La crisis de 2008 empujó a miles de familias italianas a la pobreza. La recesión económica, el desempleo y la crisis inmobiliaria obligaron a muchos a pedir un crédito para poder hacer frente a sus deudas. Sin embargo, los bancos no prestaban dinero, y en un contexto de crisis como ese, la mafia se convirtió en el banco de crédito más importante del país en una Italia que se ahogaba. Doce años después, la pandemia ha demostrado otra vez que los grupos criminales son parte del sistema, y que también se ven muy influidos por los vaivenes económicos, políticos y hasta sanitarios. Desde las tríadas chinas a la yakuza japonesa, pasando por las maras o los yihadistas, el coronavirus es una gran oportunidad para los grupos criminales, aunque también entrañe riesgos.
Para ampliar: “Yakuza: katanas, tatuajes y limusinas”, Daniel Rosselló en El Orden Mundial, 2015
La vieja escuela contra la pandemia
Esta crisis ha sido algo distinta a la del 2008 en Italia. El coronavirus ha golpeado especialmente al tercio norte del país, la zona más rica e industrial, que acumula el 50% del PIB italiano. Sin embargo, el Gobierno impuso el confinamiento en toda Italia, con lo que el sur, notablemente más empobrecido, se ha visto también afectado por esta crisis, pero en el plano económico. El sur es precisamente donde la mafia se ha concentrado tradicionalmente: la Ndrangheta en Calabria, la Cosa Nostra en Sicilia y la Camorra napolitana son los grupos principales. En un país con cerca de tres millones y medio de trabajadores informales, la desesperación ante la inminente crisis económica es terreno abonado para las mafias, a las que se ha visto repartiendo alimentos y material sanitario para ganarse el favor de la población y aumentar su influencia.
La necesidad de crédito rápido también ha llevado a muchos a acudir a los clanes mafiosos, que les prestan dinero a cambio de participaciones en sus negocios, lo que facilita enormemente el lavado de dinero. Esa es una de las principales preocupaciones de las autoridades italianas: que el coronavirus ayude a la mafia a penetrar más en la economía. Pero el verdadero negocio para estos grupos está en los fondos de reconstrucción que se esperan de la Unión Europea, dinero que pueden desviar para financiar sus actividades. Ya hay precedentes: durante la crisis de refugiados, la mafia consiguió la asignación de varios centros de asilo, lucrándose con las ayudas que se destinaban a mantenerlos.
Sin embargo, la preocupación de la mafia italiana por el coronavirus no tiene que ver únicamente con sus negocios, sino también con asegurar la salud de los suyos. Al igual que en otros grupos como la yakuza japonesa, la gerontocracia tiene un papel central en la mafia: los capos suelen ser de edad avanzada, lo que les convierte en población de riesgo ante el virus. Así, la amenaza de contagio ha hecho que los clanes japoneses repartan instrucciones higiénicas entre sus miembros y que los capos más mayores eviten las reuniones en persona.
Para ampliar: “Los refugiados, el nuevo negocio de la mafia italiana”, Alicia García en El Orden Mundial, 2019
El soldado invisible de Alá
No solo la mafia italiana ha encontrado en la pandemia una oportunidad para ampliar su actividad: otros grupos criminales como Al Qaeda o Dáesh están sacando provecho, reforzando su legitimidad frente a la mala gestión de muchos Gobiernos. Los yihadistas han suministrado recursos entre la población de las zonas que controlan y han repartido instrucciones sanitarias para evitar la propagación del virus. Hezbolá, el partido guerrilla islamista libanés, ha movilizado a 1.500 médicos, cerca de 3.000 enfermeros y alrededor de 20.000 voluntarios para hacer frente a la pandemia, una ayuda que le granjeará apoyo popular de cara a la crisis económica que traerá la pandemia.
Como otras asociaciones criminales, los grupos terroristas también han visto dañadas sus fuentes de ingresos: sus redes de tráfico y de suministro y su actividad han quedado paralizadas. Sin embargo, el coronavirus también supone una oportunidad para que los yihadistas refuercen su influencia en la población, pasando de ser vistos como el enemigo a quienes protegen a las comunidades. Un buen ejemplo es Al Shabab, la filial de Al Qaeda en Somalia, que no ha tardado en señalar a las tropas de la ONU y a los cooperantes occidentales como los responsables de importar el coronavirus a la región.
Por último, la pandemia también está siendo útil para que el yihadismo propague su ideología y reclutar adeptos, presentando al islam como la única religión que puede proteger contra la pandemia por la importancia que esta religión da a la higiene personal y la protección del cuerpo contra enfermedades. Según el manifiesto publicado por Al Qaeda a principios de abril, el coronavirus es un soldado invisible enviado por Alá para mostrar los fallos del modelo de vida occidental. Dáesh ha ido más allá, afirmando que no es casual que el virus haya surgido en China, sino que es un castigo contra el Gobierno chino por su represión de musulmanes de Xinjiang. Por otro lado, Dáesh ha hecho un llamamiento a sus seguidores alrededor del mundo para que aprovechen la distracción de la policía para buscar objetivos contra los que atentar, y a principios de mayo fue detenido un simpatizante de Dáesh en Barcelona acusado de seguir esa orden.
Para ampliar: “A la sombra de Dáesh, Al Qaeda se ha vuelto más poderosa que nunca”, Airy Domínguez en El Orden Mundial, 2020
El virus de la gobernabilidad en América Latina
En América Latina el coronavirus ha expuesto un problema que muchos países de la región llevan décadas arrastrando: los Gobiernos no tienen un control real sobre su territorio. Cuando a principios de abril empezó a crecer la preocupación en Brasil por la propagación del coronavirus, el por entonces ministro de Sanidad, Luiz Henrique Mandetta, declaró que el Gobierno debía colaborar con las bandas de las favelas para contener juntos la expansión del virus, como si estas bandas fueran un órgano público más. Estos grupos llevaban varias semanas desoyendo las recomendaciones del presidente brasileño, Jair Bolsonaro, que insistía en no respetar la cuarentena en contra de la postura de Mandetta. En las favelas bajo su control, las bandas establecieron toques de queda, repartieron comida y dieron instrucciones higiénicas a la población, llegando incluso a prohibir el acceso de no residentes.
Brasil no es el único país de la región en el que los grupos criminales han demostrado tener más capacidad de movilización que las fuerzas estatales, a pesar de que no todos hayan gestionado la crisis como Bolsonaro. Gran parte del negocio de estos grupos se basa en el apoyo de la población local: ante la inacción del Gobierno, la gente prefiere a las bandas, aunque estas reclamen a cambio el pago de tasas. Eso obliga a las bandas a ayudar a la población de las zonas que controlan. En Guatemala, por ejemplo, la mara Barrio 18 dejó de cobrar tasas en las zonas que controlaba en previsión del impacto que el confinamiento iba a tener en la economía local.
Así, si en una crisis como esta las bandas son incapaces de proteger sus barrios, pierden su legitimidad social y corren el riesgo de que las autoridades u otras bandas les arrebaten su territorio y el apoyo de la población. Es lo que ha pasado en El Salvador. Desde que llegó al poder en junio de 2019, el presidente Nayib Bukele ha tenido como objetivo reducir los crímenes en el país, y parecía estarlo consiguiendo. Sin embargo, con el inicio de la pandemia el Gobierno desplegó a militares y policía por todo el territorio, lo que fue visto como una amenaza por las maras. Esto, sumado a la reducción de ingresos que estaba provocando la pandemia, hizo que se disparan los crímenes. Se ha desatado una lucha entre el Gobierno y las maras, que buscan mantener el control y demostrar que siguen teniendo la sartén por el mango a pesar de los esfuerzos de Bukele. Mientras, las bandas reparten víveres y material sanitario, y lo anuncian todo con una buena dosis de publicidad.
Al contrario que la mafia Italiana o la yakuza japonesa, que tienen una red de negocios mucho más desarrollada, los grupos criminales latinoamericanos no está tan diversificados y están aguantando peor la pandemia. Las maras, al igual que los carteles mexicanos, dependen mucho del tráfico de armas y drogas, actividades que se ven seriamente comprometidas con el cierre de fronteras y la reducción de los transportes. A consecuencia de ello, estos grupos no han reducido su actividad criminal, sino que la han aumentado para mantener sus ingresos.
En México, el coronavirus también ha agravado la violencia. El presidente, López Obrador, ha pedido a los carteles se centren en reducir los enfrentamientos y no tanto en repartir material sanitario, como han venido haciendo en las últimas semanas. Con la frontera estadounidense bloqueada, las rutas de coca cerradas y el parón en el comercio de drogas químicas desde China, el negocio está al borde del colapso. Muchos carteles han aprovechado el momento para ganar territorio a grupos rivales y mantener sus ingresos a través del chantaje, el secuestro y la violencia. Así, pese a ser uno de los países que más ha sufrido la pandemia, México ha registrado ocho veces más homicidios que muertes por coronavirus, con más de 8.000 asesinatos solo entre enero y marzo.
Para ampliar: “Entre maras: inseguridad y violencia en América Latina”, María Canora en El Orden Mundial, 2018
La vacuna contra el virus del crimen
El impacto del coronavirus en el crimen organizado demuestra que estos grupos crecen en sistemas políticos y de seguridad fallidos, y que la única forma de luchar contra ellos es a través de un Estado más fuerte y capacitado. Cuanto más débiles son las instituciones, más se refuerza el papel social y económico de estas bandas, y su actividad ya no se queda solo en el crimen organizado, sino que acaban vertebrando la vida de las comunidades que controlan. La debilidad de los Gobiernos frente a estos grupos deja a la población a su merced.
Sin embargo, aunque pueda parecer que los grupos criminales actúan movidos por una preocupación social, en realidad buscan mantener el apoyo popular para reforzar su autoridad y garantizar su actividad a futuro. Aunque una crisis como esta pueda afectar a la actividad económica de estas organizaciones, también es una oportunidad perfecta para que aumenten su presencia territorial. Con los Gobiernos de todo el planeta centrados en hacer frente a la pandemia, los grupos criminales y terroristas aprovechan para fortalecerse y sacarle partido a la crisis.
Para ampliar:“La crisis económica del coronavirus y la vuelta de la intervención estatal”, Fernando Rey en El Orden Mundial, 2020





