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Tras 26 años, Lukashenko teme perder el poder en Bielorrusia

Tras 26 años, Lukashenko teme perder el poder en Bielorrusia
Fuente: elaboración de la autora.

La pandemia de coronavirus ha debilitado a la democracia y ayudado a algunos gobernantes a avanzar en la senda del autoritarismo. Sin embargo, también está poniendo en aprietos al Gobierno autoritario de Bielorrusia. La gestión deficiente de la pandemia del presidente Lukashenko, que lleva gobernando el país desde 1994, ha dejado la puerta entreabierta a la oposición. El pueblo bielorruso volverá a las urnas el 9 de agosto para reforzar el poder de Lukashenko o para despedirle de su cargo, y para sobrevivir, el régimen se vale cada vez más del monopolio de la fuerza.

Bielorrusia se convirtió en un país independiente en agosto de 1991. Desde entonces, los bielorrusos han celebrado cinco elecciones presidenciales. En las primeras, en 1994, el ganador fue un joven político conocido por su discurso anticorrupción, Aleksandr Lukashenko. Lukashenko arrasó también, ya con los cabellos entrecanos, en las elecciones de 2001, recibió el 84% de los votos en 2006, y volvió a ganar en 2010, aunque este logro pierde un poco de brillo a la luz del arresto de siete de los nueve candidatos de la oposición. En 2015 tampoco hubo sorpresas: presidente electo, Aleksandr Lukashenko. Para entonces, un 5% de la base electoral del país había nacido ya durante el mandato del “último dictador de Europa”.

Ahora parece que bastaría con unir la línea de puntos para adivinar qué pasará en los comicios del próximo 9 de agosto de 2020. ¿O quizá no? Presentarse a las elecciones en Bielorrusia es fácil, sobre el papel: quien desee presidir Bielorrusia debe ser bielorruso, mayor de 35 años y sin antecedentes penales. En Bielorrusia hay casi cinco millones y medio de hombres y mujeres mayores de 35 años y, sin embargo, solo uno la ha presidido desde la caída de la Unión Soviética. Pero la política no es una progresión geométrica, y, con los líderes de la oposición encarcelados y más de 67.000 de contagiados por coronavirus, mantener el poder es cada vez más complicado para el primer y hasta ahora único presidente de la Bielorrusia independiente. 

Las tres grietas del sistema: el virus, la crisis de popularidad y las alternativas

Él mismo lo ha reconocido en más de una ocasión: Aleksandr Lukashenko no es un gran admirador de la democracia. Los hechos respaldan sus palabras: numerosas denuncias de fraude electoral, detenciones de líderes de la oposición, persecución política y violaciones del estado de derecho y de los derechos humanos le han valido a Bielorrusia años de sanciones por parte de la Unión Europea y de Estados Unidos. Estas también son las razones por las que el Índice de Democracia de The Economist califica de autoritario al régimen de Lukashenko, en el puesto 141 del total de 167 países en 2019. Las críticas de las principales organizaciones internacionales no afectan al apoyo popular del líder bielorruso, al menos según las cifras oficiales: su victoria electoral más modesta se saldó con el 75% de votos en 2001. La historia de la Bielorrusia independiente y de Aleksandr Lukashenko parecía unida para siempre, hasta que un virus ha empezado a separarles. 

Índice de Democracia The Economist
Bielorrusia es uno de los países más autoritarios del mundo, según The Economist.

Sin cuarentena, sin limitaciones de la movilidad, con actos públicos, con desfiles multitudinarios y con mensajes reconfortantes: el Gobierno bielorruso no afrontó la llegada de la pandemia porque se negó a aceptarla. “Aquí no hay ningún virus. ¿Acaso lo veis volando por aquí? Yo tampoco”, proclamaba Lukashenko tras haber acudido a un partido de hockey en marzo. Anunció que el miedo global ante la pandemia era una “psicosis”. Tampoco canceló, a diferencia de los países vecinos, el desfile del 9 de mayo que conmemora el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tres meses después, Bielorrusia sumaba 67.000 contagiados y más de quinientos fallecidos por coronavirus, según los datos oficiales, aunque podrían ser muchos más.  

La popularidad, un concepto clave en cualquier régimen democrático, suele plasmarse en los resultados de las encuestas oficiales. No ocurre así en Bielorrusia. Aunque el régimen cuenta con siete instituciones que tienen derecho a llevar a cabo este tipo de sondeos sociológicos, sus resultados no se hacen públicos. Esta opacidad también ha jugado en contra de Lukashenko en 2020: a falta de datos oficiales, varias plataformas digitales han llevado a cabo sus propias encuestas electorales a finales de mayo. Si se considerase que sus resultados son veraces y representativos, tan solo un 3% de los bielorrusos votarían por la permanencia de Lukashenko en el poder. Ante el auge de la consigna Sasha 3% entre la oposición (Sasha es el diminutivo de Aleksandr), el Gobierno prohibió las encuestas políticas no oficiales.

La bajada de popularidad y el descontento popular tras la gestión deficiente de la pandemia han abierto dos grietas en el Gobierno de Lukashenko. Pero hay una tercera grieta que, aunque ya existía antes, presenta ahora caras nuevas: las alternativas políticas. Los sondeos no oficiales que estimaban en un 3% el apoyo a Lukashenko otorgaron un 56%, un 17% y un 12% a otros tres posibles candidatos a la presidencia: un banquero, un diplomático y un bloguero, todos ellos nuevos en política. Desde mayo, las principales ciudades de Bielorrusia han vivido protestas contra la gestión de la pandemia, la continuidad de Lukashenko en el poder y la detención de opositores. Las tres causas se juntaron en otra consigna, Psicosis3%, y algunos analistas compararon el auge de las protestas con el inicio de una revolución

Opositores y periodistas encarcelados

Uno de los líderes de la oposición, el bloguero Serguei Tijanovski, fue detenido y acusado de atentar contra el orden público a finales de mayo. Un mes más tarde, el exbanquero Viktar Babaryka, el candidato opositor mejor posicionado, también fue detenido, junto a su hijo, y acusado de blanqueo de capitales y evasión fiscal. Más tarde, y aun sin sentencia firme, los dos candidatos fueron excluidos del proceso electoral. El diplomático Valery Tsepkalo, que fue embajador de Bielorrusia en los Estados Unidos y en México, no pasó el baremo preliminar para registrar su candidatura presidencial: más de la mitad de las firmas que había reunido fueron descalificadas por la Comisión Electoral Central.

Un grupo de hockey sobre hielo

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Aleksandr Lukashenko y Vladimir Putin (en el centro), en un partido de amistoso de hockey en 2014. Fuente: Kremlin

Así, ninguno de los tres candidatos opositores mejor posicionados participará en las elecciones presidenciales del 9 de agosto. Pero uno de los tres apellidos sí que aparecerá en la papeleta, con la desinencia en femenino: Svetlana Tijanovskaya se apuntó a la carrera presidencial tras la detención de su marido Serguei Tijanovski. Y anunció que trabajaría de forma conjunta con los equipos de Babaryka y Tsepkalo, por lo que los tres excandidatos continúan en la lucha por el poder como una candidatura unitaria. Junto a los nombres de Aleksandr Lukashenko y Svetlana Tijanovskaya, la papeleta electoral incluirá otros tres apellidos que cuentan con poco apoyo según las encuestas no oficiales.  

Sin embargo, la concurrencia de cinco candidatos no supone ninguna novedad para Lukashenko: llegó a competir con nueve aspirantes a la presidencia en 2010. Tampoco es la primera vez que se enfrenta a una candidatura unitaria: en 2006, el candidato promovido por varios grupos políticos, Aleksandr Milinkevich, solo consiguió el 6% de los votos, y las acusaciones de observadores internacionales de fraude electoral no fueron suficientes para conseguir una repetición de las elecciones. Durante la campaña electoral de 2020, la ONU, la Comisión Europea, la OSCE, el Comité para la Protección de los Periodistas y Amnistía Internacional manifestaron su preocupación por las violaciones de los derechos fundamentales de los bielorrusos y por las detenciones de opositores y periodistas. Pero las críticas internacionales al régimen de Lukashenko tampoco suponen una amenaza a su poder y hasta ahora nunca han conseguido una rectificación por parte del Gobierno bielorruso. 

Además, la candidatura unitaria de Babaryka, Tsepkalo y los Tijanovski esconde una agenda complicada a largo plazo. Los antecedentes importan: Babaryka y Tsepkalo provienen del apartado de poder bielorruso. El primero dirigió durante los últimos veinte años la filial bielorrusa de Gazprombank, uno de los principales bancos rusos, y Lukashenko lo acusa de ser un títere de Putin y apoyar la eventual unión entre Rusia y Bielorrusia, un proyecto de integración del que se habla desde 2018. Tsepkalo y Tijanovski también guardan vínculos con Moscú y reciben, en ocasiones, el calificativo de “prorrusos”. Sin embargo, estas afirmaciones son ambiguas y difíciles de comprobar; por su parte, el Kremlin afirma no tener candidato favorito

Lukashenko también convirtió a Moscú en la protagonista de su campaña electoral, con el discurso en contra de la integración de los dos países. Mientras tanto, busca fuentes alternativas ante la dependencia de Bielorrusia del petróleo y del gas rusos. Y utiliza un lenguaje cada vez más duro, equiparando los intereses de la oposición a los del Kremlin y comparando las protestas contra su Gobierno con las de Ucrania en 2014, lo que justifica, para él, las detenciones por motivos políticos y la expulsión de periodistas extranjeros del país. Además, Lukashenko asegura que la oposición lo empuja cada vez más “hacia una solución por la fuerza”. A una semana de las elecciones, cada vez es más probable que el Gobierno recurra a su monopolio de la violencia para mantener el poder.  

El precio del sexto mandato

Cada vez está más claro que Lukashenko no se va a permitir perder en las elecciones presidenciales del 9 de agosto. Pero el sexto mandato le saldrá todavía más caro que los anteriores. Con el distanciamiento de Rusia, por un lado, y las críticas desde las principales organizaciones internacionales por el otro, Lukashenko está cada vez más solo al mando de “la última dictadura de Europa”. Si, a pesar del constante fraude electoral, los votos reflejan la caída de popularidad del presidente, Lukashenjo saldrá también debilitado a nivel internacional. Y esto, a largo plazo, puede debilitar su posición frente a las presiones de Rusia. 

Con todo, Aleksandr Lukashenko es el crupier del juego político bielorruso. Y, si esta vez la cárcel es insuficiente para detener a la oposición, tendrá que imponerse por la fuerza al pueblo del que se llama a sí mismo padre y dictador. Esta senda siempre es complicada, porque la mano dura no acepta vuelta atrás. No es la opción favorita de Lukashenko, pero quizás no le quede otra. Si quiere mantener el poder, puede que tenga que aceptar ser más temido que amado.