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El mundo en 2026: todos los conflictos que hay que vigilar en este año convulso

Vivimos un cambio de era geopolítica. 2026 será un año incierto y crítico marcado por los conflictos y el deterioro del sistema internacional

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El mundo todavía no ha asimilado el shock geopolítico que abrió 2026, el derrocamiento de Nicolás Maduro, cuando empieza a entender que esto es solo el principio. Donald Trump va a controlar Venezuela, pero también quiere Groenlandia, amenaza con bombardear Irán, México y Colombia e impulsa un cambio de régimen en Cuba. Y el año solo acaba de empezar.

“Muévete rápido y rompe cosas”. El viejo eslogan de Facebook parece escrito para Trump. Su vuelta a la Casa Blanca ha sido más disruptiva de lo que esperábamos hace un año. Durante 2025, ha herido de muerte la alianza atlántica, humillado a Ucrania, ninguneado el multilateralismo y el derecho internacional, atacado Irán o Venezuela, impulsado una diplomacia del arancel, la extorsión y el peloteo, y avanzado hacia el autoritarismo en Estados Unidos. Europa está en pánico, China y Rusia ganan influencia.

2026 va a ser convulso y crítico. Nada de lo que hemos visto hasta ahora va a remitir. Al contrario: Trump jamás había tenido tanto poder, siente que solo puede frenarle “su propia moral”. Será aún más agresivo en todos los frentes, con consecuencias difíciles de anticipar. Vivimos la volatilidad de los cambios de era. Nunca, desde que en 2019 El Orden Mundial empezó a publicar artículos sobre lo que le espera al mundo en el año entrante, habían sido tan inciertos estos análisis. 

Estados Unidos es el mayor riesgo geopolítico del momento. El país que creó el orden internacional de posguerra lo está destruyendo. Las dos grandes preguntas para 2026 son cuántas más cosas romperá Trump y cuándo saldrá de la Casa Blanca. La primera definirá todo el año. La segunda empezará a resolverse en noviembre, con las elecciones de medio mandato. Lo más probable es que traigan una victoria demócrata que limitara el poder del presidente, pero también podrían consolidar su plan de convertir a la primera potencia del mundo en una dictadura.

América Latina ante la nueva doctrina Monroe

Trump ha recuperado la doctrina Monroe: América Latina es la prioridad de su política exterior. El primer escenario a vigilar es, por supuesto, Venezuela. Secuestrar a Maduro era la parte fácil. Ahora empieza el reto: gestionar el país. La nueva presidenta, Delcy Rodríguez, se muestra colaborativa y por ahora no hay señales de conflicto entre los viejos aliados de Maduro. Pero no hay que descartar tensiones internas, en particular con Diosdado Cabello, líder del aparato político del chavismo. También podrían darse protestas populares que pongan a Washington en una difícil tesitura de permitir la represión para mantener la estabilidad.

Con Delcy Rodríguez asentada en el poder, 2026 podría traer una imagen sorprendente: Trump recibiendo a la vicepresidenta de Maduro en la Casa Blanca para sellar la nueva alianza. Menos probable son unas elecciones en Venezuela o la llegada al poder de la oposición venezolana, descartada por el propio Trump. Estados Unidos tampoco sacará gran provecho económico de su control sobre el petróleo venezolano. Reactivar la obsoleta industria petrolera venezolana exigiría una gran inversión en tiempo y dinero en un país muy inestable. Con el barril por debajo de sesenta dólares, las petroleras estadounidenses están más interesadas en reducir la producción para elevar los precios que invertir en el poco rentable crudo venezolano.

La caída de Maduro tendrá profundas implicaciones regionales. La principal podría ser un cambio de régimen en Cuba, un objetivo que el influyente secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, no esconde. El castrismo depende del petróleo venezolano, que va a dejar de llegar, y del mexicano, que podría ser bloqueado también si Estados Unidos presiona a México. El Gobierno cubano es incapaz de solucionar la gravísima crisis socioeconómica del país; sin petróleo, podría derrumbarse. Este escenario podría precipitarse si falleciera Raúl Castro, verdadero poder en la sombra. Con 94 años y apariciones públicas cada vez más espaciadas, las especulaciones sobre su salud son constantes.

Colombia y México también están en el punto de mira. Trump amenazó al presidente colombiano, el izquierdista Gustavo Petro, con seguir el mismo destino que Maduro. Pero no necesita una operación armada para expulsarle: Petro abandonará la presidencia cuando acabe su mandato, en agosto, y Colombia volverá a girar a la derecha en las elecciones presidenciales de mayo. Con todo, no es descartable que Estados Unidos bombardee las infraestructuras del narco en el país. México podría sufrir la misma suerte continúa en esta espiral militar. No debería: la Casa Blanca gana más colaborando con el Gobierno mexicano, esencial en la lucha contra la inmigración y el narcotráfico en la frontera sur, que enemistándose con él.

Conflictos 2026 descarga

La demostración de fuerza de Trump en América se beneficia de la ola derechista que recorre la región. Washington ya cuenta entre sus aliados a Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, o los líderes de Bolivia y Ecuador, a los que se unen ahora los recién elegidos presidentes de Chile y Honduras. El giro derechista se reforzará con Colombia y Perú, que también escogerá presidente en abril. 

Las elecciones más importantes del año en América Latina serán las de Brasil, en octubre. El presidente, Lula da Silva, de ochenta años, había descartado optar a un cuarto mandato pero parece que será candidato, aplazando el debate sobre su sucesión. Si gana quedará casi como el único gran líder izquierdista de la región. Pero la victoria de Lula no está asegurada si la derecha encuentra una opción de consenso para sustituir al expresidente Jair Bolsonaro, inhabilitado por su intento de golpe de Estado en 2022. Trump intentará influir para derrotar a Lula, uno de sus mayores críticos en la región.

¿El fin de la OTAN?

El secuestro de Maduro y las amenazas de Trump han hecho despertar por fin a Europa a una dura realidad geopolítica: Estados Unidos ya no es un aliado. Es una amenaza. Así lo califica ya el servicio de inteligencia danés. La nueva estrategia de seguridad nacional de Washington, publicada en noviembre, pone negro sobre blanco la ruptura de la alianza atlántica: la prioridad de la Casa Blanca para Europa es socavar a la Unión Europea e impulsar a las fuerzas de extrema derecha en el continente.

El primer objetivo es Groenlandia. Estados Unidos insiste en anexionarse la isla. El interés se explica por su ubicación estratégica en el Ártico, a medio camino entre América y Europa, y sus riquezas minerales, pero también por el mero afán de expansión territorial de Trump. Primero presionará a Europa para obtener concesiones y espoleará el independentismo groenlandés. Pero, dado que ni daneses ni groenlandeses están dispuestos a ceder, la última alternativa es una invasión y no se puede descartar

Este ataque de Estados Unidos a otro socio de la OTAN supondría la muerte de la Alianza: un potente símbolo de este fin de era. Será interesante ver cómo responde Europa ante una amenaza así. Una defensa militar de Groenlandia parece impensable, pero son muchas las palancas diplomáticas y económicas que puede desplegar la UE. Si la OTAN ha sobrevivido para entonces, la tensión será mayúscula en su cumbre anual, que se celebrará en julio en Ankara. 

Sea como sea, Europa prestará enorme atención a su seguridad este año. Se hablará mucho sobre compromisos de defensa e industria militar europea. Varios países empezarán a reintroducir el servicio militar voluntario, como Francia o Alemania, o incluso obligatorio, como Croacia. Las repúblicas bálticas y Polonia alcanzarán o rozarán en 2026 el 5% del PIB en gasto en defensa. Otros, como España o Italia, siguen muy por debajo y serán presionados para aumentarlo. 

El mayor perjudicado por los vaivenes de la Casa Blanca es Ucrania. Trump se mueve entre su prisa por lograr una paz y su deseo de desentenderse del conflicto. Seguirá presionando a Zelenski para que ceda territorios y celebre elecciones. A partir de principios de junio, la guerra de Ucrania habrá durado ya más que la Primera Guerra Mundial, y sin visos de resolución. Rusia no tiene incentivos para parar: seguirá avanzando lentamente en el Donbás y bombardeando centros urbanos. Kiev responderá con ataques cada vez más osados dentro de Rusia contra infraestructuras energéticas o altos cargos del régimen. La paz no se firmará en 2026 ni es probable que Zelenski abandone el cargo en el corto plazo. Pero Ucrania tiene problemas de reclutamiento y una posición cada día más débil en el frente, por lo que no es descartable que acepte un alto al fuego.

Rusia, envalentonada contra Europa, escalará sus agresiones híbridas. Putin busca elevar el coste para los europeos de apoyar a Ucrania. Busca así acortar la guerra, que empieza a hacer mella en la economía rusa, con falta de mano de obra y la inflación al alza. A lo largo de 2025 hemos visto sabotajes de cables submarinos y otras infraestructuras, interferencias en sistemas GPS, incursiones de drones, cazas y globos en el espacio aéreo europeo, o injerencia electoral en Rumanía o Moldavia. Todo esto continuará en 2026, pero con una novedad: los europeos empezarán a responder. El muro de drones de la UE debería empezar a estar operativo a finales de año.

Europa, estás sola

Europa afronta esta crisis en un momento de gran debilidad. Las tres mayores economías europeas: Alemania, Francia y Reino Unido, tienen Gobiernos inestables y al menos uno de ellos podría caer este año. Alemania celebra elecciones regionales en cuatro länder, y en todas la ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) crece con fuerza en las encuestas. Ganará al menos en los dos del este: Alta Sajonia y Mecklemburgo-Pomerania Occidental. La votación pondrá a prueba la capacidad del canciller, el conservador Friedrich Merz, de mantener su coalición con los socialdemócratas mientras se resquebraja el cordón sanitario a AfD.

Francia llega a 2026 en parálisis política: el primer ministro, Sébastien Lecornu, probablemente perderá el cargo en una moción de censura antes del verano. Sería el quinto primer ministro en caer en dos años. Para superar el bloqueo, quizá el presidente Macron convoque elecciones legislativas, que ganaría Agrupación Nacional, el partido de Marine Le Pen. No es descartable, por tanto, que Francia acabe 2026 con un primer ministro de extrema derecha. La situación en la calle podría calentarse si hay protestas de agricultores ahora que se ha aprobado, tras veinticinco años, el acuerdo de libre comercio entre la UE y Mercosur, rechazado por Francia y tan criticado por el sector agrario francés.

Reino Unido también celebra en mayo elecciones locales en Inglaterra y a los parlamentos de Escocia y Gales. El primer ministro laborista, Keir Starmer, gobierna con supermayoría pero es impopular. Su mala imagen arrastrará a los laboristas a una dura derrota en Inglaterra y Escocia, donde los nacionalistas amenazan con buscar un nuevo referéndum de independencia si ganan. La izquierda podría incluso perder Gales, donde ha gobernado desde 1999. Tras este descalabro, los laboristas derrocarán a Starmer y estallará una pugna interna por sucederle. Se demostrará de nuevo que el mayor peligro para un primer ministro británico no es la oposición sino sus propios compañeros de partido.

La descomposición de los partidos tradicionales beneficiará a Reform UK, la formación ultra de Nigel Farage, que encabeza las encuestas. Aquí, como en Alemania y el resto de Europa, veremos injerencias desde Estados Unidos. Farage es amigo de Trump, y Elon Musk ha criticado duramente a Starmer y apoya a la ultraderecha británica, AfD y otras formaciones ultras del continente. Además, este año hay elecciones generales en Suecia, en septiembre, y Dinamarca, antes de noviembre. Conviene vigilar estas últimas, que se celebrarán en el contexto de las tensiones por Groenlandia; la izquierda podría perder el poder que ostenta desde 2019. De ser así, casi el único Gobierno socialdemócrata que quedaría en la UE sería el de España, que tampoco tiene seguro llegar a final de año. 

Las elecciones más determinantes podrían ser las de Hungría, en abril. El líder iliberal húngaro, Viktor Orbán, se enfrenta por primera vez en años a una amenaza seria: la oposición unida en torno a un candidato joven y popular, Péter Magyar. Un cambio de Gobierno en Hungría permitiría a la Unión Europea tomar decisiones importantes sobre el apoyo a Ucrania, entre otros asuntos, que Orbán bloquea. No obstante, en Hungría las elecciones ya no son justas. Orbán controla todas las palancas y además es aliado de Putin y Trump, que harán lo posible para ayudarle. Su salida del poder es muy improbable.

El año en que puede caer la República Islámica

El impacto internacional de la captura de Maduro palidecería ante otra noticia que podría llegar pronto: el derrumbe de la República Islámica de Irán. El país ha inaugurado 2026 con protestas masivas, respondidas con una represión durísima que deja ya entre decenas y cientos de muertos. El régimen pasa por su momento más débil desde 1979 a causa de la hiperinflación y la derrota en la guerra contra Israel en 2025, que coronan décadas de desgaste. El contexto internacional tampoco ayuda: Irán ha perdido a su red de milicias y no tiene aliados frente a Estados Unidos e Israel: han desaparecido, como Maduro o Bashar al Asad, demasiado ocupados en otros frentes, como Rusia, o no se involucrarían, como China o India.

Así las cosas, el colapso de la República Islámica no será inminente, pero podría llegar pronto. Aunque ya superó estallidos similares en 2009 o 2022, con cada oleada el poder de los ayatolás se resiente y esta es la más grave. Incluso si estas protestas son suprimidas, las causas del malestar seguirán ahí, así que otra crisis solo es cuestión de tiempo. Trump podría precipitar las cosas: ha amenazado con atacar Irán para apoyar a los manifestantes. Si estalla una revolución, las consecuencias son difíciles de predecir. Una transición a la democracia es muy improbable. Una cosa es segura: la desaparición del régimen sería un seísmo que cambiaría todo Oriente Próximo.

La cronología del año 2025 def1

Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí, estará feliz siguiendo los eventos en Teherán. Acabar con la República Islámica siempre ha sido su obsesión y tiene incentivos para unirse al ataque. Israel debería celebrar elecciones de aquí a octubre y Bibi llega a ellas con varios problemas: las encuestas no le favorecen, su juicio por corrupción se sentenciará este año y debe avanzar con el plan de paz para Gaza para contentar a Trump, pero sin romper su coalición con sus aliados ultras. Su gran baza diplomática, la normalización de relaciones con Arabia Saudí, se aleja: no ocurrirá en 2026.

Pero sería un error dar por acabado a Netanyahu, todo un superviviente político. Se anotará un gran tanto si cae el régimen iraní y contará con el apoyo de Trump en la campaña electoral. Y no es descartable que, para reforzarse, abra un nuevo conflicto contra Hamás en Gaza, o intervenga en Siria con el pretexto de defender a los drusos o en Líbano contra Hezbolá, que no ha llegado a desarmarse tras la guerra de 2024. Incluso perdiendo las elecciones, Bibi podría seguir en el cargo si la oposición no se pone de acuerdo en las siempre complicadas negociaciones postelectorales israelíes.

Una incógnita de 2026 es la Franja de Gaza. Pronto debería entrar en vigor la segunda fase del plan de paz de Trump, la más complicada. Está destinada a fracasar: ni Hamás será desarmado por completo ni Israel se retirará, y seguirán los ataques. Pero sí es probable algún primer paso, si bien simbólico, en la reconstrucción o la constitución de la junta internacional de Gobierno, logros que Trump desea para mejorar su imagen internacional. Quizá incluso veamos el despliegue de las primeras fuerzas de paz internacionales, que podrían incluir efectivos de países tan dispares como Indonesia, Canadá o Azerbaiyán.

Vacío de poder en Oriente Próximo

Estados Unidos está reduciendo su implicación en Oriente Próximo, dejando un vacío que llenan Israel y otras potencias regionales como Turquía. El líder turco, Recep Tayyip Erdoğan, gana peso internacional: nuevo actor fuerte en Siria, mediador entre Ucrania y Rusia y potencia en auge en África. Erdoğan aprovechará las cumbres de la OTAN, en julio, y la del clima, en noviembre, de las que será anfitrión, para ganar aún más influencia. Se rumorea que planea convocar un referéndum constitucional este año para convertir Turquía en una república islámica, ampliar los poderes presidenciales, y suprimir el límite de mandatos, con lo que podría eternizarse en el cargo. Pero en un mundo donde avanzan los autoritarismos, Erdoğan no debe preocuparse por las críticas.

2026 también será importante para Siria, tras cumplir un año sin Bashar al Asad. El país está inmerso en la recuperación económica. Ha lanzado una nueva moneda y se han convocado dos grandes ferias de donantes internacionales en mayo y noviembre para atraer fondos para la reconstrucción. Pero sigue habiendo choques con las minorías kurda y drusa. Por tanto, no es descartable una operación del Gobierno, apoyado desde el norte por Turquía, para acabar con las fuerzas kurdas, a las que Ankara considera una amenaza y a las que Israel, a su vez, podría apoyar. El hecho de que Estados Unidos sea aliado de todos estos actores: Siria, Turquía, Israel y las fuerzas kurdas, no impide que estos puedan enfrentarse y es una prueba de que la implicación de Trump en Oriente Próximo se está reduciendo.

Otro efecto de ese vacío dejado por Estados Unidos es el divorcio entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Sus intereses cada vez se alejan más. Apoyan a bandos distintos en las guerras de Yemen y Sudán. Mientras Arabia Saudí se acerca a Turquía y Egipto, Emiratos afianza sus lazos con Etiopía. Emiratos ha reconocido a Israel, al contrario que Arabia Saudí, y cultiva contactos con Somalilandia, región independentista de Somalia; los saudíes defienden la soberanía somalí. Las dos potencias del Golfo están construyendo alianzas opuestas: su disputa es uno de los mayores factores de inestabilidad para la región y más allá.

Cuidado con el Cuerno de África

El Cuerno de África será una de las regiones más tensas del mundo en 2026. Allí se concentran varios conflictos internos, pero también disputas entre países vecinos, todo agravado por intereses de potencias externas. La situación en Sudán, inmersa en una cruenta guerra civil desde 2023 que ya es la peor crisis humanitaria del momento, debería girar a favor de las Fuerzas Armadas gracias al apoyo de Arabia Saudí y Turquía. Somalilandia, reforzada por el reconocimiento de su independencia por parte de Israel, buscará más apoyos para alejarse de Somalia. Un conflicto en la zona podría afectar al tráfico marítimo en el mar Rojo, como ya ocurrió entre 2023 y 2025 con los ataques hutíes.

Mapa geopolítica Cuerno de África def bases

Etiopía, la potencia regional, será un riesgo para la estabilidad de su entorno. La guerra civil que vivió entre 2020 y 2022, que ya provocó una oleada de refugiados hacia Sudán, amenaza con reactivarse. Pero, además, el primer ministro, Abiy Ahmed, podría llevar el conflicto fuera de sus fronteras. Etiopía es un país sin acceso al mar, pero Ahmed se ha propuesto acabar con esa dependencia. Se especula con que pueda reconocer a Somalilandia o atacar Eritrea para conseguir control de un puerto en la región. La Gran Presa del Renacimiento, que embalsa el Nilo antes de salir de Etiopía, fue inaugurada en septiembre y tensionará la relación con Sudán y Egipto.

Por último, hay que vigilar dos regiones conflictivas: el Sahel y los Grandes Lagos. El yihadismo seguirá avanzando en el Sahel ante la impotencia de las juntas militares que gobiernan Malí, Níger y Burkina Faso. Habrá nuevos intentos de golpe de Estado en estos y otros países de la región. La guerra en el este de la República Democrática del Congo entre el Gobierno y los grupos rebeldes, apoyados por Ruanda, continuará. 

China, el primer gran electro-Estado

No interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error. La frase se atribuye a Napoleón, pero podría ser el lema de Xi Jinping. El líder chino sigue trabajando discretamente para hacer de China la primera potencia mundial y Donald Trump, con el daño que está haciendo a Estados Unidos, es su mejor aliado. Pekín aprovechará el caos que exporta la Casa Blanca para proyectarse como un país amistoso, estable y confiable, un discurso que cala ya incluso en aliados de Estados Unidos como Vietnam.

China se afianzará en 2026 como el primer gran electro-Estado: una potencia en energías verdes que depende cada vez menos de los hidrocarburos y exporta su tecnología al exterior: BYD ya vende más coches eléctricos que Tesla. La producción de electricidad verde y barata es clave para ganar la carrera por la inteligencia artificial, y China ya domina este campo. Al mismo tiempo, Pekín no quiere competir solo desarrollando los modelos de IA más avanzados: está priorizando que la sociedad china integre la IA en todos los sectores para lograr ventajas competitivas a largo plazo. El 15º Plan Quinquenal (2026-2030), que se publicará este año, irá en esa línea: construir un país electrificado, inteligente y autosuficiente en tecnologías clave como los microchips.

Sin embargo, China seguirá teniendo problemas económicos, sobre todo la falta de demanda interna. El mejor ejemplo es el mercado inmobiliario: el enorme exceso de oferta ha provocado una caída en los precios. El país encadena más de tres años en deflación: muchas empresas siguen produciendo a pérdidas, acumulando deuda, sobreviviendo gracias al dinero público y lanzándose a una carrera por reducir precios aún más. Esta “involución”, como la llama el Gobierno chino, amenaza con estancar la economía y empieza a generar frustración entre la juventud china.

La situación exigiría un giro radical en la política económica, pero Xi no se atreverá. Falta un año para el próximo Congreso del Partido Comunista, en el que probablemente se decidirá sobre su continuidad en el poder o se elegirá a su sucesor, y no querrá asumir riesgos. La solución, por ahora, seguirá siendo derivar el exceso de producción hacia la exportación. No arreglará el problema a largo plazo, pero por ahora le permite ganar cuota de mercado internacional aprovechando las oportunidades que se abrieron con los aranceles de Trump.

La guerra arancelaria de Estados Unidos no será tan agresiva este año: la Casa Blanca ha comprobado que no tiene capacidad para imponer sus condiciones a todo el mundo y sin oposición. Además, los aranceles están elevando la inflación en Estados Unidos, castigando el bolsillo de los votantes en año electoral, lo que obligará a Trump a rebajar su ofensiva. Se espera que visite a Xi en abril, en otro símbolo de distensión entre ambas potencias.

El derrumbe del sistema internacional de posguerra

Después del secuestro de Maduro, todos los ojos se pusieron en Taiwán: ¿aprovechará Xi este contexto de inestabilidad para atacar? El líder chino tiene incentivos para hacerlo este año: justo a tiempo para anotarse un tanto antes del Congreso de 2027 y con Estados Unidos distraído en sus elecciones de medio mandato. Una invasión sigue siendo improbable, pero el cerco se estrecha cada vez más. A finales de diciembre, China celebró las mayores maniobras militares en torno a Taiwán en lo que va de siglo, y cada vez es más difícil distinguir los ejercicios de un ataque real.

Como en Oriente Próximo, también en Asia Pacífico el vacío de poder de Estados Unidos lleva a los actores regionales a ser más agresivos. Japón avanzará en la remilitarización bajo el mando de la primera ministra conservadora Sanae Takaichi. Corea del Norte, reforzado por su alianza con Rusia, exhibirá cada vez con menos reparo su creciente potencia militar: misiles balísticos, submarinos de propulsión nuclear… Tampoco hay que descartar nuevos choques entre India y Pakistán.

Todo ello son manifestaciones del nuevo orden internacional: mandan más las armas que las normas. El ejemplo más preocupante es la desaparición de las restricciones a la proliferación nuclear. En febrero caducará el New Start, o Start III, firmado entre Estados Unidos y Rusia en 2009 para limitar su arsenal estratégico. Es el último gran tratado nuclear aún vigente y no se va a renovar. Con la querencia que Trump tiene por el poderío militar, y en medio de las negociaciones por Ucrania, 2026 traerá titulares de una nueva carrera armamentística entre las dos grandes potencias.

La ONU, incapaz de impedir las guerras de Gaza o Ucrania, inerme ante las constantes violaciones del derecho internacional, deberá elegir a un nuevo secretario general: Antonio Guterres se retira a finales de año. Debería sucederle una mujer, pero lo que marcará la elección será la tensión entre potencias. Otro escenario de la erosión del multilateralismo será la reunión del G20, que se celebrará en diciembre en Florida. No será una cumbre al uso: con Trump como anfitrión, veremos humillaciones a adversarios, grandes tensiones y diplomacia del peloteo, pero ningún acuerdo relevante. Lo mismo cabe esperar del G7, que acogerá Francia: con Estados Unidos enfrentado a medio mundo, ¿sirven de algo estos foros?

En el plano simbólico, varios países europeos boicotearán el festival de Eurovisión en mayo en protesta por la presencia de Israel. Será otra oportunidad para que Europa muestre su desunión con un gesto, por lo demás, poco efectivo: a esas alturas del año, y dada la volatilidad que promete 2026, la agenda internacional estará muy lejos del genocidio en Gaza.

Emperador Trump

Pero Estados Unidos no solo exporta caos al exterior: también se está descomponiendo por dentro. 2026 será crucial para saber si la democracia estadounidense sobrevive a Trump. La república cumple 250 años en su momento más frágil de las últimas décadas. Su presidente busca anexionar territorios, victorias militares fáciles y convertir a sus aliados en vasallos en el exterior mientras socava el equilibrio institucional y espolea la violencia política en Estados Unidos. El “rey”, como él mismo se llama, es el mayor peligro para la seguridad nacional de su propio país, y todavía no sabemos hasta dónde puede llegar. 

A lo largo de 2026 veremos cada vez más señales, más y menos serias, de la consolidación del poder presidencial de Trump y sus tendencias personalistas. La Corte Suprema emitirá varias sentencias clave: debe decidir si el presidente tiene el derecho de nombrar, y despedir, a altos cargos de agencias federales independientes o si es legal que imponga aranceles sin el permiso del Congreso. También analizará varios casos relevantes para las elecciones, sobre el voto por correo o la alteración de distritos electorales, y otros sobre el derecho a portar armas o de las personas trans, que alimentarán la guerra cultural. La mayoría conservadora de la Corte favorecerá a Trump, como ha venido haciendo en 2025. 

El carácter narcisista de Trump alcanzará cotas inéditas. No será galardonado con el premio Nobel de la Paz 2026, pero recibirá como regalo el de 2025: la líder de la oposición venezolana, María Corina Machado, flamante galardonada, le dará el suyo para tratar de congraciarse con él en su próximo encuentro. Trump celebrará su cumpleaños, el 14 de junio, con un espectáculo de artes marciales mixtas en la Casa Blanca. Para congraciarse con él, Macron ha decidido aplazar la cumbre del G7, que estaba prevista para las mismas fechas. 

También en junio se inaugurará el Mundial de Fútbol, que se celebra en Estados Unidos, México y Canadá en el momento en el que Trump amenaza a sus dos vecinos. Habrá voces que pedirán un boicot, pero el Mundial se celebrará. El presidente estadounidense aprovechará para ser agasajado por líderes internacionales y grandes magnates y atacar a las ciudades demócratas sedes del Mundial. Trump espera coronar sus ambiciones imperiales con dos inauguraciones en la capital: la nueva sala de fiestas de la Casa Blanca, levantada donde antes estaba el Ala Este, y un arco del triunfo, al estilo del parisino, entre el cementerio de Arlington y el monumento a Lincoln.

El presidente hará lo posible por ocultar que, en realidad, está en el momento más impopular de su carrera. Prometió arreglar la economía pero la inflación sube, en buena medida por sus políticas arancelarias. Sus injerencias en la Reserva Federal podrían agravarlo más: su director, Jerome Powell, se ha resistido a las presiones del presidente para bajar los tipos de interés. Pero su mandato caduca en mayo, y Trump presionará para nombrar a un director afín. Si el banco central más importante del mundo pierde su independencia, la estabilidad financiera de Estados Unidos se resentirá y el dólar perderá peso. De fondo, está el riesgo de que la burbuja de la inteligencia artificial, que ha sostenido la economía estadounidense en 2025, estalle por fin este año.

¿Sobrevivirá la democracia en Estados Unidos?

Todo conducirá a la fecha clave: las elecciones de medio mandato, el 5 de noviembre. Se renuevan la Cámara de Representantes, un tercio del Senado y gobernadores y miembros del legislativo en multitud de estados. Si las elecciones se dieran en un contexto normal, lo más probable es que los demócratas recuperen la mayoría en la Cámara, desde la que empezarían a limitar el poder de Trump a partir de enero 2027; incluso podrían incluso iniciar un tercer impeachment contra él. El Senado, con mucha seguridad, quedará bajo control republicano.

Pero puede que las elecciones no sean justas. Trump y sus aliados están haciendo todo lo posible para asegurarlo: socavar la legitimidad del voto por correo, redibujar distritos electorales para favorecer a su partido, desplegar a la policía migratoria federal (ICE) y la Guardia Nacional… La presencia de agentes armados junto a los centros de votación podría desincentivar el voto en estados demócratas. Trump incluso ha sugerido que podría cancelar las elecciones con algún pretexto. Y siempre existe el riesgo de que no reconozca la derrota: no sería la primera vez. 

La tensión provocada por el todopoderoso ICE hace que el contexto sea especialmente peligroso. Sus agentes patrullan las calles vestidos de civil y con las caras cubiertas, cometiendo abusos, agrediendo, deteniendo y deportando inmigrantes y hasta ciudadanos estadounidenses sin autorización judicial. Los barrios empiezan a organizarse para protestar, ante lo que el ICE está respondiendo con violencia. Ya han asesinado a una mujer desarmada en Mineápolis. 

El país está dividido incluso en su visión de la realidad. Para el Gobierno y sus simpatizantes, el ICE es una agencia policial que cumple con su deber: sus agentes merecen ser protegidos frente a las agresiones de la izquierda. El Gobierno tachó a la víctima de Mineápolis de terrorista, aunque protestaba pacíficamente.

Pero las protestas continuarán, así que solo es cuestión de tiempo que muera más gente. Pronto podríamos empezar a ver enfrentamientos entre el ICE y la policía local de las ciudades demócratas o la propia ciudadanía armada. A medida que se acerquen las elecciones, Trump podría usar los desórdenes públicos para justificar incluso la activación de la Ley de Insurrección, que permite al Gobierno federal desplegar al Ejército. El escenario más pesimista hoy no se puede descartar: si la tensión escala, el país se asomará peligrosamente a un conflicto civil.

Dentro de doce meses, el mundo puede ser muy distinto al de hoy. Irán puede haber vivido una revolución que derribe el régimen de los ayatolás. La OTAN podría haber desaparecido como la conocemos. Podría haber estallado una gran guerra en el Cuerno de África. China podría haber atacado Taiwán y Donald Trump podría haber cancelado la democracia en Estados Unidos. Quizá nada de eso pase. Pero que estemos valorando estos escenarios ya es señal de la gran convulsión que espera a la geopolítica global en 2026. La convulsión propia de un profundo cambio de era.

1 comentario

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    Miguel Barrera Lyx

    Gracias por este análisis tan detallado: estaremos atentos para no infartar en 2026.
    Saludos y enhorabuena por vuestro trabajo. Gracias

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