Cultura América del Norte

La Super Bowl y el fútbol americano, símbolos de la identidad estadounidense

La Super Bowl y el fútbol americano, símbolos de la identidad estadounidense
Fuente: Pixabay

La Super Bowl es el gran evento deportivo del año en Estados Unidos. La final del fútbol americano es un día casi sagrado en su cultura y todo lo que rodea a este deporte se vuelve un espectáculo televisivo que mueve miles de millones de dólares. Es una ventana al mundo que muestra las señas de identidad más características del país, pero también refleja la tensión racial y la convulsión política interna.

El calendario en Estados Unidos está repleto de fechas que marcan su curso político y social. La Vigésima Enmienda de la Constitución establece que el mandato de un presidente empieza y finaliza el 20 de enero al mediodía, por ejemplo, y el presidente Abraham Lincoln institucionalizó el Día de Acción de Gracias para el último jueves de noviembre tras el final de la guerra civil. La tradición deportiva, por su parte, ha impuesto que el primer domingo de febrero se celebre la Super Bowl, la final de la liga de fútbol americano, la National Football League (NFL). El partido pone el colofón a una de las grandes competiciones deportivas a nivel mundial, que cada temporada atrae millones de  aficionados y, sobre todo, cantidades astronómicas de dinero.

¿Quieres recibir contenidos como este en tu correo?

Apúntate a nuestro boletín semanal

La Super Bowl está pensada no solo como un partido de fútbol americano, sino como un espectáculo televisivo de primer nivel y emblema de la identidad estadounidense. El país queda paralizado durante casi cuatro horas. Las audiencias en directo a escala global superan los 180 millones de espectadores y cien millones de interacciones en redes sociales, y los anuncios del descanso cuestan alrededor de siete millones de dólares cada uno. El evento se convierte en una gran producción cinematográfica, dedicada al entretenimiento del público nacional y, cada vez más, de otras partes del mundo. Sin embargo, el fútbol americano no es ajeno a los cambios políticos y sociales en Estados Unidos. 

Este deporte lidera año tras año las preferencias de los aficionados en un país acostumbrado a las encuestas de popularidad. El 37% lo consideran su deporte favorito, por encima del 11% del baloncesto o el 9% del béisbol. Es el más seguido por el 43% de los hombres y el 32% de las mujeres. También es la elección predilecta entre las poblaciones blanca, afroamericana e hispana, y es referente en todas las franjas de edad, salvo entre los más jóvenes, donde rivaliza con el baloncesto. Comprender la importancia del fútbol en la sociedad estadounidense permite entender mejor las complejidades del país. Es un deporte del que participan cada fin de semana millones de familias entre competiciones escolares, universitarias y el gran espectáculo de la NFL.

Un deporte distinto al resto del mundo

La historia del fútbol americano comenzó a mediados del siglo XIX, cuando desde el Reino Unido llegó a Estados Unidos un juego llamado football, poco antes de que se dividiera en el rugby y fútbol europeo actuales. Este deporte se puso de moda entre los estudiantes de los centros educativos más elitistas del país. El primer partido oficial data de 1869, entre las universidades de Rutgers y New Jersey. Sin embargo, la primera revolución en este deporte se produjo de la mano de Walter Camp, estudiante de Yale y periodista deportivo, que creó en 1892 unas reglas para el fútbol americano muy distintas a las británicas. Su propósito fue establecer un juego que representara los verdaderos valores del país, distintos a los del Viejo Continente y que respondiera a las necesidades del público estadounidense. 

Plantilla en 1879 del equipo universitario de los Pirates, que contaba con jugadores nativos. Fuente: Wikimedia

La idea revolucionaria de Walter Camp no tardó en popularizarse por todo Estados Unidos. A principios del siglo XX, el país seguía los partidos entre distintas universidades con enorme expectación, y empezaron a construirse grandes estadios para acogerlos. Solo el béisbol era entonces capaz de reunir más seguidores que el fútbol americano. Antiguos estudiantes, periodistas y empresarios se estaban sumando para crear equipos privados y pronto se organizó la American Professional Football Association en 1920, la primera liga nacional, que contó al inicio con catorce equipos concentrados en el noreste del país y que desde 1922 se llama National Football League (NFL). En esa época se instauró la costumbre de disputar partidos en el Día de Acción de Gracias, convirtiendo a este deporte en un elemento más de la tradición estadounidense.

La segunda revolución del fútbol americano se produjo en la década de los sesenta. El empresario Lamar Hunt creó en 1959 su propia liga, la American Football League (AFL), que buscaba extender los equipos por el sur y oeste del país. Hunt entendió que el fútbol americano era el gran deporte de masas en Estados Unidos y que debía crecer por todo el territorio, y firmó cuantiosos contratos televisivos para convertirlo en el programa preferido de los hogares estadounidenses cada fin de semana. Comenzaron años de rivalidad entre la NFL y AFL, que luchaban por controlar un mercado tan lucrativo, pero al final las dos organizaciones llegaron a un acuerdo de fusión en 1966. Con el acuerdo se creó en 1967 la Super Bowl, la gran final para dirimir el título de campeón nacional.

La liga quedó conformada por 32 equipos divididos en dos grandes conferencias: la Nacional y la Americana. A lo largo de la temporada, cada equipo disputa dieciséis encuentros en apenas cuatro meses. Los mejores clasificados pasan a la fase eliminatoria o playoffs y los campeones de cada conferencia se enfrentan en la Super Bowl. La NFL es considerada la liga más competitiva del mundo, ya que tiene unos ingresos superiores a la liga de béisbol, la NBA o la liga de fútbol inglesa. Existe además un reparto equitativo de los ingresos y todos los equipos tienen un tope salarial para sus jugadores. Todo está pensado para garantizar que la liga sea siempre impredecible y competitiva. Ningún equipo ha sido capaz de revalidar el título de campeón más de dos años seguidos.

NFL, entre la violencia y la pulcritud

La liga está dirigida por un comisionado en jefe, Roger Goodell, que gestiona los recursos económicos, organiza el calendario, negocia contratos de televisión y publicidad, y trata con la National Football League Players Association, el sindicato de jugadores profesionales. En la NFL, hablar de equipos en realidad es hablar de franquicias que pertenecen a fondos de inversión o grandes corporaciones. Doce franquicias han cambiado de sede desde los años setenta, según los intereses de sus propietarios. No obstante, la mayoría han logrado tener un enorme arraigo social con la ciudad o estado al que pertenecen. Los Green Bay Packers de Wisconsin son una gran excepción en todo el deporte estadounidense, pues pertenecen a pequeños accionistas y sus estatutos prohíben que cualquier persona pueda tener más del 4% de su accionariado. Su modelo de gestión es más parecido al de muchos clubes deportivos de Europa o América Latina. 

Aunque el fútbol americano es tachado de violento, los aficionados lo asocian con principios que consideran representativos de la sociedad estadounidense, como el esfuerzo individual y el espíritu competitivo, una identificación que la NFL explota. Sin embargo, la dureza del juego ha puesto en jaque a la organización en los últimos años. Estudios médicos han demostrado que numerosos jugadores sufren enfermedades neurodegenerativas provocadas por los golpes durante los partidos. La NFL intentó ocultarlo durante mucho tiempo, ya que ponía en cuestión uno de los negocios deportivos más lucrativos en Estados Unidos. Mientras que la esperanza de vida de los hombres en Estados Unidos es de 76 años, la media de un jugador profesional de fútbol americano es de apenas de 57. La presión social ha obligado a mejorar la seguridad y aumentar las prestaciones médicas y pensiones para sus jugadores. 

Una de las mayores preocupaciones de la NFL ha sido proyectar una imagen alejada de polémicas, que evite generar rechazo en la opinión pública y convierta al fútbol americano en emblema nacional y en referentes sociales a los jugadores. Por eso la organización tiene un código de conducta estricto, que no solo regula el comportamiento dentro del campo, sino también la vida privada de los profesionales, para que sean un ejemplo en todos los aspectos y nada desprestigie la imagen del deporte. Puede sancionarlos y suspenderlos por infinidad de aspectos, desde pequeñas infracciones de tráfico hasta escándalos relacionados con apuestas, drogas y prostitución. Esta situación ha generado numerosos enfrentamientos entre la dirección de la liga y los jugadores.

Si cada partido es una consagración a esos principios morales, la Super Bowl los presenta en el televisor con todo su esplendor. La final sigue un medido protocolo ceremonial, que para 2021 incluye la lectura de un poema, un desfile militar aéreo, bandas de música y el himno estadounidense. El punto álgido del espectáculo llega en el descanso, con las actuaciones de grandes estrellas de la música. En el intermedio de la Super Bowl han actuado artistas como Michael Jackson, Madonna, los Rolling Stones, Beyoncé o U2, entre otros. La Super Bowl es un intento por presentar las virtudes de Estados Unidos en un campo de fútbol en unas pocas horas. Otras competiciones deportivas han tomado el formato como referente, como la final de fútbol de la Champions League en Europa, donde el partido se convierte en una excusa para atraer mayores cuotas de audiencia.

Fútbol y el poder político en Estados Unidos

La popularidad del fútbol americano también ha provocado una injerencia política constante. El primer dirigente en mostrar un interés decidido por este deporte fue el presidente Theodore Roosevelt, quien en 1905 promovió mejorar la seguridad de los jugadores, ante las críticas de quienes lo consideraban un juego violento. El mandatario estadounidense consideraba el fútbol americano un ejemplo de dureza y espíritu de superación. La mayoría de inquilinos de la Casa Blanca han apelado a esa imagen del fútbol como el perfecto reflejo del estilo de vida estadounidense. Solo Barack Obama se mostró un tanto reacio a secundar un deporte que considera peligroso para la salud. No obstante, siguió con la tradición presidencial de apadrinar en diciembre los encuentros entre la Escuela de la Armada y la Escuela del Ejército, que se disputan desde 1890 y que marcan el inicio de las fiestas de Navidad.

Apertura de la Super Bowl de 2016 en Santa Clara, California. Fuente: Wikimedia

La relación entre la NFL y la Casa Blanca comenzó a estrecharse en los años sesenta. Lyndon B. Johnson fue el primer presidente en recibir un pase especial para toda la temporada en 1967, y después el regalo se hizo habitual. Aunque Johnson no era muy aficionado a este deporte, reconoció la relevancia que tenía para el ciudadano medio estadounidense. Ya en 1980, el presidente Jimmy Carter inauguró la tradición de recibir en el despacho oval a los campeones de la Super Bowl, que se mantiene. Más allá de los gustos deportivos de cada mandatario, todos han justificado el fútbol americano como baluarte de la identidad estadounidense.

La NFL siempre busca mantener una relación positiva con el poder político. Asistir a los palcos de los estadios se ha convertido en casi una obligación para candidatos, senadores, congresistas y gobernadores, que buscan el apoyo y el dinero de los dueños de las franquicias. En general, las principales ligas deportivas en Estados Unidos realizan más donaciones al Partido Republicano que a las campañas demócratas. En los últimos seis años, las franquicias de la NFL han donado más de siete millones al Partido Republicano y poco más de un millón al Demócrata. Los jugadores y entrenadores también han mostrado disparidad en sus opiniones políticas, aunque las reivindicaciones han sido más limitadas que en competiciones como la liga de baloncesto, la NBA, por el interés de la organización de mantener una aparente corrección política.  

En la élite del fútbol americano casi el 60% de los jugadores son afroamericanos, pero estos son apenas el 10% de los entrenadores y el 6% de los directivos. Aunque este deporte es seguido con fervor en todos los segmentos de la población y su público va diversificándose, casi el 85% de sus espectadores son blancos. Por eso los organizadores de la NFL procuran mantener el espectáculo al margen de las convulsiones sociales y, sobre todo, apartar las reivindicaciones raciales del campo. La lucha por la igualdad racial ha estado muy presente entre los grandes del baloncesto, boxeo o atletismo estadounidense, pero en menor medida dentro del fútbol americano.

Jugadores de San Francisco 49ers arrodillados durante el himno nacional en 2017. Fuente: Wikimedia

Sin embargo, la desigualdad racial y la violencia policial sí han estado presentes en la NFL desde la campaña electoral de 2016 entre Donald Trump y Hillary Clinton. El foco se puso en el fútbol americano cuando el jugador Colin Kaepernick, de los San Francisco 49ers, se arrodilló durante el himno nacional como gesto de protesta. La imagen se convirtió en icono y otros jugadores la imitaron. Trump criticó la acción y pidió que la organización despidiera a aquellos que, según él, faltaban al respeto a los símbolos nacionales. Ya en la Casa Blanca, Trump también vetó la recepción de los ganadores de 2018, los Philadelphia Eagles, por motivos similares y animó a boicotear la NFL. Kaepernick se quedó sin equipo a los pocos meses y no volvió a jugar, pero su acción tuvo una enorme repercusión. La muerte del afroamericano George Floyd a manos de la policía reactivó en 2020 el movimiento antirracista Black Lives Matter y el gesto de arrodillarse durante el himno se ha repetido en todas las competiciones. El fútbol americano así mostraba con claridad las virtudes y defectos que sacuden a la sociedad estadounidense.

El negocio busca crecer

El recinto Raymond James Stadium en Tampa (Florida) es la sede de la Super Bowl en 2021. Puede albergar a más de 65.000 espectadores, pero debido a la pandemia del coronavirus se decidió permitir el acceso solo a 22.000. Además, la NFL anunció en las semanas previas al evento que regalaría 7.500 entradas a personal médico vacunado, como reconocimiento por su labor en el último año. Es la primera vez en la historia de la Super Bowl que las gradas no lucirán llenas de seguidores de todo el país, aunque la mayoría de la temporada ya se ha disputado a puerta cerrada o con aforo muy limitado.

La crisis del coronavirus afecta a todos los deportes en Estados Unidos y el fútbol no podía ser menos. La NFL calcula que las pérdidas de esta temporada pueden superar los 2.700 millones de dólares, sobre todo por la ausencia de público en los estadios. Las entradas suelen costar de media cien dólares, más que las del baloncesto o el béisbol, de entre 33 y 90. Asistir a un partido de fútbol americano es una experiencia de todo un día para el espectador, que puede gastar más de ochocientos dólares entre parking, merchandising, comida y bebida. No obstante, la gran mina de oro de la competición siguen siendo los derechos de televisión, ya que representan más de la mitad de los 15.000 millones de ingresos anuales que la liga recibe.

La pandemia del coronavirus coincide con la tercera gran revolución del fútbol americano. Los esfuerzos de la NFL se centran en ampliar el mercado por todo el mundo, al igual que otras ligas como la NBA. No solo se organizan partidos amistosos en el extranjero, sino que parte de la temporada regular de la NFL se juega en otros países. En 2005 se celebró el primer partido de temporada regular fuera de Estados Unidos, en el Estadio Azteca de México D. F., y desde entonces algunos encuentros se trasladan a México. La migración mexicana ha favorecido un rápido crecimiento de la popularidad del fútbol americano en el país, que ya es el segundo con más seguidores de este deporte tras Estados Unidos.

La ambición de la NFL por ampliar el negocio no solo mira a suelo mexicano: los seguidores también crecen mucho en Canadá, Japón, China, el Reino Unido y Alemania. De hecho, la organización pretende abrir una nueva franquicia en Londres en los próximos años, un paso más para convertirse en un espectáculo de masas internacional. La NFL ha empujado durante años para que el fútbol americano se convierta en deporte olímpico, pero la disparidad entre el nivel de los equipos estadounidenses y el resto lo dificultan. De todos modos, este deporte está inmerso en un proceso irreversible de expansión más allá de las fronteras estadounidenses. Ya no es solo una parte de la identidad de Estados Unidos, sino que aspira a ser uno de los grandes entretenimientos del siglo XXI.

Comentarios