Política y Sociedad Europa

Baviera: entre la tradición y la innovación

Baviera: entre la tradición y la innovación
Castillo de Neuschwanstein. Fuente: Abhijeet Rane

Oktoberfest, salchichas blancas, pantalones de cuero y una industria de alta tecnología puntera en Alemania y en Europa. La combinación bávara de tradición e innovación ha sido durante décadas la receta del éxito, pero ahora esta peculiar región alemana se encuentra ante una nueva encrucijada. ¿Qué lecciones cabe extraer del reciente cambio de ciclo político bávaro?

“Baviera ha encontrado la simbiosis perfecta entre los portátiles y los pantalones de cuero”. Corría el mes de febrero del año 1998 y el presidente de Alemania, el bávaro Roman Herzog, ofrecía su discurso inaugural al público de la Neue Messe —‘nueva feria’—, una importante feria de negocios que tiene lugar cada año en Múnich. El juego de palabras pronto causaría furor. La Unión Social Cristiana, hermana bávara de la Unión Demócrata Cristiana, no tardó en utilizarlo como eslogan electoral y lema del modelo de desarrollo que Baviera había instaurado durante las décadas de posguerra. Un modelo que Herzog lograba resumir en su discurso de forma muy atinada y gráfica —acaso con la inexcusable omisión al FC Bayern de Múnich— y que fundamentalmente giraba en torno a un objetivo: combinar innovación y tradición en aras de alcanzar el ideal alemán de la Gemütlichkeit, la felicidad equilibrada y comodidad del espíritu tanto en lo simbólico como en lo material.

La creación de la Baviera moderna

Baviera no siempre ha sido la región más rica de Alemania. Hasta bastante después de la Segunda Guerra Mundial, este estado federado o land —a veces referido como Freistaat o ‘estado libre’ con carácter simbólico, aunque no constitucional— tenía una economía predominantemente rural y unas estructuras sociales muy atrasadas. Por aquel entonces, la región de origen del político estadounidense Henry Kissinger era una tierra de granjeros, predominantemente católicos, que vivían modestamente en el campo o en las montañas alpinas colindantes con Austria y República Checa. Mantenían, eso sí, una personalidad cultural muy fuerte y notables peculiaridades sociopolíticas, perceptibles todavía hoy tanto en el habla —existen diferencias considerables entre el alemán estándar y los dialectos locales— como en aspectos ligados a las creencias religiosas —predominio del catolicismo frente al protestantismo del norte—, las expresiones culturales —como el Oktoberfest— o la propia concepción de la política, muy influida por la noción del mito bávaro y el gusto por el pragmatismo.

La localización de Baviera en el corazón de Europa ha favorecido una configuración histórica compleja. Fuente: Stratfor

Históricamente, la existencia de estas señas de identidad tenía que ver con varios factores. En lo religioso se relacionaban con la reconfiguración del mapa político-religioso europeo tras la guerra de los Treinta Años (1618-1648) en un contexto impregnado por la Reforma luterana en el norte de Alemania y la Contrarreforma, que reforzaría la presencia de la Iglesia católica en el sur. En el terreno político-cultural, los matices bávaros surgirían, entre otras razones —como la influencia de la Confederación del Rin, la Revolución francesa y el período napoleónico, período durante el cual Baviera obtuvo estatus de reino—, por las continuas luchas de poder entre los burgos, ciudades libres y regiones de la Alemania preunificada decimonónica. Al igual que otras áreas del sur de Alemania, Baviera se enfrentaría sin éxito en el siglo XIX al ascenso hegemónico de la Prusia protestante de Otto von Bismarck, padre de la unificación alemana, y se aliaría con la Austria católica en la guerra de las Siete Semanas de 1866.

A pesar de estos enfrentamientos históricos con Prusia y la subsiguiente política de “lucha cultural” impulsada por Von Bismarck, Baviera lograría conservar sus peculiaridades religiosas, políticas y culturales durante la etapa del II Imperio alemán e integrarse con el resto del país. Tanto es así que hasta el final de la Primera Guerra Mundial los bávaros mantuvieron a los Wittelbach —su centenaria familia real, establecida en 1806 de forma paralela al káiser Guillermo II de Alemania— hasta Luis III (1913-1918), último representante de la dinastía. Después de la Segunda Guerra Mundial, Baviera fue el único territorio que votó en contra de la Constitución Federal de 1948, aunque había prometido su acatamiento si más de dos tercios del resto de Alemania la apoyaban, como terminaría ocurriendo finalmente. El motivo del rechazo era que Baviera aspiraba a recibir mayores competencias en el marco federal a las que establecía el nuevo texto.

Aunque ello pone de manifiesto la existencia de un nacionalismo bávaro latente, lo cierto es que su traducción en clave secesionista o irredentista ha sido históricamente insignificante. En 1871 había algunos sectores nacionalistas independentistas minoritarios y en 1918, tras la derrota en la Gran Guerra, volvieron a surgir voces que reivindicaron la anexión con Austria para formar lo que ya desde antiguo se conocía como el proyecto de la “Gran Alemania”. Pero ninguna de estas vías tuvo mayor trascendencia y hoy en día son bastante residuales. Además, en 2017 el Tribunal Constitucional alemán rechazó la celebración de cualquier posible referéndum de secesión ante las reclamaciones de algunas fuerzas independentistas bávaras minoritarias y sin representación parlamentaria.

De hecho, en una dinámica histórica opuesta a semejantes reivindicaciones, se constata que las costumbres regionales bávaras han ido incorporándose progresivamente como parte y complemento de la identidad federal alemana e incluso europea. Símbolos de origen local como el uso de los pantalones de cuero o atuendos típicos austríacos y celebraciones populares como el Oktoberfest se vinculan hoy por hoy —especialmente en el extranjero— a la imagen país del conjunto de Alemania. Ello no significa que los bávaros no sean muy recelosos de sus peculiaridades, su Historia y sus costumbres. Pero saben que en el equilibrio está la virtud. Por esta razón, para entender lo que Baviera significa para Alemania, la analogía más frecuente, salvando las distancias, se suele hacer analizando lo que Texas significa para EE. UU. La conclusión parece clara: unidad en la diversidad.

Para ampliar: “Oktoberfest, la cara amable de Alemania”, Alejandro Salamanca en El Orden Mundial, 2018

Jugadores del FC Bayern celebran el Oktoberfest con las vestimentas tradicionales bávaras. Fuente: FC Bayern (TW)

CSU, mucho más que un partido

La Unión Social Cristiana de Baviera (CSU en alemán) es una institución histórica sin la que resulta imposible comprender la Baviera moderna. Creada en 1945, tras el final de la Segunda Guerra Mundial —antes incluso de la fundación de la propia Unión Demócrata Cristiana (CDU en alemán)—, con un ámbito de acción regional, este partido político sería durante décadas el principal actor del desarrollo regional. Los conservadores, con un perfil ideológico cristianodemócrata, lograrían monopolizar el panorama electoral desde la década de los 50. Es más, la CSU ha gobernado el land de forma ininterrumpida desde 1957 y ha alcanzado amplias mayorías absolutas —superiores al 50%— en todas las elecciones salvo en tres, contando las de 2018. Al mismo tiempo, su papel siempre ha sido destacado a nivel nacional en el marco de su unión con la CDU, con la que comparte grupo parlamentario, aunque ello no es óbice para que la facción bávara se desmarque tradicionalmente en cuestiones que considera fundamentales para su región.

Una figura imprescindible —no exenta de polémica— para explicar el éxito electoral de la CSU durante tantas décadas es Franz Josef Strauss, líder del partido y presidente de Baviera desde 1961 hasta su muerte en octubre de 1988. Pese a su lengua viperina —solía afirmar que equivocarse una vez era humano y que hacerlo repetidamente era socialdemócrata—, durante su período de gobierno Baviera logró pasar de ser una economía principalmente agraria a convertirse en el motor económico de Alemania. Strauss fue uno de los principales impulsores del proceso de industrialización del land e inauguró una etapa de progreso económico que se asentó sobre el desarrollo de grandes empresas locales y un tejido productivo especializado en las industrias automovilística, electrónica, tecnológica y farmacéutica. El éxito de grupos multinacionales punteros como las empresas automovilísticas BMW y Audi, junto con la presencia de las sedes de otras empresas importantes, como Siemens o Adidas, convertiría a Baviera en el buque insignia del progreso económico alemán. El prestigio y la visión de Strauss habían adquirido ya una dimensión histórica.

Baviera es uno de los puntos neurálgicos de las redes tecnológicas europeas gracias a enclaves como Isar Valley. Fuente: Heise

Los sucesores de Strauss, especialmente Edmund Stoiber, quien gobernó el estado federado entre 1991 y 2007, buscaron dar continuidad a su legado: aversión al déficit, rechazo de la inflación y defensa a ultranza del ahorro y del equilibrio fiscal y presupuestario. Pero Stoiber no solo mantuvo esta dirección, sino que también impulsó la industria bávara en la era de la globalización con su ambicioso programa “High-Tech-Offensive Bayern” en los años 90. Los réditos de esta continuidad en las políticas de innovación y desarrollo tecnológico, junto con la privilegiada ubicación de la región en el marco industrial de la “Banana azul” europea, aún se dejan sentir en la actualidad: Baviera es el land más rico y próspero de Alemania. Sus tasas de desempleo apenas rondan el 3% y su renta regional es la segunda más elevada del país y una de las más altas de toda Europa. Miles de empresas y personas tratan de instalarse en esta región, habitada actualmente por unos 13 millones de personas, que buscan aprovechar el virtuoso tejido económico que se ha formado en enclaves como Isar Valley, una versión a la muniquesa del Silicon Valley estadounidense. Portátiles y pantalones de cuero: alta tecnología y un pegamento cultural cristalizado en torno al respeto a las tradiciones autóctonas.

Partidos en crisis

Pese a su excelente situación económica, Baviera ha sido testigo del reciente surgimiento de unas dinámicas políticas inéditas hasta la fecha. Los partidos del pueblo como CSU, los socialdemócratas o incluso los liberales del Partido Democrático Libre se encuentran en una situación de crisis impensable hace tan solo unos años. En el caso de la antaño todopoderosa CSU, las causas de la debacle son diversas y a menudo se solapan: para algunos se debe al rechazo generado por la política de bienvenida merkeliana frente al desafío migratorio; otros critican la falta de liderazgo del polémico ministro del Interior alemán de la CSU, quien provocó una crisis de gobierno que casi se saldó con la fractura del Ejecutivo en Berlín; finalmente, hay quienes consideran que la escasa ética cristiana mostrada por la CSU de Markus Söder ante el drama humanitario de los refugiados puede haber indignado a las bases electorales socialcristianas.

Para ampliar: “El dilema de Angela Merkel”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2018

Semejante yuxtaposición de factores explica que los grandes beneficiados de este cambio de tendencia política —Los Verdes, por un lado; Alternativa para Alemania (AfD en alemán), por el otro— no puedan ser más dispares ideológicamente. Mientras que Los Verdes se han granjeado apoyos de las bases cristianas con una campaña de fuerte apoyo a las actividades solidarias de las instituciones religiosas locales, AfD ha conseguido atraer al votante conservador preocupado por la seguridad o por futuros problemas de integración cultural. En este escenario electoral, los socialdemócratas apenas han logrado articular un discurso propio, fagocitados a ambos lados del espectro político, mientras que los liberales del Partido Democrático Libre tampoco han sabido enfocar su campaña y han estado a punto de no obtener representación parlamentaria.

La campaña de la CSU liderada por Söder ha tratado de sembrar una polémica identitaria con la decisión de volver a colgar crucifijos en todos los edificios públicos bávaros para “conservar los valores cristianos” y a la vez emular las duras posiciones en materia migratoria de AfD. El resultado ha sido un fracaso considerable. El temor a que se cumpliese la advertencia de Strauss, quien siempre alertaba de la importancia de impedir que surgiese ninguna fuerza a la derecha de la CSU, ha hecho que el partido se obsesionase con AfD y perdiese de vista su retrovisor izquierdo.

Las elecciones de octubre de 2018 mostraron un importante declive de los partidos tradicionales y el auge de Los Verdes y AfD. Fuente: Europe Elects (TW)

Así, mientras AfD se convierte en cuarta fuerza en el Parlamento regional con el 10,2% de los apoyos —bastante por debajo de los pronósticos—, Los Verdes de Katharina Schulze han logrado ser la gran sorpresa al consolidarse como segunda fuerza con el 17,5% de los votos gracias a una estrategia relativamente centrista —tan solo el 60% de sus nuevos votantes proceden de la izquierda— y nítidamente europeísta y antipopulista. Los socialdemócratas, por su parte, han encajado un doloroso resultado que los relega a la irrelevancia como quinta fuerza del mapa político bávaro tras perder más de un 10% de sus apoyos con respecto a 2013. Mientras, el movimiento Lista de Electores Libres de Baviera, cercano a la CSU, ha logrado cosechar unos buenos resultados que la convierten en tercera fuerza —11,6%— y socio prioritario de los cristianodemócratas en las negociaciones de las próximas semanas para formar un Gobierno de coalición.

Baviera, el laboratorio alemán

El impacto de unas elecciones en Baviera siempre es profundo tanto en Alemania como en Europa. En clave nacional, la CSU tiene gran importancia en la formación y estabilidad del Gobierno en Berlín. Los resultados en Baviera pueden llegar a tener repercusiones determinantes sobre el futuro de la Gran Coalición, especialmente en un contexto marcado por las crecientes divisiones en el seno de la Unión Europea por la cuestión migratoria y la relativa fragilidad política de la cuarta legislativa de la era Merkel, sobre todo después de que la canciller anunciase que no se presentaría a las elecciones de 2021.

En perspectiva internacional, el electorado bávaro ha demostrado ejercer una gran influencia a la hora de fijar la posición proausteridad alemana en las negociaciones de la deuda con países como Grecia durante los rescates financieros posteriores al arranque de la crisis de 2008. A su vez, la influencia bávara se deja sentir de forma más reciente en el progresivo giro restrictivo de la política migratoria de Merkel, que tras alcanzar un principio de acuerdo en junio de 2018 ha tenido que optar por reforzar la vigilancia y seguridad en cuestiones controvertidas, como la gestión de fronteras entre Austria y Baviera en el marco Schengen.

Sin embargo, los últimos comicios han mostrado cambios profundos en la relación de fuerzas del land. La heterogeneidad se ha convertido en la nueva norma frente al tradicional monopolio de la CSU. Baviera estrena tras estas elecciones un nuevo período político que a priori estará marcado por la incertidumbre, una incertidumbre que no solo se respira en Múnich o Wiesbaden —capital del land de Hesse, donde también se han celebrado elecciones recientemente, con resultado similar—, sino en Berlín, donde la preocupación por los resultados ha sido el común denominador entre los socios de la Gran Coalición.

La excepcionalidad bávara dentro de Alemania sin duda sigue intacta en el ámbito del bienestar económico, aunque el problema ha demostrado ser otro. Como región orgullosa de sus tradiciones, Baviera padece una crisis de inseguridad cultural y simbólica. Heimat —‘hogar’— ha sido una de las palabras claves de los últimos comicios, pero el desarrollo de la campaña ha demostrado que la palabra puede significar distintas cosas según la perspectiva de cada votante. Y la tradición es tan solo una de ellas.

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