El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sorprendió al mundo el 2 de septiembre cuando anunció que adelantaría la Navidad a octubre. Tomó la decisión horas después de que la Fiscalía ordenara detener al líder opositor, Edmundo González Urrutia. Con ello, quería mitigar la crisis política iniciada tras las elecciones presidenciales de julio, en las que declaró su victoria tras numerosas acusaciones de fraude.
No era la primera vez que adoptaba esta medida. En 2019, el Gobierno venezolano ya anticipó el inicio de las fiestas navideñas a noviembre para desviar la atención de la hiperinflación y la crisis institucional que asolaba el país, después de que el opositor Juan Guaidó se autoproclamara presidente interino en enero. Maduro repitió la jugada en 2020 y 2021, en plena crisis del coronavirus.
Maduro solo es el último ejemplo de una práctica recurrente: el uso político de la Navidad. Desde sus orígenes, los líderes políticos han utilizado esta fiesta para legitimar su poder y exacerbar las batallas ideológicas contra sus adversarios. Los países también han apelado a ella como instrumento de poder blando para impulsar su proyección internacional. Y es que, detrás de cada pugna por el mercadillo más antiguo o el origen del árbol de Navidad, se esconden un sinfín de disputas.
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