Qué le pasa a Rusia cuando pierde una guerra: revoluciones, golpes de Estado y reformas

La historia de Rusia en el siglo XX ha estado marcada por su fortuna en la guerra, desde las guerras mundiales a Afganistán. Es improbable que una derrota en Ucrania traiga la caída del Estado ruso, pero podría obligar a Putin a hacer reformas.
GeopolíticaRusia y espacio postsoviético
Qué le pasa a Rusia cuando pierde una guerra: revoluciones, golpes de Estado y reformas
Soldados soviéticos en Afganistán. Fuente: Wikimedia

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Pocas cosas hacen más popular a un Gobierno que las victorias militares, y pocas provocan su caída como una derrota. Los azares bélicos han forjado imperios y encumbrado carreras políticas, pero también han hundido Estados, desatado revoluciones y causado debacles económicas. Rusia los ha vivido casi todos. Las guerras mundiales, la invasión soviética de Afganistán o los conflictos chechenos fueron puntos y aparte en su política, y ahora ofrecen pistas de lo que podría deparar la invasión de Ucrania.

Derrota clara: la Primera Guerra Mundial y Afganistán

La Primera Guerra Mundial desencadenó el colapso del Imperio ruso. El Estado zarista, ineficiente y atrasado frente a su adversario alemán, no estaba preparado para una guerra total como la que se desencadenó en 1914. Con ese trasfondo de crisis, en febrero de 1917 estalló una revolución que acabó con más de tres siglos de dinastía Románov. Las deserciones en masa y la insubordinación de regimientos enteros se sucedían y el hambre y la inflación arreciaban. Los bolcheviques, el partido que más denunciaba el conflicto y abogaba por la firma inmediata de la paz, se hicieron con el poder a finales de ese año y tras una ganar guerra civil, fundaron la Unión Soviética en 1922.

Un escenario así parece impensable en la actualidad. La Rusia de Vladímir Putin no se caracteriza por tener instituciones sólidas o dinamismo económico. Pero tampoco vive un estado de guerra total y, pese a la creciente oposición al régimen, el orden público parece asegurado. Por el contrario, el conflicto de Ucrania evoca más a la invasión soviética de Afganistán. Lo que parecía una operación rápida al final duró una década (1979-1989), y la derrota soviética acabó con el mito de la invencibilidad del Ejército Rojo. La guerra afgana, sumada al coste de la carrera armamentística contra Estados Unidos y a una economía estancada, acabó por apartar del poder a los dirigentes soviéticos más conservadores. En su lugar llegó una nueva generación de reformistas encabezados por Mijaíl Gorbachov, que intentó renovar el sistema soviético pero que no pudo evitar su descomposición.

Las similitudes de Afganistán con la invasión a Ucrania son claras. El Ejército ruso, considerado uno de los más poderosos del mundo, no ha tenido el desempeño previsto, y las sanciones occidentales ponen en peligro a una economía basada en exportar materias primas. Como en la Guerra Fría, el Kremlin pretende ejercer una política exterior dominante que es incompatible con su capacidad económica. A medida que aumente el coste económico del conflicto, al tiempo que las familias rusas vean a sus hijos volver en cajas de pino, el rechazo de los rusos a la guerra puede crecer hasta poner en peligro la estabilidad del Gobierno. 

Victorias, de la Segunda Guerra Mundial a Crimea

Aunque es un escenario improbable, no sería la primera vez que Occidente subestima la capacidad de resistencia rusa. Durante la Segunda Guerra Mundial, buena parte del territorio soviético quedó arrasado, y se calcula que veinticuatro de los más de cincuenta millones de muertos de la guerra fueron ciudadanos soviéticos. Aun así, la URSS consiguió detener y derrotar a la Alemania nazi para emerger como segunda potencia global.

Desde los años noventa, Rusia ha vuelto a reforzarse de cara al exterior con sus victorias en Chechenia, Georgia o Siria. A pesar de las violaciones de derechos humanos que sus fuerzas armadas habrían cometido, su desempeño militar en estos escenarios ha recuperado parte de la autoridad internacional del país, mermada tras su primera década postsoviética. Además, la comunidad internacional condenó la anexión de Crimea en 2014 e impuso numerosas sanciones, pero la conquista de un territorio que Rusia considera propio fortaleció la popularidad interna de Putin.

Si el Kremlin logra ahora un resultado que pueda vender de forma convincente como una victoria, saldría reforzado de cara a los rusos y a nivel internacional. Aunque Putin tenga que enfrentarse a protestas contra la guerra y a las dificultades económicas derivadas de las sanciones, el fervor patriótico consolidaría su poder, sobre todo si consigue nuevos territorios como el Donbás. Con todo, aún con una victoria es poco probable que Rusia recupere aquel estatus de gran potencia de la Guerra Fría. Más bien, puede ser clave en un nuevo bloque antioccidental liderado por China, con un capitalismo autoritario y conservador en oposición al capitalismo liberal euroamericano. 

¿Reformas internas? La guerra de 1904 y la crisis de los misiles

Sin embargo, las guerras no suelen dar un resultado aplastante ni suponer la destrucción total de las estructuras estatales de ninguno de los bandos. Así ocurrió durante la guerra ruso-japonesa de 1904 a 1905. La rivalidad por el control del norte de China desembocó en un conflicto en el que Japón asombró al mundo derrotando sin contemplaciones al poderoso Imperio ruso. La humillación provocó una revolución en Rusia que, aunque fracasó, obligaría al zar Nicolás II a convocar un parlamento y a hacer concesiones a los sectores más liberales y tecnocráticos de la aristocracia.

¿Podría una derrota humillante de Rusia en Ucrania agravar la presión económica y popular hasta obligar al Kremlin a liberalizar el régimen? ¿Quizá incluso provocar el reemplazo de Putin por una persona más pragmática? Los medios occidentales llevan semanas especulando con un golpe palaciego orquestado por las fuerzas vivas del país, perjudicadas por las sanciones.

Menos suele comentarse otro precedente de esta hipótesis: la destitución de Nikita Jrushchov en 1964, entre otras, por su mal manejo de la crisis de los misiles en Cuba dos años antes. Los jerarcas soviéticos, hartos de Jrushchov, al que consideraban errático e idealista, se conjuraron para derribarle con un golpe blando. Putin concentra hoy mucho más poder del que tuvo Jrushchov, pero la situación es tan incierta que no cabe hacer descartes.

Paco Valbuena

Murcia (1992). Graduado en Historia por la Universidad de Murcia. Actualmente, opositando para profesor de Secundaria. Hablo con fluidez inglés, francés, e italiano. Interesado en historia contemporánea, economía social y conflictos bélicos.