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Rusia ya piensa en una Bielorrusia sin Lukashenko

Rusia ya piensa en una Bielorrusia sin Lukashenko
Manifestante opositora a Lukashenko en una manifestación en Minsk. Fuente: Jana Shnipelson (Unsplash)

Bielorrusia está viviendo las manifestaciones más grandes de su historia independiente. Huelgas, deserciones y una inusitada unión de la oposición difícilmente se podían imaginar hace apenas unos meses. Aleksandr Lukashenko, el dictador que lleva gobernando el país desde hace 26 años, se mantiene en el poder solo con el apoyo de Rusia, que parece más interesada en aumentar su influencia de cara a una posible transición política que en asegurar la continuidad del líder bielorruso.

Durante las últimas dos semanas se está viviendo en las calles de Bielorrusia un pulso entre partidarios y detractores del dictador Aleksandr Lukashenko, que gobierna la antigua república soviética desde hace 26 años. El 9 de agosto se celebraron unas elecciones presidenciales que ya se anunciaban polémicas. La oposición se había unido para apoyar a una candidata sin experiencia, Svetlana Tijanóvskaya, tras el arresto de sus principales líderes, Víktor Babariko y Serguéi Tijanovski (marido de Svetlana), y la huída al extranjero de Valeri Tsepkalo por miedo a las represalias. Decenas de miles de personas se manifestaron a favor de Tijanóvskaya a escasos días de la votación, demostrando que esta vez Lukashenko pasaría apuros para ser reelegido si las elecciones fueran limpias. Pero una vez más, no lo fueron: Lukashenko recibió oficialmente el 80,23% de los votos, mientras Tijanóvskaya no llegaba al 10%, pese a que las encuestas no oficiales le daban a ella la victoria. El pucherazo fue mayor que en otras ocasiones: no se permitió el acceso de observadores independientes y en algunos colegios la participación fue superior al 100%.

¿Qué está pasando en Bielorrusia?

Los días anteriores al 9 de agosto se produjo un número inusualmente alto de votos anticipados, un tipo de votación que se presta más fácilmente a la falsificación. De acuerdo con Borís Ovchinnikov, director de investigaciones de la agencia de investigación rusa Data Insight, hay razones de sobra para, como mínimo, celebrar una segunda vuelta de las elecciones. Si se excluyen los resultados de los colegios con un número anormalmente alto de voto anticipado (el 25% del total de participación), Tijanovskaya obtiene el 45% de los votos, seguida por el 43% de Lukashenko. A esto habría que sumar numerosas irregularidades de otro tipo. 

Ante este bochornoso resultado, el pueblo bielorruso se echó a la calle para mostrar su disconformidad con los resultados y reclamar la salida de Lukashenko. Los enfrentamientos con la policía se han saldados con miles de detenidos, numerosos casos confirmados de tortura y varios muertos. A las manifestaciones hay que sumar el gran seguimiento de las huelgas convocadas en las empresas públicas más grandes del país. La solidaridad internacional con las víctimas y los trabajadores en huelga se ha materializado en varios crowdfunding con bastante éxito. También es reseñable cómo algunos miembros de las fuerzas de seguridad bielorrusas se han negado a participar en la represión y han renunciado a su trabajo

Lukashenko, desesperado, logró movilizar a seguidores de todo el país para congregar a unas 30.000 personas en Minsk el sábado tras los comicios. No obstante, el mismo día, una manifestación de la oposición contó con más de 200.000 participantes, dejando de manifiesto que Lukashenko había perdido el apoyo de la calle. Mientras tanto, y ya desde Lituania —adonde huyó tras el comienzo de la represión—, Tijanóvskaya ha formado un Consejo de Coordinación que busca la liberación de los presos políticos y la nulidad de los resultados electorales. El Consejo está constituido por figuras como la premio Nobel de Literatura Svetlana Aleksiévich y el líder huelguista Serguéi Dylevsky, así como opositores de todos los colores políticos. Con la UE en contra de Lukashenko, reclamando elecciones limpias y amenazando con nuevas sanciones, al dictador solo le quedaba mirar al este, donde su vecino ruso observaba con cierta displicencia. 

Para ampliar: “Lukashenko gana con el 80% y Bielorrusia se alza: ¿es el fin del último dictador de Europa?”, Javier Espadas en El Confidencial, 2020

El ahogado ruso en Bielorrusia

La relación entre Lukashenko y el Kremlin ha sido de lo más accidentada durante los últimos dos años. Rusia exporta hidrocarburos a Bielorrusia a precio subsidiado, y Moscú pretendía capitalizar esas ayudas avanzando en la integración política y económica con su país vecino dentro del marco del Estado de la Unión, un proyecto de integración que ambos países firmaron en los años noventa. Sin embargo, hasta ahora Lukashenko ha conseguido mantener las ayudas a cambio de muy pocas concesiones, y se presentaba a estas elecciones como el garante de la soberanía bielorrusa frente a Rusia. De hecho, el líder bielorruso acusó a los líderes de la oposición, Babariko y Tsepkalo, de haber recibido financiación rusa para sus campañas. Sin embargo, al ver peligrar su cargo, el mandatario no dudó en solicitar el apoyo de Putin.

Bielorrusia es un país de tránsito clave para las exportaciones de gas ruso a Europa.

Una vez quedó claro que Lukashenko no podría conservar el poder sin ayuda, Rusia no tenía ninguna opción aceptable y necesitaba ganar tiempo. Enviar tropas para proteger al presidente bielorruso supondría un daño reputacional enorme para Rusia y la imposición de más sanciones a nivel internacional, y un gran coste económico, y todo ello sin garantías de que Lukashenko fuera a ser más dócil ante las reclamaciones rusas en el futuro. Por si fuera poco, la intervención llegaría cuando el Kremlin también se enfrenta a protestas multitudinarias en la propia Rusia en las regiones de Jabárovsk y Baskortostán

Por otro lado, la caída del dictador bielorruso se sumaría a otras revoluciones democráticas recientes en su vecindario difíciles de digerir para Rusia, como la revolución del Maidán en Ucrania en 2014 o la Revolución de Terciopelo en Armenia en 2018. Dejar caer a Lukashenko podría abrir las puertas del poder a opositores de ideologías muy diversas, incluidos, en el peor de los casos para Moscú, a partidarios de un acercamiento a la UE. Esta situación recuerda al ahogado en ajedrez, que se produce cuando la única ficha que se puede mover es el rey pero cualquier movimiento lo deja en jaque. Lukashenko se niega a más integración con Rusia, y sin embargo Moscú no quiere arriesgarse a una salida precipitada del mandatario. Ante esta situación, el Kremlin se ha decantado por aumentar gradualmente su influencia en el país manteniendo un perfil bajo para dirigir lo que se ha llegado a denominar una operación de transición controlada

Existen ya numerosos indicios de la creciente influencia rusa en Bielorrusia. Uno de los sectores que secundó la huelga fue el de los trabajadores de las principales cadenas de televisión públicas, herramienta fundamental del régimen bielorruso para imponer su narrativa sobre la crisis, incluso manipulando la información. Tras negarlo durante unos días, Lukashenko confirmó que un equipo del canal propagandístico ruso RT estaba en Minsk para tomar las riendas de la televisión estatal bielorrusa. Este movimiento da a Moscú una gran capacidad de influencia sobre la opinión pública del país si el Kremlin decide que Lukashenko ha dejado de serle útil. Además, desde hace años existen múltiples versiones bielorrusas de canales de televisión rusos cuyo contenido se controla desde Moscú, cuyo control de buena parte de los medios bielorrusos era ya notable antes de la crisis.

Por otro lado, Rusia ha reconocido que, a parte de los técnicos televisivos, ha mandado a Minsk equipos de los servicios secretos, el Ministerio de Defensa, la Administración presidencial de Putin y otras ramas del Estado ruso para asesorar al Gobierno bielorruso. Moscú incluso tomará las riendas de algunas de las funciones básicas del Estado en Bielorrusia para evitar que las manifestaciones derroquen a Lukashenko. O al menos ese es el plan oficial de momento. 

Al mismo tiempo, el Ministerio de Economía ruso ha anunciado que quiere limitar las circunstancias bajo las cuales Rusia puede otorgar créditos a otros Estados. Entre las medidas contempladas está la de rechazar las solicitudes de países que se encuentren en crisis sociopolíticas o conflictos armados, o que no hayan hecho ajustes a su economía tras no haber pagado su deuda. Esta nueva política podría servir como forma de presión adicional contra el Gobierno de Bielorrusia, ya fuera para exigir reformas concretas a cambio de la ayuda financiera o incluso para forzar la salida de Lukashenko.

¿Qué ocurrirá a partir de ahora?

La creciente presión durante la última semana hace muy difícil que Lukashenko se mantenga en el poder. Incluso si decidiera hacer concesiones a Moscú aceptando mayor integración o la instalación de una base militar rusa en territorio bielorruso —una de las grandes aspiraciones de Rusia—, el Kremlin no necesariamente le apoyaría, dadas la perseverancia de los manifestantes y las dificultades económicas. Las protestas no muestran signos de agotamiento tras dos semanas: el domingo 23 más de 100.000 personas se manifestaron de nuevo para exigir al presidente que deje el poder, a lo que Lukashenko respondió saliendo de su helicóptero con un rifle en las manos, dando a entender que está dispuesto a resistir.

En muchas ciudades del país se vive aún un verdadero pulso entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad. Lukashenko dio en el fin de semana tiempo “para pensar” a los manifestantes, porque, aseguró, el orden sería reestablecido a partir del lunes 24. Ese mismo día se cerraron las empresas estatales en huelga, y se busca a nuevos trabajadores para reemplazar a los huelguistas. Es evidente que el presidente se siente más seguro desde que el personal ruso ha llegado al país, aunque haya sido en pequeñas cantidades. No obstante, existen razones para pensar que en Moscú comienzan a atisbar una Bielorrusia sin Lukashenko, reemplazado por un líder más alineado con los intereses rusos.

No solo el control de algunos medios televisivos estatales apunta a esa dirección. El líder del Partido Demócratico Liberal bielorruso, Oleg Gaydukevich, cercano a Rusia, ha creado en los últimos días el Movimiento Popular Patriótico de Bielorrusia, un movimiento amplio que podría servir a Moscú como plataforma para sus aspiraciones. Rusia también podría llegar a entenderse con algunos de los miembros más destacados de la oposición, como Valeri Tsepkalo, huído a Polonia, y Víktor Babariko, encarcelado. Ello permitiría al Kremlin capitalizar su popularidad en lugar de impulsar a alguien menos conocido como Gaydukevich, quien heredó las riendas del partido de su padre, Serguéi, hace apenas dos años. 

Rusia se ha apoyado tradicionalmente no solo en el Partido Democático Liberal, sino también en el Partido Republicano del Trabajo y la Justicia, que tiene vínculos con el partido ruso Rusia Justa, una de las formaciones de la “oposición sistémica”: con escaños en el parlamento y favorable a Putin. Tanto el partido de Gaydukevich como el Partido Republicano forman parte de la oposición tolerada por Lukashenko, aunque apenas cuentan con representación en el parlamento. Tras las últimas elecciones legislativas de noviembre de 2019, los liberales lograron un escaño, el de Gaydukevich, y los republicanos seis, mientras 89 de los 110 diputados eran candidatos independientes apoyados por Lukashenko.

Durante el último lustro, y en particular desde 2018, los contactos entre partidos políticos bielorrusos y rusos se han intensificado a medida que el Kremlin buscaba un apoyo más activo en Bielorrusia a sus planes de integración y a sus campañas en Ucrania o Siria. Gracias a esos contactos,  a la presencia de su personal en el Estado bielorruso y a su capacidad de presión económica, Rusia se encuentra en una posición incomparable para controlar la transición hacia una Bielorrusia sin Lukashenko, pese a que inicialmente haya brindado asistencia al dictador bielorruso.