Política y Sociedad Asia-Pacífico

Las minorías étnicas invisibles de Japón

Las minorías étnicas invisibles de Japón
Indígenas ainu. Fuente: Museo de Historia de Missouri (Wikipedia)

Japón es considerado uno de los países más étnicamente homogéneos del mundo, y el nacionalismo japonés declara que la etnia mayoritaria, el pueblo yamato, es la única que existe. Sin embargo, en Japón también viven minorías autóctonas que han sido discriminadas e ignoradas y que todavía hoy luchan por hacerse oír: los japoneses de origen ainu y ryukyuense, los coreanos zainichi y los miembros de la antigua casta burakumin.

Japón es concebido como un país de cultura, nacionalidad y lengua homogéneas, una postura respaldada por discursos nacionalistas de parte de la clase política japonesa. El actual viceprimer ministro Taro Aso, por ejemplo, describió Japón en 2005 como el único país con una sola nación, civilización, idioma, cultura y raza. El país del sol naciente es el hogar de la etnia yamato, también conocida como wajin, la etnia mayoritaria.

Sin embargo, también existen minorías autóctonas que desafían el concepto de país de una sola nación. Dos de ellas son los ainu de Hokkaido, en el extremo norte, y los ryukyuenses de Okinawa, en el extremo sur, que tienen costumbres, cultura e idiomas propios. También están los burakumin y los coreanos zainichi, minorías castigadas por su pasado distinto al de los yamato. Las minorías suponen unos siete millones de personas, aproximadamente el 5% de población nipona, un porcentaje que se eleva hasta al 10% en la región de Kansai, que incluye ciudades como Osaka, Kyoto o Kobe.

El ciudadano japonés está familiarizado con las diferencias regionales del país, compuesto por 47 prefecturas y cuatro islas principales, además de las islas Ryukyu, al sur. Los estereotipos entre un japonés de Osaka y otro de Tokio, por ejemplo, son comúnmente usados en chistes. Sin embargo, a pesar de las diferencias entre estos dos, existe la noción que ambos son a fin de cuentas japoneses. En cambio, por lo que respecta a las minorías, la población japonesa en general las desconoce y a veces incluso las discrimina. Esta desinformación se debe en parte a la educación que reciben, más bien deficiente en cuanto a minorías nacionales. Solo en la última década, y más especialmente desde 2019, se han empezado a dar pasos para que el legado de minorías como los ainu se vean más reflejado en los libros de texto

Mapa político de Japón. Fuente: Wikipedia

Al haber sido discriminados durante generaciones, son bastantes los miembros de estas minorías los que optan por renunciar a sus raíces, refugiarse en el anonimato de grandes ciudades como Tokio e incluso cambiarse el apellido cuando este da pistas de su procedencia. La discriminación engloba muchos aspectos de la vida cotidiana: encontrar un buen trabajo, comprar una vivienda o casarse con alguien que no sea miembro de su minoría. La relación entre Japón y sus minorías es tal que Japón no ratificó hasta 1995 la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial que la ONU había adoptado en 1965. 

Para ampliar: “La diplomacia del sushi: el poder blando japonés”, Teresa Romero en El Orden Mundial, 2019

Coreanos zainichi

Una de las minorías japonesas discriminadas es la de los coreanos zainichi (del japonés ‘residentes en Japón’), que se concentran en la región de Kansai. La inmensa mayoría de zainichi llegaron durante el período de ocupación japonesa en la península coreana (1910-1945), cuando Japón se anexionó toda Corea, Taiwán y la región china de Manchuria. Muchos de los zainichi emigraron a Japón para encontrar una vida mejor cuando los japoneses les arrebataron sus tierras, y otros fueron captados y enviados a allí como mano de obra barata durante la Segunda Guerra Mundial. Independientemente de cómo llegaron a Japón, a muchos se les concedió la nacionalidad. Una vez terminada la guerra casi tres cuartas partes regresaron a Corea, que aún no estaba dividida entre norte y sur, pero alrededor de unos 600.000 decidieron quedarse.

Sin embargo, después de que Japón firmara el Tratado de Paz de San Francisco de 1952, con el que se ponía fin oficialmente a la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno japonés retiró a los zainichi la nacionalidad japonesa. Aquellos coreanos que decidieron quedarse en Japón después de la guerra lo hicieron en calidad de extranjeros con nacionalidad coreana. De acuerdo con estadísticas oficiales, esta minoría ascendía en 2019 a unas 450.000 personas, a quienes se les concede desde 1991 el estatus de “residente permanente especial”. A pesar de llevar hasta cuatro o cinco generaciones viviendo en Japón y estar completamente integrados, teniendo el japonés como idioma materno, la legislación japonesa no les permite obtener la nacionalidad al nacer.

Mapa del Imperio japonés durante su máxima extensión, cuando ocupaba toda la península coreana.

Obtener la nacionalidad japonesa es complicado. Al regirse por ius sanguinis, la nacionalidad se adquiere siempre y cuando uno de los dos progenitores sea ciudadano japonés. Si bien hay otras maneras de obtener la nacionalidad, se obliga al solicitante a renunciar a su nacionalidad original. Además, los zainichi se enfrentaron a otro escollo, ya que entre 1940 y 1945 también se les obligó a cambiarse el apellido coreano por uno japonés. Aun así, muchos de ellos se sienten japoneses y hace décadas que han perdido el contacto con sus familiares en Corea. En las últimas dos décadas, numerosos coreanos zainichi han solicitado la nacionalidad japonesa, sobre todo los jóvenes, y actualmente la poseen unos 380.000.

Posean la nacionalidad japonesa o no, la minoría zainichi es sujeto de discriminación y racismo, que se agravan por la amenaza de los misiles norcoreanos o la disputa comercial entre Japón y Corea del Sur de 2019. No solo tienen dificultades a la hora de encontrar buenos puestos de trabajo o vivienda, sino que han llegado a ser amenazados, como pasó en enero de 2020 en Kawasaki, cuando un anónimo envió una carta a un centro comunitario zainichi amenazando con exterminar a esta minoría.

Para ampliar: “El programa nuclear de Corea del Norte”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2019

La casta burakumin

No obstante, no hace falta ser “residente permanente especial” para ser objeto de discriminación. Ciudadanos pertenecientes a minorías y poseedores de nacionalidad japonesa como los hafu —hijos de un solo progenitor japonés y otro extranjero— o los conocidos como burakumin también son discriminados. El de los burakumin (del japonés ‘aldeano’) es un caso muy peculiar. Esta minoría es fruto del sistema de castas vigente durante el shogunato Tokugawa (1603-1868), época en la cual Japón estuvo gobernado por los generales, o shogun, del clan Tokugawa y que se caracterizó por su autoritarismo feudal y por aislar a Japón del resto del mundo. El sistema de castas fue abolido durante la restauración Meiji, cuando Estados Unidos, deseoso de firmar un tratado comercial con Japón, obligó a sus gobernantes a modernizar el país y dejar atrás más de dos siglos de política aislacionista. 

Para ampliar: “La restauración Meiji y la creación del Japón moderno”, Sandra Ramos en El Orden Mundial, 2017

Los burakumin constituían la capa más baja de ese sistema hasta el punto de no formar parte de él, quedando excluidos como los dalits, o intocables, del sistema de castas en India. Sus miembros estaban subdivididos entre los eta (del japonés ‘cubierto de suciedad’), personas con trabajos de poca categoría como curtidores y jornaleros, y los hinin (del japonés ‘no humano’), mendigos y verdugos. Pese a que son ciudadanos japoneses de la etnia mayoritaria yamato y que el sistema de castas ya no está vigente, ser descendientes de los excluidos todavía afecta a la vida de los burakumin, pues sigue bastante extendida la creencia que pertenecen a una clase social inferior. Aunque no hay cifras exactas, se cree que actualmente hay entre uno y tres millones de burakumin en Japón. 

Generalmente, esta minoría suele disponer de pocos recursos, sus tasas de éxito escolar son inferiores a la media nacional y entre ellos todavía está presente el analfabetismo, sobre todo entre los burakumin de la tercera edad. También son discriminados a nivel laboral, con empleos de bajo rango salarial, y a nivel social: está mal visto que japoneses no pertenecientes a esta minoría se casen con burakumin, que continúan viviendo tradicionalmente en comunidades recluidas o incluso guetos. 

Bandera de la Liga de Liberación de los Burakumin. Fuente: Wikipedia

Por si fuera poco, la ubicación de estos guetos solía ser de conocimiento popular, pues aparecían en los registros oficiales y eran de dominio público. Unido al koseki, el libro de familia japonés, que contiene información sobre dónde has nacido y de donde proviene tu familia, este sistema permitía a cualquier persona o empresa saber si alguien formaba parte de la minoría burakumin, abriendo la puerta a la discriminación. Para combatir el estigma, el Gobierno japonés aprobó una ley antidiscriminatoria en 1969. Además, asociaciones como la Liga de Liberación de los Burakumin consiguieron que los registros oficiales fuesen de acceso privado a partir de 1976. Hoy, la estigmatización no llega a los niveles de antaño, pero a la legislación japonesa parece que aún le queda un largo camino por recorrer

Para ampliar: “Clases, castas y tribus en la India. La discriminación como costumbre”, Álvaro Fernández en El Orden Mundial, 2016

Los ainu, los primeros habitantes de Japón

Hablar sobre minorías en Japón requiere mencionar a los ainu, los indígenas del norte de Japón. De origen discutido, los ainu han habitado durante siglos un territorio que hoy abarca dos países: el norte de la isla de Honshu y la isla de Hokkaido en Japón, y Sajalín y las islas Kuriles en Rusia. A lo largo de la historia, los distintos clanes de japoneses yamato que controlaban la mayoría de Honshu intentaron apropiarse su territorio, aunque el norte de Honshu todavía se pueden encontrar varios topónimos de origen ainu. Sin embargo, durante la restauración Meiji, entre 1871 y 1876, el Gobierno japonés prohibió el idioma y cultura de los ainu y requisó sus tierras para convertirlas en propiedad pública. Con estas políticas nacionalistas, el Gobierno japonés buscaba asimilar a esta minoría al creciente Imperio japonés.

Según un sondeo del Gobierno prefectural de Hokkaido de 2017, todavía viven en la isla alrededor de 13.000 personas de ascendencia ainu, aunque se tiene constancia que muchos más viven en otras partes de Japón, especialmente en Tokio. Tras más de un siglo de discriminación y opresión, muchos ainu dejaron atrás sus raíces para llevar una vida nueva con mejores oportunidades, a veces fuera de Hokkaido. Tanto es así que se han dado casos de gente que creció ignorando que uno de sus progenitores era ainu y solo lo ha descubierto una vez de mayor, o incluso gente que reniega de esas raíces

El idioma ainu, que no está relacionado lingüísticamente con el japonés, es considerado por la UNESCO como idioma en riesgo de desaparecer. De hecho, según el mismo sondeo, solo 325 personas saben hablar este idioma, que no tiene forma escrita. Estas cifras alarmantes son producto de políticas agresivas de asimilación como la Ley para la Protección de los Antiguos Indígenas Salvajes de 1899, que no fue abolida hasta 1997. Organizaciones como la Asociación Utari de Hokkaido promueven su aprendizaje y la preservación de la cultura ainu, que está arraigada en la naturaleza, la pesca, los ritos animistas, el folklore y la tradición oral. 

Gracias al trabajo de asociaciones como la Utari, la minoría ainu ha ganado representación en Tokio y se han aprobado leyes para reconocer y promover su cultura. Aunque criticadas por ser tardías y superficiales, no ofrecer disculpas y no comprometerse íntegramente a ciertos tratados internacionales de protección de minorías, estas leyes son un gran logro con respecto a los últimos cien años. También en el terreno de la representación política se han hecho avances: el primer político de origen ainu, Shigeru Kayano, llegó al parlamento japonés en 1994, y se ha impulsado un Grupo Parlamentario para la Promoción de Políticas Ainu, que abarca a políticos de partidos distintos. El trabajo de estos pioneros permitió derogar la primitiva ley de 1899. 

El último gran avance ha llegado con la Nueva Ley de los Ainu de 2019, que los reconoce por primera vez como pueblo indígena, después que la ONU adoptase la Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas en 2007. Sin embargo, esta ley ha sido criticada por hacer más por promocionar el turismo —con la apertura de un museo nacional ainu en Shiraoi en mayo de 2020— que por combatir la discriminación hacia los ainu.

Para ampliar: “Clases, castas y tribus en la India. La discriminación como costumbre”, Álvaro Fernández en El Orden Mundial, 2016

Ryukyuenses, habitantes del antiguo reino del Pacífico

La capital del archipiélago Ryukyu, Naha, en la isla de Okinawa, está a más de 1.500 kilómetros de Tokio. Este archipiélago, el más meridional de Japón, acerca al país a Taiwán y a la República Popular China. No en vano, antes de ser anexionado por Japón, el reino de Ryukyu, que gobernaba el archipiélago, mantuvo estrechas relaciones comerciales y culturales con los sucesivos imperios chinos, así como con otras naciones del sudeste asiático. Incluso durante el período aislacionista del shogunato Tokugawa, las islas Ryukyu estableció una simbiosis única y comercialmente muy rentable con Japón y China que les permitió a la vez adoptar costumbres extranjeras y desarrollar una cultura propia. 

Uno de los aspectos más relevantes de la cultura ryukyu o uchinanchu es su diversidad de lenguas indígenas. Además del okinawense, existen, esparcidas por el archipiélago, las lenguas amami, miyako, yaeyama y yonaguni. Desgraciadamente, todas ellas están en riesgo de desaparecer según la UNESCO. Al igual que la lengua ainu, el Gobierno japonés las considera meros dialectos del japonés para sustentar su postura de que Japón es un país étnicamente homogéneo, aunque su relación lingüística sea escasa. Al contrario que los ainu, la minoría ryukyuense no ha sido considerada como pueblo indígena por Tokio, pese a los esfuerzos de asociaciones como el All Okinawa Council para promover la causa uchinanchu por todo el mundo.

Para ampliar: “Japón, entre el crisantemo y la katana”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2018

El archipiélago Ryukyu disfrutó de libertad cultural por parte de Japón, primero como Estado vasallo a partir de 1609 y luego como territorio anexionado en 1879. Sin embargo, bajo la restauración Meiji, los ryukyuenses sufrieron la misma represión que los ainu: la cultura y lenguas ryukyuenses fueron prohibidas y sus tierras requisadas y nacionalizadas. Después de la Segunda Guerra Mundial, el archipiélago pasó a estar gobernado por Estados Unidos hasta 1972, hasta que fue devuelto a Japón en virtud del Acuerdo de Reversión de Okinawa. No obstante, el acuerdo incluía la instalación en el archipiélago de bases militares estadounidenses, y 32 de ellas siguen funcionando actualmente.

Según el Gobierno prefectural de Okinawa, el archipiélago está habitado por un total de 1,4 millones de personas. Sin embargo esta cifra no especifica cuántos de ellos pertenecen a la minoría ryukyu, puesto que las islas también son el hogar de japoneses yamato y de aproximadamente unos 50.000 ciudadanos estadounidenses. La gran presencia militar estadounidense es uno de los puntos de tensión actuales entre Okinawa y Tokio, puesto que los nativos creen que Okinawa fue usada como moneda de cambio entre el Gobierno japonés y EE. UU. debido a su localización estratégica. De hecho, la isla ha cambiado de manos estadounidenses a niponas hasta dos veces sin tener en cuenta la opinión de la población autóctona ni los reclamos de la minoría uchinanchu.

Ryukyuenses en un dibujo del estadounidense William Heine, 1856. Fuente: Wikipedia

Las 32 bases estadounidenses ocupan un 20% del territorio de Okinawa, la isla principal, y han generado conflictos con la población local. Varios soldados estadounidenses han sido denunciados por acoso a menores de edad japonesas e incluso homicidios. Asimismo, existe una gran oposición al traslado de la base estadounidense de Futenma a Henoko, ambas en Okinawa. Después de dos décadas luchando para que trasladaran la base de Futenma a otra prefectura, en febrero de 2019 los okinawenses celebraron un referéndum no vinculante en el que un 72% se mostró en contra del traslado dentro de la misma prefectura. Pese a los resultados, el Gobierno va a seguir adelante con el traslado a Henoko para satisfacer un acuerdo con Estados Unidos.

Para ampliar: “La apuesta de Estados Unidos por Asia-Pacífico”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2019

Japón, un país heterogéneo

Varios aspectos de la mentalidad japonesa la hacen reticente a considerarse heterogénea y a aceptar la presencia de las minorías autóctonas. Quizá sea por tener una familia imperial cuyo reinado se remonta a hace más de dos milenios o por haber pasado más de doscientos años aislados del resto del mundo en una sociedad feudal bajo el shogunato Tokugawa. O puede que sea porque su sociedad da más importancia al colectivo que a las individualidades, como ilustra el refrán japonés “las estacas que sobresalgan serán amartilladas”. En cualquier caso, las minorías japonesas han tenido y siguen teniendo dificultades para hacerse oír. Es por esta misma razón por la que las diásporas china, filipina o brasileña que viven en Japón también son susceptibles de enfrentarse al acoso y a barreras en su vida cotidiana.  

El ministro Taro Aso, como muchas otras figuras políticas antes que él, hace hincapié en la supuesta homogeneidad étnica y cultural de Japón, y durante el último siglo el Gobierno japonés ha permitido que las minorías autóctonas sufran discriminación. Sin embargo, con el paso del tiempo y gracias al trabajo de las asociaciones de promoción de las minorías, se han visto mejoras en los derechos y en la calidad de vida de sus miembros que eran impensables hace pocas décadas. Con la sociedad internacional haciéndose eco de estas minorías y empujando a Japón a aceptar que algunas de ellas son indígenas en Japón, está por verse si la cultura nipona dará más pasos para aceptar un poco más de diversidad entre sus filas.

Para ampliar: “El culto a lo kawaii en Japón”, Esther Miranda en El Orden Mundial, 2017

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