De Trump a la antigua Roma: así se construyen la dictaduras

No hace falta un golpe de Estado para acabar con la democracia. La estrategia de los autoritarios es minar el sistema desde dentro y mantener una fachada que va importando cada vez menos. Estados Unidos es el último gran ejemplo de avance hacia el autoritarismo
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De Trump a la antigua Roma: así se construyen la dictaduras
Donald Trump en el Foro Económico Mundial de Davos el pasado 22 de enero de 2026. Foto: Laurent Gillieron (EFE)

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A veces la dictadura sucede a la democracia de golpe y porrazo, tras un rápido putsch que lo disuelve todo en días, sin contemplaciones hacia las viejas instituciones, que se dinamitan para construir otras nuevas en el solar vacío. Pero en otras ocasiones no ha llegado —parafraseando el poema de Eliot: not with a bang, but with a whimper— con un estallido, sino con un gemido. De puntillas, a tientas, como un miasma que se infiltra en el cuerpo ajado del viejo régimen y lo va transformando con paciencia. Los ejemplos no son sólo contemporáneos, sino que pueden hallarse ya en los compases más remotos de la civilización humana.
De la antigua Roma a Estados Unidos
Cuando Roma dejó de ser una república y se convirtió en un imperio, cambiaron radicalmente muchas cosas, pero no los nombres de las instituciones y los cargos políticos. La memoria de la monarquía derribada en el 509 a. C. como un régimen odioso no se había venido abajo con el régimen republicano. Aquella arcaica revolución contra Tarquinio el Soberbio, el último monarca, era un mito fundacional demasiado asentado y asimilado como para deshacerse de él. Y, por ello, el primer emperador, Augusto, evitó cualquier título monárquico. Nunca se llamó emperador, ni Roma se llamó imperio, sino siempre res publica. Se arrogó el añejo título de princeps senatus, ‘primer senador’; pretendió transmitir que era, simplemente, el primero entre iguales, el comedido primer ministro de aquel régimen ya despótico que, en el medio milenio que le quedaba de vida, nunca dejó de tener Senado, ni este de reunirse con periodicidad. También siguieron nombrándose cada año los viejos cargos republicanos: cónsules, pretores, ediles…
Pero eran cascarones vacíos, un asunto honorífico sin poder efectivo. El poder sólo lo detentaba el emperador, a favor del cual también se tergiversaron algunas prerrogativas de la era republicana, como la tribunicia potestas. Bajo la República, se había llamado así a cierto privilegio excepcional que detentab...

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Pablo Batalla Cueto

Gijón, 1987. Licenciado en Historia, corrector de estilo, traductor y ensayista. Autor de cinco ensayos, el último de ellos Yo podría haber sido Fidel Castro (2024). Colabora con medios como Público, La Marea, Jot Down o Nortes y coordina la revista cultural digital El Cuaderno.