Siria y el proceso de Astaná

Rusia, Turquía e Irán buscan, a través de la iniciativa diplomática fuera de Ginebra conocida como “proceso de Astaná”, alcanzar un acuerdo beneficioso para todas las partes que asiente el fin de los enfrentamientos e inicie el proceso político y de reconstrucción de Siria.
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Siria y el proceso de Astaná
Fuente: Ministerio de Asuntos Exteriores de Kazajistán

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Desde que estallase la crisis de Siria en 2011, se han impulsado diferentes cumbres e iniciativas diplomáticas con el objetivo de lograr un acuerdo político duradero entre los múltiples actores que forman parte del conflicto. La comunidad internacional buscaba así hacer valer el lema esgrimido por todas las partes de que “no existe una solución militar, tan solo una solución política” para acabar con los enfrentamientos en el país árabe.

Los procesos de Ginebra y Astaná

El proceso de Ginebra nació en julio de 2012 como la primera iniciativa diplomática auspiciada por la ONU que pretendía poner fin a los crecientes enfrentamientos. Esta plataforma diplomática está liderada y es considerada la legítima por Occidente —con EE. UU. a la cabeza— y la oposición política siria. En enero de 2014 se llevaría a cabo la Conferencia de Ginebra II, ya con la participación de la Liga Árabe, la Organización Islámica de Cooperación, el Gobierno sirio y la oposición. No obstante, debido a la volátil situación en el terreno en ese período del conflicto y a la escasa voluntad de negociación real tanto por parte del Gobierno sirio como de la oposición, el proceso se fue dilatando en el tiempo y el ímpetu diplomático y político del proceso de Ginebra acabó siendo casi nulo. Dos años después, Ginebra III trataría de imprimir un nuevo dinamismo con la participación la ONU, el Gobierno sirio y la oposición —incluidos los grupos kurdos, pese al rechazo de Turquía—. El resultado, por desgracia, no fue diferente a ocasiones anteriores.

Fruto de casi cuatro años de negociaciones fallidas y ante la incapacidad del proceso de Ginebra para avanzar de manera sustancial en las conversaciones diplomáticas para crea una mesa de negociación política lo más amplia y representativa posible —paso indispensable para acercar la paz a Siria—, nacería una nueva plataforma diplomática: el proceso de Astaná. En diciembre de 2016, los líderes de Rusia y Turquía —dos actores claves en el conflicto junto con Irán— lograrían alcanzar un precario y breve alto el fuego entre varias facciones rebeldes y el Gobierno sirio. El Consejo de Seguridad de la ONU apoyó el alto el fuego y la apertura del diálogo entre Gobierno y oposición. La primera cumbre en enero de 2017, con la participación del Gobierno sirio y doce facciones de la oposición y con la supervisión de las naciones que forman parte de la iniciativa de paz, daría el pistoletazo de salida a esta nueva, delicada y hasta entonces impensable alianza diplomática formada por Rusia, Turquía e Irán.

Cronología que muestra el progreso en paralelo entre los procesos de Ginebra y Astaná. Fuente: Anadolu Agency

Rusia, Turquía e Irán, como copatrocinadores del proceso de Astaná, defienden que este apoya, refuerza y complementa con otro foro las conversaciones de paz de Ginebra. Sin embargo, la oposición política siria ha criticado el proceso al calificarlo de “paralelo” y de intento de “socavar” las conversaciones de paz que ellos consideran legítimas, si bien la ONU también toma parte activa en el proceso de Astaná —aunque siga reclamando el foro de Ginebra como el legítimo— y países como EE. UU. o Jordania envían personal diplomático como observadores. Los tres países garantes del proceso son actores con intereses y estrategias divergentes; de ahí la naturaleza débil y difusa —en ocasiones contradictoria— de la alianza. Aun así, existen razones claras para que Rusia, Turquía e Irán busquen, a través de un foro de diálogo común, centrarse en las cuestiones de interés mutuo que los unen —como exigir que EE.UU. abandone el territorio sirio— y no tanto en las que los separan —como la cuestión kurda—.

Hasta la fecha se han producido un total de nueve cumbres dentro del marco de Astaná y cuatro reuniones trilaterales de los países integrantes. Todo esto ha moldeado notablemente tanto los acontecimientos en el terreno de Siria como el panorama político del conflicto a nivel interno, regional e incluso internacional. Por ejemplo, en la cumbre Astaná IV, en mayo de 2017, se acordó el establecimiento de cuatro “zonas seguras” que cubrirían parcial o totalmente ocho provincias sirias. Estas zonas seguras pasarían a considerarse “zonas de reducción de las hostilidades” en septiembre de ese año tras una nueva ronda de negociaciones.

También cabe mencionar la cumbre llevada a cabo en la ciudad rusa de Sochi en enero de 2018, en la que, a pesar de no haber alcanzado resoluciones importantes, sí se consiguió avanzar en cuestiones claves como el acuerdo sobre una nueva Constitución para Siria o el establecimiento de conversaciones directas entre facciones opositoras y el Gobierno sirio. No obstante, desde principios de 2018, las fuerzas gubernamentales —respaldadas por Rusia— han reconquistado tres de las cuatro zonas consideradas “de reducción de las hostilidades”; tan solo el último bastión rebelde de Idlib se mantiene fuera del control del Gobierno sirio y sus aliados.

Rusia, Turquía e Irán: distintos caminos en Siria

A pesar de no compartir intereses en cuestiones claves de la guerra de Siria, tales como el futuro del presidente sirio Bashar al Asad o el papel que deben jugar diferentes actores, los procesos de Astaná han servido a Rusia, Turquía e Irán para imponer su visión respecto al futuro de la crisis. “Yo me lo guiso, yo me lo como”. Esto representa un cambio importante respecto a iniciativas diplomáticas anteriores, como Ginebra, donde los actores no tenían influencia real sobre el terreno.

La pax rusa persigue demostrar definitivamente que Rusia es un actor imprescindible en la escena mundial, pero sobre todo en Oriente Próximo, y apuntalar así sus éxitos económicos y geopolíticos en Siria, al menos a corto plazo. Moscú busca también, con la creación de una mesa de negociación política común, hacer converger sus intereses con los de Ankara y alejar a Turquía de las posiciones occidentales en temas claves de la región para acercarlas más a Moscú. Por último, alcanzar una solución diplomática sin EE. UU. reforzaría aún más la victoria rusa en el terreno de Oriente Próximo.

Para ampliar“La Rusia de Putin, el último eje de Oriente Próximo”, Jacobo Llovo en El Orden Mundial, 2018

Turquía, por su parte, busca asegurarse una posición privilegiada en esta mesa política que Rusia está intentado establecer. Esto le permitiría alcanzar sus objetivos estratégicos en Siria sin sobrepasar sus líneas rojas respecto a la cuestión kurda —básicamente, limitar lo máximo posible la expansión e influencia de las milicias kurdas en sus fronteras—. De ahí la razón para las dos operaciones militares que ha llevado a cabo en territorio sirio hasta la fecha. Asimismo, un patrocinio tripartito contribuye a la mejora de las relaciones con dos potencias vecinas y asegura a Ankara su trozo del pastel de la reconstrucción siria.

Finalmente, la presencia de Irán en Siria busca, por una parte, mantener su influencia y los logros conseguidos y, por la otra, recoger los frutos de los recursos —económicos, políticos y militares— invertidos en Siria, a la vez que se asegura un sitio en la mesa de negociación, de donde se la ha pretendido expulsar en repetidas ocasiones —Ginebra—. Teherán también es consciente de que debe ser cuidadoso para que la guerra fría en Siria con Israel no acabe por estallar por los aires. De ahí que intente alcanzar un acuerdo diplomático lo más rápido posible; eso sí, no a cualquier precio.

Los más críticos con el proceso de Astaná alegan que la iniciativa ha otorgado al Gobierno sirio cobertura diplomática y un tiempo muy valioso que le ha permitido retomar el control de la mayoría del país. Lo cierto es que, si Rusia, Turquía e Irán logran alcanzar un acuerdo de paz duradero que acabe con los enfrentamientos en Siria, será una victoria diplomática y estratégica muy importante para ellos, así como para el Gobierno sirio. Sin embargo, resulta una incógnita saber con certeza cómo reaccionarán las potencias regionales —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Israel o Catar— e internacionales —EE. UU., China y la UE—. Lo que parece cada vez más claro es que el proceso de Ginebra va perdiendo peso frente al de Astaná y esto puede significar un cambio significativo en la correlación y los equilibrios de fuerzas en la región.

Para ampliar: “Pulso de fuerzas sobre Siria”, Andrea Moreno en El Orden Mundial, 2018

Álvaro Conde

Madrid, 1994. Graduado en Relaciones Internacionales (inglés) por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Máster en Economía Política por la Universidad de Ámsterdam (UvA). Especial interés en temas de energía, cambio climático y geoeconomía. Siempre curioso.