la que quedaron prohibidas las relaciones entre personas del mismo sexo durante siete años, entre 1873 y 1880.

Corea del Sur, en cambio, rompe los esquemas marcados por sus vecinos. A pesar de su anexión al Imperio japonés de 1910 a 1945, la homosexualidad nunca fue declarada ilegal y, aunque no existe una gran cantidad de archivos históricos al respecto, fue común en su época imperial entre los círculos cercanos a la figura del emperador durante la era Goryeo (918-1392).

Un largo camino por recorrer

La discriminación hacia las personas LGTB en China y Japón se mantiene hasta la actualidad, en parte debido al culto a los ancestros y al extremo control de los padres sobre sus hijos. En la lógica de varios países asiáticos, uno debe honrar a sus familiares cuando parten al más allá y asegurarse de mantenerlos satisfechos con sus acciones. La lealtad hacia la familia es crucial, por lo que también lo es cumplir con proveer descendencia y continuar la línea genealógica. 

Mientras que la opinión de la sociedad china hacia la homosexualidad va evolucionando de forma positiva, los padres viven extremadamente preocupados por el devenir de sus hijos. No es extraño, pues, que sean ellos quienes ejerzan de casamenteros y prefieran siempre un matrimonio heterosexual  —aunque sea de conveniencia— que pueda dar un hijo biológico, pues las uniones y adopciones por parte de parejas del mismo sexo están prohibidas. 

Debido a estas fuertes presiones familiares, algunos gays y lesbianas han optado por unirse entre sí de manera clandestina para celebrar matrimonios cooperativos o xinghun. Además, se calcula que un quinto de los 40 millones de chinos gays están casados con una mujer para ocultar su orientación sexual. Tampoco pueden donar sangre, no son admitidos en el Ejército y, aunque las terapias aversivas están declaradas ilegales, todavía son una práctica muy extendida en el país

Uno de los casos recientes más sonados fue el anuncio de Weibo, la plataforma similar a Twitter en China, de que eliminaría todo “contenido homosexual” debido a la supuesta proliferación de obras en las que se mostraban relaciones sexuales entre hombres. Las organizaciones chinas en apoyo a la comunidad LGTB lanzaron el hashtag #toogay y 20.000 personas salieron a la calle en Nankín para protestar contra la falta de libertad de expresión.

Japón también vive una situación cada vez más positiva. Lejos ya del fuerte patriotismo implantado por el Imperio japonés, el sexo empieza a ser un tema común del que la sociedad no se avergüenza. Aunque el sistema de jerarquía familiar es similar al de China y existe una sofocante presión social para no llamar la atención, la comunidad LGTB japonesa goza de una mayor libertad que en el país vecino. En febrero de 2019, con ocasión del día de San Valentín, se registraron en Tokio trece demandas para pedir el matrimonio igualitario. Alrededor del 80% de la población de entre 20 y 59 se muestra de acuerdo con la petición; Japón es el único Estado del G7 que no cuenta con dicha ley.

Japón domina la escena gay en Asia Oriental, lo que una vez más ejemplifica las complicadas relaciones sino-japonesas en la región. El homonacionalismo cobra vida en las calles de Tokio en el rechazo hacia los migrantes chinos que buscan refugio frente a la opresión que sufren en su país. Japón utiliza así de manera política una narrativa homonacionalista para recuperar el concepto nacionalista de la japonesidad o nihonjiron, que crea una identidad japonesa que justifica sus aspiraciones imperialistas diferenciando al país del resto de Asia —especialmente China— y equiparándolo a Estados Unidos y Europa. Al plantear una suerte de “homo-nihonjiron, Japón crea la ilusión de ser un modelo en Asia en cuanto a libertades y derechos LGTB cuando, en realidad, no está tan lejos de sus vecinos inmediatos. 

Para ampliar: Confesiones de una máscara, Yukio Mishima, 1949

Por otra parte, se han popularizado géneros de manga (cómics) y anime (series de animación) como el yaoi y el shōnen-ai —en los que se muestran relaciones entre hombres, generalmente jóvenes— y sus contrapartes femeninas, yuri y shōjo-ai. Este tipo de obras son ampliamente consumidas en el país —y cada vez más en Occidente— y contribuyen a un panorama más tolerante, pese a la reticencia del Gobierno conservador de Shinzō Abe a abordar el posible futuro de las uniones entre personas del mismo sexo.

Aunque Corea del Sur, al igual que Japón, firmó la declaración de la ONU para terminar con las discriminaciones contra las personas LGTB, tampoco ha aprobado el matrimonio igualitario. La comunidad homosexual cuenta con protección legal frente a la discriminación laboral, pero, al igual que su vecino nipón, no ha prohibido las terapias aversivas ni les permite donar sangre. Gobernado por Moon Jae-In desde mayo de 2017, el país se vio involucrado en una controversia en junio del mismo año tras las investigaciones y aparentes persecuciones dentro del Ejército para detectar posibles homosexuales. El servicio militar es obligatorio en Corea del Sur y está prohibido acceder a él en caso de que la persona declare mantener relaciones con personas del mismo sexo. 

Mientras artistas como la drag queen surcoreana Kim Chi o activistas como el taiwanés Chi Chia-wei tratan de romper con los cánones establecidos en Extremo Oriente, todavía existe una gran barrera política y social que limita la libertad sexual de la población. La aprobación del matrimonio igualitario en Taiwán ilumina de color el horizonte asiático, una luz que penetra débilmente en una China estancada, un Japón conservador y una Corea del Sur discreta. Aún queda mucho camino por recorrer.

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