Trump abrazó el uso de las armas. Ahora no hay vuelta atrás

El intento de asesinato contra Donald Trump ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre las armas en Estados Unidos. Sin embargo, el magnate republicano reafirmará su postura: la radicalización de sus seguidores, la polarización y el ‘lobby’ armamentista le obligan a mantener su discurso en plena campaña.
Política y eleccionesEstados Unidos
Trump abrazó el uso de las armas. Ahora no hay vuelta atrás
Manifestación contra el control de armas en el Capitolio del estado de Minnesota. Fuente: Wikimedia.

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Desde que entró en política, Donald Trump se ha caracterizado por deslegitimar a sus adversarios y alentar la violencia contra ellos. Del mismo modo, ha hecho de la defensa de las armas una bandera política. Pero esa retórica se volvió en su contra con el intento de asesinato del pasado fin de semana durante un mitin en Butler, Pensilvania.

La violencia política en Estados Unidos no es nueva. Su historia está repleta de ataques contra activistas, congresistas y presidentes. Sin embargo, el intento de asesinato contra Trump no es uno más. Refleja la escalada violenta que ha vivido Estados Unidos en los últimos años, con episodios inéditos como el asalto al Capitolio en enero de 2021, y que Trump ha alimentado como nadie.

Ahora, al líder republicano se le abre una disyuntiva: apostar por una desescalada con los demócratas y respaldar la regulación de las armas, o intensificar sus ataques y oponerse a cualquier restricción. Sin embargo, aunque Trump quisiera, no tiene alternativa. La polarización, la radicalización de sus seguidores y el peso del lobby armamentista le obligan a mantener su discurso. De hecho, un asesor ya ha afirmado que seguirá protegiendo el derecho a portar armas nombrando jueces federales que se opongan a limitarlo.

La violencia política, alimentada por Trump y los republicanos

Estados Unidos vive la peor ola de violencia política desde 1968, cuando el activista por los derechos civiles Martin Luther King y el senador demócrata Robert Kennedy fueron asesinados. El factor que más ha contribuido es el aumento de la polarización partidista. Entre 2002 y 2022, el porcentaje de votantes republicanos con opiniones muy desfavorables hacia el Partido Demócrata aumentó del 20% al 62%. En el lado demócrata, esa cifra subió del 26% al 54%. El sentimiento de hostilidad ha sido especialmente intenso entre los hombres blancos, conservadores y protestantes del Partido Republicano. Este electorado, que ha representado históricamente la mayoría social de Estados Unidos, ahora ve su posición amenazada.

Los republicanos han aprovechado este descontento para radicalizar su discurso y plantear la política como una guerra partidista. En este marco, los demócratas suponen una amenaza existencial a la nación estadounidense al estar identificados con las minorías raciales. Esta estrategia comenzó a esbozarse a finales de los años setenta de la mano del congresista Newt Gingrich. Sin embargo, se intensificó con la presidencia de Barack Obama entre 2009 y 2017 y el auge del Tea Party, un movimiento de corte libertario y ultraconservador. De hecho, los republicanos llegaron a cuestionar la legitimidad de Obama como candidato al acusarlo de “no estadounidense”.

Trump ha usado esta estrategia constantemente. El mejor ejemplo fueron sus acusaciones de fraude electoral en las elecciones presidenciales de 2020, en las que perdió contra Joe Biden, y su incitación al asalto al Capitolio. Durante este tiempo, Trump también se ha burlado de la violencia sufrida por sus opositores, como sucedió en 2022 tras el ataque al marido de Nancy Pelosi, la expresidenta de la Cámara de Representantes. Con ello, los republicanos han ido abrazando su discurso incendiario.

Desescalada o más radicalización: la disyuntiva de Trump 

Sin embargo, el atentado marcará un punto de inflexión para Trump. El intento de asesinato modifica el marco de la campaña electoral, que estaba centrado en las dudas sobre el estado de salud de Biden. Ahora, el líder republicano tendrá que elegir si quiere una distensión con los demócratas o más confrontación. En el primer escenario, Trump podría optar por reducir sus ataques contra Biden, apelar a la unidad nacional y defender una regulación más estricta de las armas.

Dos razones de peso respaldarían esta elección. La primera es el miedo. La amenaza real de un magnicidio podría empujar a Trump a rebajar las tensiones con los demócratas y a intensificar el control de las armas. En el pasado, el asesinato del presidente John F. Kennedy en 1963 y el tiroteo contra Ronald Reagan en 1981 sirvieron para impulsar leyes nacionales más restrictivas con el apoyo de legisladores republicanos.

La segunda razón es estratégica. Hasta el ataque, Trump había ampliado su distancia en las encuestas con Biden hasta los seis puntos porcentuales, la mayor brecha desde 2015. El mal desempeño del presidente en el debate estaba profundizando las tensiones entre los demócratas y desmovilizando a su electorado. Con el tiroteo, la polarización podría aumentar y, con ello, las opciones de que los votantes demócratas se reactiven para frenar a Trump en las urnas. De igual manera, el ataque coloca en el centro de la campaña la regulación de las armas, un tema incómodo para los republicanos.

Pese a ello, Trump se verá obligado a explotar esa polarización y buscar una mayor confrontación con los demócratas. Aunque optara por una estrategia conciliadora, el líder republicano está atado a la radicalización de sus seguidores. Prueba de ello es que, pese a que ha evitado vincular a los demócratas con el ataque, sus fieles republicanos no han tardado en responsabilizarlos del atentado. Entre ellos su candidato a vicepresidente, J. D. Vance, que acusó a Biden de haber instigado el intento asesinato.

Trump ni puede ni le interesa rebajar esas tensiones

Aun con todo, a Trump tampoco le conviene una desescalada. El intento de asesinato le ha permitido reforzar la idea de que es una figura perseguida por el sistema. Hasta el sábado, Trump se había vendido como la resistencia al deep state demócrata que lo quería inhabilitar y encarcelar. Ahora personifica esa América blanca y conservadora que pretenden aniquilar. Esta perspectiva coloca a los demócratas a la defensiva y desvía el foco de la regulación de las armas.

A diferencia de lo que sucedió con Reagan, el tiroteo contra Trump no hará que los republicanos respalden esta regulación. Uno de los motivos principales es el peso del lobby armamentista dentro del Partido Republicano, que ya dilató las restricciones en los años ochenta. Las contribuciones de organizaciones como la Asociación Nacional del Rifle siguen siendo fundamentales para financiar las campañas electorales de sus candidatos. Sin embargo, su importancia reside principalmente en su capacidad para movilizar al electorado proarmas, que representa un núcleo de votantes determinante para los republicanos.

Los republicanos también son presos de su propia retórica. Con el aumento de la polarización, el control de las armas se ha transformado en una de las principales batallas culturales del país. En los últimos años, los republicanos han criticado y amenazado a Biden por querer regularlas. Incluso, cinco de sus congresistas promulgaron en 2023 un proyecto de ley para declarar el rifle AR-15, el mismo con el que dispararon a Trump, como “arma nacional” de Estados Unidos.

Para ellos, el derecho a portar armas forma parte del mito fundacional estadounidense. Ir contra esto implicaría traicionar la naturaleza de la nación y las libertades consagradas en la Constitución. Del mismo modo, al plantear la política como una guerra existencial, un electorado republicano cada vez más polarizado no aceptaría que sus representantes apoyaran la restricción de las armas tras el ataque a Trump. Más aún, después de que los propios republicanos hayan acusado a los demócratas de instigar el atentado contra su líder. Sería una claudicación que ningún republicano radical estaría dispuesto a tolerar.

David Gómez

Guadalajara, 1999. Doble grado en Relaciones Internacionales y Periodismo por la URJC. Ciencias Políticas en la Università degli Studi di Firenze. Apasionado de la geopolítica, el deporte y el cine.