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Durante las últimas dos semanas se está viviendo en las calles de Bielorrusia un pulso entre partidarios y detractores del dictador Aleksandr Lukashenko, que gobierna la antigua república soviética desde hace 26 años. El 9 de agosto se celebraron unas elecciones presidenciales que ya se anunciaban polémicas. La oposición se había unido para apoyar a una candidata sin experiencia, Svetlana Tijanóvskaya, tras el arresto de sus principales líderes, Víktor Babariko y Serguéi Tijanovski (marido de Svetlana), y la huída al extranjero de Valeri Tsepkalo por miedo a las represalias. Decenas de miles de personas se manifestaron a favor de Tijanóvskaya a escasos días de la votación, demostrando que esta vez Lukashenko pasaría apuros para ser reelegido si las elecciones fueran limpias. Pero una vez más, no lo fueron: Lukashenko recibió oficialmente el 80,23% de los votos, mientras Tijanóvskaya no llegaba al 10%, pese a que las encuestas no oficiales le daban a ella la victoria. El pucherazo fue mayor que en otras ocasiones: no se permitió el acceso de observadores independientes y en algunos colegios la participación fue superior al 100%.
¿Qué está pasando en Bielorrusia?
Los días anteriores al 9 de agosto se produjo un número inusualmente alto de votos anticipados, un tipo de votación que se presta más fácilmente a la falsificación. De acuerdo con Borís Ovchinnikov, director de investigaciones de la agencia de investigación rusa Data Insight, hay razones de sobra para, como mínimo, celebrar una segunda vuelta de las elecciones. Si se excluyen los resultados de los colegios con un número anormalmente alto de voto anticipado (el 25% del total de participación), Tijanovskaya obtiene el 45% de los votos, seguida por el 43% de Lukashenko. A esto habría que sumar numerosas irregularidades de otro tipo.
Tras 26 años, Lukashenko teme perder el poder en Bielorrusia
Ante este bochornoso resultado, el pueblo bielorruso se echó a la calle para mostrar su disconformidad c...
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