El problema de la izquierda con Venezuela y Maduro

La crisis en Venezuela ha generado una grieta en la izquierda entre quienes exigen transparencia a Maduro y los que todavía le defienden, apelando a su supuesto antimperialismo. Pero esta brecha no solo se da aquí: en otros casos, como la guerra de Ucrania, algunos han acabado defendiendo un régimen conservador y autoritario como el de Putin.
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El problema de la izquierda con Venezuela y Maduro
Fuente: Prensa de la Presidencia de Venezuela

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Las elecciones de Venezuela del 28 de julio no pueden entrar en los parámetros de la normalidad democrática. La candidatura opositora tuvo grandes problemas para designar a un candidato —hasta dos de sus propuestas fueron vetadas—, sufrió decenas de detenciones de miembros de su campaña y ha carecido de publicidad institucional. Nicolás Maduro ha declarado su victoria sin mostrar las actas electorales y bajo graves sospechas de fraude, y ha reprimido las protestas en la calle.

Todo ello debería hacer saltar las alarmas a cualquiera, aunque no conozca el contexto venezolano. Pero no ha parecido preocupar a ciertos sectores de la izquierda europea y latinoamericana, que se ponen de perfil frente a las maniobras autoritarias de Maduro o las agresiones de Vladimir Putin pese a que son opuestos a los valores que dicen defender. El pasado democrático y progresista de Venezuela, su supuesto rechazo al “imperialismo” estadounidense o las críticas a la oposición venezolana no pueden justificar esta postura contradictoria y peligrosa.

Venezuela, ese complicado referente de la izquierda

Partidos de izquierda en Europa, como Sumar y Podemos en España o la Francia Insumisa, han defendido la supuesta victoria de Maduro como si todavía fuera el representante de aquel chavismo que llegó al poder en 1998. Hugo Chávez ganó entonces democráticamente a todo el establishment que había gobernado Venezuela durante décadas. Con sus aciertos y errores, trajo cosas positivas, especialmente para los más pobres del país.

Esa no es la situación de 2024: el chavismo fue enterrado por el madurismo hace años. Venezuela se ha convertido en un régimen clientelar en el que una cúpula de políticos, empresarios y militares leales a Maduro se lucra a costa del país. Desde la llegada al poder de Maduro en 2013, Venezuela ha bajado 45 puestos en el índice de democracia de The Economist. El país es considerado un régimen autoritario y está en el puesto 143 de 167, el segundo peor de América Latina, solo por encima de Nicaragua

Es lógico que la izquierda busque referentes, pero es incomprensible que Maduro sea uno de ellos. Su Gobierno lleva años desideologizado, más allá de la retórica. No participa en las luchas que el progresismo mantiene en Europa o América Latina y en las que otros países de la región han avanzado, como el aborto, el matrimonio igualitario o las mejoras en las condiciones laborales. 

Nicolás Maduro está más cerca de figuras que indignan a la izquierda, como Nayib Bukele, que de referentes progresistas latinoamericanos como Gustavo Petro, Gabriel Boric, Lula da Silva o Pepe Mujica. Figuras que, por cierto, han expresado sus dudas tras estas elecciones venezolanas y están presionando a Maduro para que entregue las actas electorales. Gobiernos regionales de izquierda, como Colombia, Brasil o México, se esfuerzan para que se conozca el resultado real del 28 de julio y se pueda dar una transición pacífica del poder si fuera necesario.

Por este motivo, es contradictorio indignarse ante el control casi total que ha conseguido Bukele sobre las instituciones salvadoreñas y no hacerlo con Maduro por hacer lo mismo. El régimen venezolano tiene pleno poder sobre el sistema judicial, electoral, legislativo, ejecutivo y mediático. Como ejemplo, basta con sintonizar cadenas de televisión como la pública VTV Canal 8 u observar los aplausos del presidente del Consejo Nacional Electoral, una institución teóricamente neutral, en los discursos de Maduro. 

En la práctica, ¿qué diferencia hay entre asaltar una Asamblea de mayoría opositora con el Ejército, como hizo Bukele en 2020, y crear una asamblea paralela para circunvalar a la oposición, como Maduro en 2017? Hasta la estrategia de comunicación de los dos se parece, con el uso de TikTok y el apoyo de youtubers para acercarse al público. Lo mismo puede decirse de la represión policial de las protestas. ¿Es indignante que los antiguos Gobiernos de derechas en Chile y Colombia detuviesen e incluso matasen a manifestantes pero aceptable que se haga lo mismo en Venezuela?

El antimperialismo no puede justificar el autoritarismo

Con todo, ser crítico con la deriva autoritaria de Maduro no significa defender a Estados Unidos o a la oposición venezolana. Se puede argumentar que las sanciones contra el régimen tienen gran culpa de la crisis social y migratoria que vive el pueblo venezolano y criticar el historial de intervencionismo estadounidense en América Latina, que tantas consecuencias negativas ha traído.

También puede criticarse a la oposición venezolana, empezando por Juan Guaidó y su cuestionable presidencia. Algunos de sus miembros han adoptado posturas radicales: Leopoldo López, por ejemplo, lideró una intentona de golpe contra Maduro en 2019. Otros, como María Corina Machado, su líder actual, han llegado a pedir una intervención militar estadounidense en el país.

Pero la izquierda no puede escudarse en eso para justificar la falta de transparencia y la represión de Maduro, porque estaría traicionando sus principios de justicia social y libertad. Esta es solo una de las muchas contradicciones en las que la izquierda, y Occidente en general, ha incurrido en los últimos tiempos, en los que la geopolítica mundial se ha vuelto más convulsa y cambiante. 

Para salir de ese callejón es indispensable no simplificar la realidad geopolítica ni caer en conceptos vagos, como el antimperialismo contra Estados Unidos heredado de la Guerra Fría. El hecho de que Venezuela, Cuba, Irán, Rusia o China sean enemigos de Estados Unidos no les hace necesariamente buenos y no debería ser razón para que la izquierda democrática les apoye, pues todos son regímenes autoritarios que también atentan contra los valores básicos que la izquierda defiende. 

Se puede condenar el embargo a Cuba y pedir que haya pluralidad política en la isla. Se puede criticar la invasión a Irak de Estados Unidos en 2003 y la de Rusia a Ucrania en 2022. Se puede condenar la masacre de decenas de miles de civiles palestinos por parte de Israel en Gaza y entender que Irán, el gran enemigo israelí, es un régimen teocrático que reprime a opositores, mujeres y homosexuales. 

Esta es una postura complicada de articular, pero necesaria para afrontar situaciones como las de Venezuela. Una izquierda pragmática, pero firme ante la negativa de Maduro a publicar las actas electorales, puede ayudar a dar una salida negociada a la crisis venezolana. Desde Europa, sería más productivo apoyar los esfuerzos de Gobiernos democráticos, progresistas y con influencia regional, como Brasil, Colombia, México o Chile, que reconocer con los ojos vendados un resultado plagado de dudas.

Álvaro Cordero

Valladolid, 1996. Graduado en Periodismo por la Universidad de Valladolid. Máster en Periodismo Político Internacional por la Universitat Pompeu Fabra. Escribo sobre política internacional desde Bogotá y estoy especializado en geopolítica, conflictos e historia en América Latina.

2 comentarios

  1. Expandir comentario

    Interesante y muy realista el análisis

  2. Expandir comentario

    Muy de acuerdo. Parte del problema, al menos en España, es que la izquierda alineada con Sumar y Podemos, pero también parte de las bases más izquierdistas del PSOE vienen de una tradición de apellidar la democracia con adjetivos como «burguesa», «formal» y de considerarla limitada, y en muchos casos como un instrumento a utilizar para hacer la revolución, que es lo importante y lo que resolverá todo fetén. Este era el punto de vista leninista, para el que era la «vanguardia consciente del proletariado», el Partido y más concretamente sus dirigentes, era la que sabía donde había que ir, mucho más que las «masas alienadas». En consecuencia, un régimen autoritario pero que se disfrace con una retórica izquierdista y antiimperialista tiene bastantes posibilidades de encajar con esta tradición. Esto no ocurre solo con Maduro y otros vividores que se reclaman de la izquierda. Putin juega también inteligentemente con esta ambiguedad, por ejemplo, lo que le permite tener apoyos en la extrema derecha, que ven placenteramente su alineamiento reaccionario con la iglesia, la tradición y el rechazo a las políticas de igualdad, y con la izquierda «extrema», que simplemente no quieren ver estas cosas y se solazan con su posición antiamericana y sus guiños a la herencia soviética.

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