Economía y Desarrollo Europa

Barcelona, la ciudad del futuro

Barcelona, la ciudad del futuro
Pancarta en un edificio de Barcelona contra la creciente presencia turística en sus calles. Fuente: Álex Maroño

La metrópolis de Barcelona goza de gran prestigio internacional por su desarrollo urbano, basado en la apuesta por las nuevas tecnologías y el desarrollo sostenible. Sin embargo, la ciudad se ve expuesta a diferentes amenazas que reducen el número de viviendas y ponen en riesgo el tejido social de los barrios.

Barcelona, capital de Cataluña, ha gozado tradicionalmente de una importante presencia internacional. Ya en el siglo X existía un puerto al sur del Montjuïc y el puerto actual, referente mediterráneo, es el que más ha crecido de toda Europa en 2017, con un aumento del tráfico de un 26%; además, la ciudad condal es la sexta del mundo y primera de Europa en número de cruceros. La ciudad goza también de gran reputación en otros sectores, como el empresarial —tercera urbe europea en encuentros empresariales tras París y Viena— o el de las telecomunicaciones —sede desde 2006 del Congreso Mundial de Móviles—.

Sin embargo, si por algo es conocida Barcelona en el mundo es por su fisonomía urbana. A pesar de este renombre, la ciudad experimenta diversos problemas como consecuencia de su desarrollo y de su éxito internacional. Un breve repaso de su evolución urbana y sus retos y oportunidades como ciudad ayudará a entender muchos de los desafíos a los que se enfrentan las metrópolis mundiales, para las cuales Barcelona puede llegar a ser un modelo, ya sea por su éxito o su fracaso.

La construcción de un mito

El aspecto actual de la ciudad condal que la hace tan característica es consecuencia directa de la pericia urbanística de Ildefons Cerdà, diseñador del famoso Plan Cerdà, que trazó un nuevo horizonte en una ciudad enclaustrada en sus murallas medievales. Dichos muros encerraban en su interior una densidad poblacional de 890 habitantes por hectárea, muy superior a los 350 de París o los 90 de Londres. El proyecto para construir el Ensanche —L’Eixample— fue aprobado con cierta polémica después de que el Gobierno central rechazara el plan apoyado por el consistorio, de Antoni Rovira Tries. Tras su ratificación en 1860, comenzó una nueva página en la Historia de Barcelona.

Proyecto del arquitecto Rovira Tries, en el que se puede apreciar la forma radial que tendría la ciudad de Barcelona al crecer si su proyecto para el Ensanche se hubiese implementado. Fuente: Wikimedia

El Plan Cerdà concebía la futura ciudad como igualitaria para así compensar la tradicional desigualdad y el problema del hacinamiento intramuros. Con esta mentalidad progresista, el ingeniero estructuraría la urbe de forma cuadriculada y homogénea con vértices recortados. Pese a la fría acogida que el Plan Cerdà —tildado de “monótono, gris y aburrido”— tuvo tras su implementación, con los años se transformó en un referente de la ciudad, ahora convertida en icono de modernidad y vanguardismo. Esta profunda reordenación de la ciudad tuvo grandes efectos en los habitantes de Barcelona al reducir las elevadas tasas de mortalidad y elevar la calidad de vida. Una de las máximas de Cerdà, “ruralizar la ciudad”, sintetiza a la perfección dicha filosofía: los espacios abiertos y verdes deben primar en esta nueva urbe para así asegurar la felicidad de los vecinos.

En el proyecto original del Plan Cerdà se aprecia la estructura cuadricular de la ciudad y los edificios octogonales. Fuente: Wikimedia

El desarrollo del distrito del Ensanche y el asentamiento de la burguesía en la nueva ciudad concebida por Cerdà supusieron el comienzo de la apertura de Barcelona al mundo moderno, un nuevo capítulo en la Historia urbana de la ciudad que culminó con la Exposición Universal de 1888. El evento, que ha dejado notables muestras arquitectónicas en el continente europeo —como la Torre Eiffel, construida para la exposición siguiente—, supuso una muestra de la gran importancia que había adquirido el urbanismo en la capital catalana, apoyada por los poderes políticos y la burguesía. El proyecto adaptó la fisionomía urbana a los requerimientos del nuevo siglo y contribuyó a forjar “la convicción de que la ciudad reunía las condiciones para ingresar en la selecta categoría de urbes modernas”. La transformación del recinto militar de la Ciudadela en un parque urbano, la construcción de importantes vías como el paseo de Colón o la apertura de la parte oeste de la Gran Vía, así como la edificación de monumentos como el Arco del Triunfo, completan los cambios municipales que experimentó la ciudad como consecuencia del evento.

Para ampliar: “Modernization and urban beautification: The 1888 Barcelona world’s fair, A.G. Espuche”, M. Guardia, F. J. Monclús y J. L. Oyón, 2007

La siguiente gran muestra de metamorfosis tuvo lugar con la Exposición Internacional de 1929, que transformó por completo la montaña de Montjuïc dotándola de faraónicas construcciones, como el Palacio Nacional o el actual Estadio Olímpico Lluís Companys. El evento contribuyó a la internacionalización del modernismo catalán, presente en obras tan singulares como el polémico Palacio de la Música, cuyos máximos exponentes son Lluís Domènech i Montaner, Josep Puig i Cadafalch y Antoni Gaudí.

Tras el fin de la dictadura franquista, la ciudad condal vivió un nuevo proyecto urbanístico de grandes dimensiones que volvió a colocarla en el centro del escenario mundial: los Juegos Olímpicos de 1992. El epicentro de los juegos fue, de nuevo, la colina del Montjuïc, donde se construyó el Palacio Sant Jordi, obra maestra de la arquitectura, y se reformaron espacios ya existentes, como el Estadio Olímpico. Pero toda la ciudad se vio favorecida por el evento y tras él se extendió el “modelo Barcelona” de planificación urbana. Dicho modelo se consagró tras la entrega de la medalla de oro del Real Instituto de Arquitectos Británicos a la urbe en 1999 por su distinción arquitectónica, única vez que una ciudad recibe el galardón. Dentro del contexto olímpico, cabe destacar la reutilización de espacios industriales para la construcción de la Villa Olímpica, lo que ayudó no solo a la reconversión de terreno degradado, sino también a la reapropiación ciudadana con la recuperación del litoral a través del saneamiento de sus playas. El éxito urbanístico que supusieron los juegos para la ciudad ha influido en ciudades como Londres, cuyo exalcalde Ken Livingstone declaró que quería crear “una Barcelona en el Támesis”.

Para ampliar: “Barcelona 1992. Olympic Legacy”, Comité Olímpico Internacional, 2012

La celebración de estos eventos en Barcelona no solo influyó en su fisionomía, sino que ha tenido profundas implicaciones en su gente. La llegada masiva de visitantes internacionales ha modificado el carácter de los lugareños, que comparten un sentimiento de cosmopolitismo y orgullo de su multiculturalidad. Según el consistorio, el 16,6% de los habitantes de la ciudad en 2016 eran extranjeros, lo que supone un motivo de celebración para vecinos y Ayuntamiento y los ha llevado a participar desde 2010 en el programa del Consejo de Europa “Ciudades Interculturales”. Ello prueba que la multiculturalidad en una sociedad cosmopolita y abierta puede ser motivo de transformación positiva, siempre que la diversidad sea vista como un factor deseable.

Para ampliar: “Un futuro en la diversidad”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2017

Una nueva ciudad para un nuevo milenio

La Barcelona posolímpica inauguró el cambio de siglo con una profunda adaptación urbanística. No solo se rehabilitaron los barrios que guardaban relación con los juegos, como la Villa Olímpica; zonas profundamente degradadas, como el Raval, recuperaron el esplendor perdido. Dicha zona, conocida también como el barrio chino, fue durante el siglo XX una zona marginal y peligrosa, con prostíbulos que se llenaban de marineros cada vez que un barco atracaba en el puerto cercano.

Joan Colom, fotógrafo de Barcelona, retrató a lo largo de su vida a las personas que poblaban el denostado Raval de Barcelona, marginal hasta finales del siglo pasado. Fuente: Museo Nacional de Arte de Cataluña

El principal motor del saneamiento urbano fueron la cultura y la educación, con la edificación de grandes proyectos como el Centro de Cultura Contemporánea, el Museo de Arte Contemporáneo o la Facultad de Filosofía en el corazón del barrio. La cultura se consideró un instrumento de poder destinado a favorecer el cambio urbano. El proceso de regeneración de la ciudad a través de la construcción de proyectos culturales como los del Raval fue introducido en diferentes ciudades, otra muestra del éxito del modelo. El Museo Guggenheim de Bilbao, construido en 1997, o el Tate Modern de Londres, del 2000, son ejemplos claros de un modelo de revitalización urbana a través de la cultura que el barrio del Raval ha sabido perfeccionar.

A pesar de su aparente éxito infraestructural, el antiguo barrio chino es también el epicentro de uno de los mayores retos que afronta Barcelona en la actualidad, así como otras urbes del continente: la vivienda. El acceso a la vivienda ocupaba en junio de 2017 el quinto lugar en el barómetro semestral del Ayuntamiento sobre las principales preocupaciones vecinales y el turismo era considerado el problema más grave. Aunque estructura economías como la española, el turismo también plantea una serie de retos para las ciudades, como el incremento progresivo de plazas hoteleras u apartamentos turísticos, lo que reduce la vivienda y hace aumentar los alquileres.

Para ampliar: “Gentrificación, gentrificação, gentrificació”, Marcos Bartolomé en El Orden Mundial, 2017

El consistorio, tras haber adoptado estrictas medidas para combatir la proliferación de apartamentos para turistas —como el requisito de obtener una licencia o exponerse a una cuantiosa multa—, ha sido criticado por la Comisión Europea, que tacha las prácticas de “restrictivas”. Sin embargo, Barcelona no es la única ciudad del continente que trata de frenar el éxodo vecinal y controlar la invasión de visitantes; Ámsterdam, París o Berlín han adoptado medidas similares.


Desde la celebración de los Juegos Olímpicos del 92, el número total de visitantes —en gris— y pernoctaciones —en rojo— en Barcelona ha ido en ascenso. Fuente: Ayuntamiento de Barcelona

Sin embargo, la depuración de barrios acostumbrados al desamparo tiene un impacto negativo para la población. La implementación de polos de atracción culturales —como el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona— tiene un impacto directo en el atractivo de la ciudad, lo que aumenta de manera exponencial el precio de las viviendas y expulsa gradualmente a los antiguos residentes. En el caso de Barcelona, el atractivo arquitectónico de la ciudad, sumado al creciente interés que suscita entre turistas pudientes venidos del extranjero, resulta una combinación fatal para residentes de barrios otrora repudiados, como el vetusto barrio chino.

No son solo los foráneos los que ponen en riesgo el acceso a la vivienda en la ciudad; también los calificados como fondos buitre. El objetivo de estos fondos de capital riesgo es la obtención de altas rentabilidades tras la venta de activos —en este caso, inmuebles— adquiridos a bajo coste en momentos económicamente críticos. En la ciudad condal, estos fondos poseen más de 80 edificios, casi la mitad investigados por el Ayuntamiento. Tras la adquisición de los edificios, los fondos implementan prácticas de acoso inmobiliario con el objetivo de expulsar a antiguos arrendatarios y poder así reformar las viviendas para transformarlas en lujosos domicilios, con la consiguiente destrucción del tejido social de los barrios afectados. La capital catalana se declaró en 2017 “ciudad libre de fondos buitre” y, junto con otras ciudades del país, apoyó un manifiesto que insta al Gobierno a adoptar medidas concretas contra la especulación.

Sumado al déficit habitacional, presente también en ciudades como Oporto o Vancouver, Barcelona se enfrenta a un grave problema social como consecuencia directa de la expulsión de vecinos de sus barrios: los narcopisos. Estos apartamentos, normalmente en manos de fondos de inversión, son ocupados por grupos que distribuyen heroína, consumida directamente en estos espacios, lo que aumenta la inseguridad en la zona y fuerza a más vecinos a marcharse de sus casas. A pesar de que el consistorio ha declarado el problema de los narcopisos como fundamental y ha invertido medio millón de euros en su erradicación, los vecinos siguen sufriendo esta lacra. Sirva como muestra del incremento de los niveles de violencia callejera la reciente pelea a machetazos entre dos vigilantes de narcopisos.

Pero Barcelona sigue apostando por el desarrollo urbano y trata de mantener su posición de referente internacional en urbanismo tras los éxitos históricos de las Exposiciones y los Juegos Olímpicos. Una de las medidas arquitectónicas más exitosas es el desarrollo del llamado distrito [email protected] en el antiguo barrio industrial del Poblenou. El proyecto, iniciado en 2000, aboga por la implantación en la zona de empresas y equipamientos relacionados con las nuevas tecnologías y el conocimiento, así como la construcción de nuevas viviendas y zonas verdes.

El proyecto [email protected] se encuadra dentro de la dirección hacia la que avanza Barcelona: convertirse en un referente urbano-tecnológico a través de la implantación del modelo de ciudad inteligentesmart city—. En 2015 fue condecorada con el primer puesto en la clasificación de ciudades inteligentes, por delante de urbes como Nueva York o Singapur. Las medidas adoptadas están orientadas al desarrollo inteligente, con decisiones como la mejora del servicio de transporte metropolitano o el aumento de la transparencia institucional. El patrón de innovación urbana a través de las nuevas tecnologías implantado en el distrito ha sido tomado como referencia en ciudades como Río de Janeiro, Boston, Estambul y Ciudad del Cabo, un éxito internacional que asegura el liderazgo barcelonés en desarrollo urbano sostenible.

Para ampliar: “Innovation Districts. A look at communities spurring economic development through collaboration”, Pachi Sharma, 2012

Implantación del modelo de ciudad inteligente en Barcelona. Fuente: Barcinno

El proyecto no solo supone cambios en la estructura empresarial, sino también en la social. La reconversión de un barrio en desuso en una nueva ciudad inteligente es una firme respuesta institucional al problema habitacional al dotar de nuevas viviendas a una zona despoblada, lo que ha supuesto un aumento de la población en el barrio del 22,8%. Sin embargo, los ciudadanos reclaman un mayor aprovechamiento social del nuevo barrio mediante un mayor número de viviendas y zonas verdes, en detrimento de los espacios empresariales, para no caer en lo que el filósofo francés Marc Augé definió como “no lugares”, espacios urbanos sin identidad reconocible y deshumanizados.

El modelo Barcelona

La ciudad de Barcelona ha sido un modelo de desarrollo urbano desde al menos hace dos siglos, con la implantación del Plan Cerdà. Con un espíritu urbanístico innovador, estas obras arquitectónicos, así como otras muchas medidas orientadas a favorecer la vida ciudadana —como la construcción de las llamadas supermanzanas o superilles, copiadas por ciudades como Coruña, Madrid, Quito o Montreal—, hacen que pueda hablarse de un modelo barcelonés de desarrollo urbano.

A pesar de los avances logrados, la capital catalana corre el riesgo de convertir el éxito en su peor desgracia si no es capaz de asegurar un desarrollo urbano sostenible a medio y largo plazo. El desarrollo debe priorizar los derechos de los ciudadanos ante la especulación desmedida, que amenaza con convertir el centro de la ciudad en un decorado teatral al aire libre.

Los crecientes problemas que asolan la ciudad, como los narcopisos y la oleada de violencia asociada a ellos, se suman al problema del déficit habitacional. El clima de inseguridad que dichos espacios provocan ahonda la desaparición de vecinos de la ciudad, espantados ante una amenaza que degrada la urbe. Turismo desmedido, especulación urbanística y tráfico de drogas amenazan con revertir los profundos esfuerzos urbanísticos del consistorio y transformar Barcelona en una nueva Venecia, una urbe donde los turistas son los únicos moradores.

Si Barcelona ansía mantener su modelo de influencia urbana, debe transformarse profundamente en una nueva ciudad que aúne su brillante pasado con un prometedor futuro mientras permite a los vecinos del presente disfrutar de sus numerosos chaflanes y sus diversas ramblas.

1 comentario

  1. No está mal el reportaje para los que no conozcan mucho Barcelona. Para los que vivimos aquí, más o menos es todo conocido, y encuentro a faltar alguna propuesta concreta de cual ha de ser el camino a seguir. Creo que Barcelona está en una encrucijada y hay un divorcio importante entre las élites empresariales y la ciudadanía. La complicidad de ayuntamiento y sector privado ha sido importante en el éxito de Barcelona, lo fue en el periodo límpico, pero también en la época de las Exposiciones Universales.

    Sin embargo, la ciudadanía ve ahora como el modelo de grandes acontecimientos y turismo solo beneficia a dichas élites, mientras que a los ciudadanos les toca recibir las externalidades negativas: saturación turística, vivienda inasequible, suciedad e inseguridad. Este malestar se concretó en el triunfo de Ada Colau, triunfo pírrico ya que apenas ha podido hacer políticas realmente transformadoras vista su minoría en el pleno del ayuntamiento y la fuerte oposición de los sectores económicos, mediáticos y de buena parte de la sociedad. Si a esto le sumamos la voluntad de independentistas y unionistas de utilizar Barcelona como campo de batalla de la lucha soberanista, el futuro político de la capital catalana parece que Barcelona se va a quedar sin un proyecto definido de ciudad durante largos años. Años que serán vitales, ya que las ciudades se están configurando como un actor global, casi al mismo nivel que los Estados y mucho más relevantes que nuestras autonomías administrativas.

    Sin proyecto colectivo, Barcelona puede decaer en el provincianismo y la irrelevancia. Sólo un pacto de futuro inclusivo cuanto a intereses e identidades, con un liderazgo fuerte, puede evitarlo.