Colombia es una excepción en América Latina. Desde su independencia hace dos siglos, nunca ha estado gobernada por la izquierda, al contrario que la gran mayoría de la región. El país vivió una decena de guerras civiles en el siglo XIX, apenas una breve dictadura en el XX y arrastra el conflicto armado de las últimas décadas, pero no tuvo una versión propia de la Revolución mexicana o la cubana. Tampoco se sumó a la “marea rosa”, la ola progresista de principios del siglo XXI que penetró en buena parte de los países vecinos, encabezados por la Venezuela de Hugo Chávez.
La colombiana es una sociedad históricamente conservadora y ha sufrido violencia política, redes clientelares y una fuerte desigualdad, ahora la segunda más elevada de la región solo por detrás de Brasil. Estas lacras contribuyen a que la izquierda no haya accedido nunca a la presidencia. Sin embargo, la historia puede cambiar este 29 de mayo. Por primera vez, el candidato de izquierda Gustavo Petro, junto a su fórmula vicepresidencial, la lideresa socioambiental Francia Márquez, tiene opciones de ganar los comicios.
La tierra, en el centro del conflicto
La propiedad de la tierra es uno de los factores más importantes para explicar que la izquierda nunca haya llegado a la presidencia en Colombia. Durante décadas, los terratenientes han mantenido redes clientelares agrarias y una estrecha relación con los Gobiernos. Fruto de esa connivencia, la política ha favorecido a los grandes latifundistas, impidiendo una verdadera reforma agraria. Las raíces de este fenómeno ya venían de atrás. Desde el siglo XIX, la Iglesia católica ha jugado un papel central en las fuerzas conservadoras, apoyando al Gobierno y las élites y participando en el reparto de tierras o la redacción de las sucesivas Constituciones.
Sin reforma agraria, Colombia se ha mantenido como uno de los países más desiguales del mundo, a pesar de su crecimiento económico sostenido. Aún hoy el 1% de los terratenientes posee más del 50% de las tierras cultivables del país. La tierra ha sido un foco de violencia y clientelismo y, desde los años sesenta, el ingrediente principal del conflicto armado. Ya durante las negociaciones de paz entre el Estado y las FARC en 2016, las autoridades concluyeron que seis millones de hectáreas habían sido despojadas de sus dueños en los años más álgidos del conflicto.
Y si el control de la tierra había propiciado el nacimiento de las guerrillas en los sesenta, contribuyó también a la aparición del narcotráfico en los ochenta y más tarde de los paramilitares antizquierdistas, aupados por los terratenientes, miembros del Ejército y los cárteles de la droga. Fruto de todo ello, entre las víctimas protagonistas de estas pugnas han estado políticos de izquierda, ambientalistas, líderes sociales y defensores de derechos humanos, en especial en áreas rurales.
El “genocidio» izquierdista
La violencia ha formado parte de la política colombiana, entre otras cosas, impidiendo que las candidaturas de izquierdas prosperen. El caso paradigmático fue el partido Unión Patriótica, que surgió en 1985 de un acuerdo del Gobierno con las FARC y en una década terminó casi exterminado a manos de agentes del Estado y grupos paramilitares. El Centro Nacional de Memoria Histórica, por ejemplo, ya lo catalogaba de “genocidio”, igual que ahora la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), el mecanismo de justicia transicional encargado de arrojar luz sobre el conflicto armado. La JEP expuso en abril que dichas atrocidades habían dejado 5.733 víctimas, entre ellas dos candidatos presidenciales, militantes y cargos nacionales y regionales.
Pero la violencia política contra líderes progresistas ha ido más allá. Otros candidatos presidenciales progresistas también han sido asesinados, como el caudillo liberal Jorge Elíecer Gaitán en 1948, Luis Carlos Galán en 1989 —este por encargo del cártel de Medellín de Pablo Escobar— y el exlíder guerrillero del M-19 Carlos Pizarro en 1990. Gustavo Petro, el favorito para estas próximas elecciones presidenciales, tuvo que exiliarse del país en el pasado y ahora denuncia amenazas de muerte, aunque la Policía niega que haya un plan para atentar contra su vida.
El lastre de la vinculación guerrilla-izquierda
Las guerrillas de Colombia, nacidas tras la Revolución cubana, han sido otro lastre para la izquierda nacional. La opinión pública colombiana las ha considerado dos caras de la misma moneda hasta por lo menos inicios del siglo XXI, viendo a los políticos como portavoces de los guerrilleros. La asociación de la izquierda democrática con los secuestros y atentados de la guerrilla, y en general con el conflicto, también ha mermado sus opciones electorales.
En ese sentido, el acuerdo de paz entre el Gobierno y las FARC ha servido para desvincular a los guerrilleros de los políticos. Una minoría de guerrilleros disidentes conservó las armas, descontentos con el pacto y para seguir controlando el narcotráfico o la minería ilegal. Por el contrario, la mayoría de las FARC pasó a ser el partido político Comunes, que ahora está en el Congreso. Petro también ha trabajado en esta disociación de conceptos: aunque todavía se le achaca haber sido guerrillero del M-19, lleva décadas en política y ha sido senador o alcalde de Bogotá.
Colombia está abandonando el conservadurismo
Aunque Colombia ha sido un bastión del conservadurismo latinoamericano, ya no se entiende como un país de derecha partidista. Según el Barómetro de las Américas de 2018, el país ha girado en la última década, en especial desde 2016, hacia el centro-izquierda, donde decía situarse más del 70% de la población encuestada entonces. Por tanto, si la tendencia se cumple y los sondeos se confirman, las elecciones a dos vueltas este 29 de mayo y 19 de junio pueden dar a Colombia el primer presidente de izquierdas de su historia.
Las encuestas otorgan a Petro una media del 40% de intención de voto, que aunque no le alcanzaría para evitar el balotaje, sí confirmaría un viraje progresista. Su coalición, el Pacto Histórico, ya fue una de las ganadoras en las legislativas de marzo. Además, parte de su éxito se debe a las derrotas del actual presidente, Iván Duque: una desaprobación de más del 70% en seguridad, la difícil recuperación económica, la corrupción que envuelve a su partido, el Centro Democrático, y el desencanto hacia su líder y mentor de Duque, el expresidente Álvaro Uribe.Ahora bien, si Petro gana, tampoco le resultará sencillo. En frente tendrá una oposición dispuesta a frenar cualquier propuesta, sobre todo económica, que se salga del statu quo. Un Gobierno de izquierda estaría limitado por contrapesos democráticos, pero también por un posible aumento de la violencia entre quienes ven en Petro una amenaza al sistema de poder tradicional.