Cuando la activista medioambiental Greta Thunberg visitó Kiev en junio y se reunió con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, ambos estuvieron de acuerdo en calificar la guerra en el país como un ecocidio. El impacto climático no es lo primero en lo que pensamos cuando hablamos de guerra, pero la destrucción ambiental no es menor: desde emisiones de gases contaminantes a polución del agua y suelo y pérdida de biodiversidad. Se ha dicho incluso que la militarización es el acto humano “más destructivo desde el punto de vista ecológico”.
Se estima que entre un 5 y un 6% de las emisiones globales de CO2 están relacionadas con actividades militares no solo en tiempos de guerra, también de paz. Sin embargo, el impacto medioambiental de la actividad militar “está ausente de los grandes debates sobre el clima”. Según Enrique Quintanilla, de la ONG Ecologistas en Acción, “los datos de contaminación de los ejércitos son un secreto de Estado” que los países no se quieren compartir porque son “tremendos”. Por ello, la guerra de Ucrania es una oportunidad para empezar a comprender y tener en cuenta las consecuencias climáticas de una guerra.
Las guerras son catástrofes socioambientales
Las guerras son, en última instancia, catástrofes medioambientales impulsadas por la acción humana. Y es que la guerra no solamente involucra a seres humanos, sino también al medio ambiente. Uno de los pocos estudios sobre el impacto climático de la guerra es el que realiza el Observatorio de Conflictos y Medioambiente (CEOBS) británico, que clasifica los impactos de la guerra en tres: anteriores, simultáneos o posteriores al conflicto bélico.
Los impactos “anteriores” son los precedentes: a menudo las guerras estallan por causas climáticas, como el control del agua. Según un informe del Programa de Medio Ambiente de la ONU, un 40% de los conflictos están relacionados con la explotación de recursos naturales. Por ejemplo, el aumento de temperaturas o fenómenos como las lluvias excesivas, las sequías y las hambrunas pueden aumentar la probabilidad de un conflicto entre cuatro y cinco veces en África.
Los impactos simultáneos suceden durante la guerra, como la contaminación producida por las explosiones o los incendios producidos por el conflicto. Los daños ambientales también pueden ser deliberados. Uno de los ejemplos más famosos es la decisión de Estados Unidos de rociar agente naranja durante la guerra de Vietnam. Este compuesto químico se usó durante diez años para deforestar las selvas donde se refugiaban los guerrilleros vietnamitas, lo que ha sido calificado como un ecocidio.
Pero una guerra puede seguir dañando el medio ambiente mucho después de haber terminado. Son los impactos posteriores, como los compuestos químicos arrojados a los ríos o las selvas, la desaparición de la fauna, las bombas sin detonar o la persistencia de gases nocivos en las zonas de combate. Las más de 2.000 bombas nucleares detonadas en la Tierra, por ejemplo, han dejado rastros radioactivos irreversibles en la superficie terrestre.
No se trata solo del efecto directo de los combates. La falta de alimentos o refugio puede llevar a la población de zonas en conflicto a recurrir a prácticas dañinas con el entorno. De los veinticinco países más vulnerables a los efectos del cambio climático, catorce están en situación de guerra, incluidos Mali, Afganistán, Yemen o Somalia. En Yemen, por ejemplo, el conflicto está obligando a la gente a recurrir a madera o carbón para calentarse, agravando la deforestación en el país.
La guerra de Ucrania, un ecocidio
Un año y medio después de la invasión rusa de Ucrania ya existen evidencias de los daños medioambientales que ha sufrido el país. Incidentes en instalaciones industriales o centrales nucleares, deterioro de la infraestructura energética, abandono de vehículos militares, armas y munición o vertidos de combustible. Además, Ucrania es uno de los mayores productores de grano y aceite de girasol del mundo y las cosechas han quedado devastadas, lo que puede generar problemas en los países dependientes de su exportación.
Unas de las primeras estrategias de Rusia contra Ucrania fue atacar a su infraestructura de transportes y producción, lo que supuso que se liberaran sustancias tóxicas al agua, tierra y aire cercanos, contaminando la zona. Los incendios y bombardeos han destruido cultivos y amenazado la vida de millones de animales. La construcción de defensas como muros, trincheras, campos de minas o alambradas supone otro riesgo para la biodiversidad de la zona.
El mayor ejemplo de este desastre medioambiental es la destrucción de la presa de Nova Kajovka el pasado junio. Este embalse, situado en el sur del país, cerca de la desembocadura del río Dniéper y bajo control militar ruso, servía, entre otros, para refrigerar la gran central nuclear de Zaporiyia. La desaparición de la presa no ha puesto en peligro la central en el corto plazo. Pero sí provocó inundaciones devastadoras en la región y podría constituir un crimen de guerra si se prueba que fue un acto deliberado.
Con todo, hay noticias esperanzadoras entre tanto desastre. Por ejemplo, un grupo de botánicos ucranianos arriesgaron sus vidas para rescatar un herbario único en el mundo de las ruinas de la ciudad de Jersón. La reparación socioambiental es uno de los pilares del plan de reconstrucción de Ucrania, el llamado “nuevo Plan Marshall Verde del siglo XXI” impulsado por la Unión Europea. Incluir la perspectiva ambiental no solo es importante para este contexto concreto, sino que podría suponer un precedente para la rendición de cuentas en futuros conflictos.
¿Quién responde por los desastres ambientales?
Se están dando pasos para concienciar sobre el vínculo entre guerra y medio ambiente. Por ejemplo, cada 6 de noviembre se celebra el Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y los Conflictos Armados, establecido por la Asamblea General de la ONU en 2001.
En la misma línea, el Programa Medioambiental de la ONU (UNEP) colabora con varias universidades e institutos de investigación de todo el mundo para analizar la relación entre consolidación de paz y recursos naturales. El UNEP también se ha asociado con la Unión Europea para prevenir conflictos relacionados con causas medioambientales e impulsar “el uso de la gestión ambiental para la construcción de la paz y la prevención de los conflictos armados”.
Sin embargo, la correlación entre industria armamentística e impacto ambiental sigue sin recibir suficiente atención, por el desinterés de Gobiernos y la propia industria y por el desconocimiento de la población. Por ello es necesario dedicar más recursos a medir las consecuencias climáticas de las guerras, incorporar mecanismos de rendición de cuentas climáticos e informar al público general. Los responsables de los conflictos bélicos no deben solo responder por sus crímenes humanitarios, también por sus desastres ambientales.