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La Unión Europea encontró hace poco la que parecía la solución perfecta a muchos de sus males: aunar sus objetivos climáticos y económicos a través de la reindustrialización verde. La estrategia se centra en fomentar el tejido industrial invirtiendo en sectores clave para reducir emisiones, como la fabricación de paneles solares, turbinas de viento, baterías y vehículos eléctricos, bombas de calor o electrolizadores necesarios para generar hidrógeno verde.
Parece un plan infalible. Por un lado, se acelera la transición ecológica, se reducen emisiones y se refuerza la independencia energética de Europa. Al mismo tiempo, se impulsa la economía, se mejora la balanza comercial y se avanza en la competitividad de las industrias europeas gracias a menores costes energéticos en el futuro. Pero no es tan fácil. Una transición energética made in Europe sería menos eficiente que el modelo actual, basado en las importaciones baratas desde China y que ha permitido a la UE instalar renovables de manera masiva en los últimos años. Y si la Comisión sigue con sus planes para defender el mercado único de la competencia china, la descarbonización europea puede tardar mucho más en llegar.
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