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“Con este conjunto de reformas, Argentina en quince años podría estar alcanzando niveles de vida similares a los que tiene Italia o Francia. Si me dan veinte, Alemania, y si me dan 35, Estados Unidos”. Lejos de sus gritos habituales, el candidato Javier Milei abrió tranquilo el primer debate presidencial en Argentina el pasado 1 de octubre. Confiaba en esa primera intervención porque era su fuerte, la economía, pero también porque había recurrido por enésima vez a su arma más potente: la provocación estratégica.
El mensaje de quedarse más de tres décadas en pleno periodo electoral llamó la atención. Reflejó el objetivo central de potenciar la economía de un país en crisis, pero también insinuaba ideas autoritarias. Milei, un asesor económico, conferenciante y profesor universitario reconvertido a tertuliano y político, venía de liderar las elecciones primarias de agosto con el 30% de los votos. Su elección el próximo 22 de octubre o en la segunda vuelta el 19 de noviembre puede volver a erosionar la democracia en Argentina.
La triple crisis argentina
Los partidos ultraderechistas han surgido por distintas causas. El politólogo Cas Mudde las reduce a tres grandes crisis: económica, política y cultural o de identidad. Por un lado, una crisis económica disminuye el poder adquisitivo de la mayoría de los sectores, aumenta la desigualdad y provoca descontento. Por otro, la apatía y decepción con los partidos políticos siembra el terreno para la ultraderecha. Estos discursos también surgen percibiendo la amenaza de cambios culturales y sociales por la búsqueda de la igualdad entre mujeres y hombres, movimientos como el feminismo o incluso la mención de la crisis climática.
Argentina vive las tres crisis. La económica la marcan desde hace años la inflación descontrolada y la devaluación continua del peso, que empobrecen a la mayoría de la población. En esa línea, cada vez más ciudadanos se alejan o hartan de la política. Las candidaturas tradicionales representan proyectos que han fracasado: Sergio Massa, peronista, es el actual ministro de Economía, y Patricia Bullrich, de la coalición de derecha Juntos por el Cambio, fue ministra de Seguridad entre 2015 y 2019 en un país cada vez más inseguro. La crisis cultural se refleja en las narrativas contra la igualdad de género, la salud reproductiva o el miedo a la “cancelación”. Esas narrativas atizan discursos de odio cada vez más frecuentes.
Javier Milei, economista libertario, supo responder a las tres crisis. Según él, la economía argentina se arregla con el fin del intervencionismo del Estado, la política acabando con la “casta” y la cultural negando la desigualdad de género o la crisis climática. Milei no habla a medias. Su oferta es abierta y provocadora. Allí está la clave que ya le llevó a ser diputado en 2021: leer y exacerbar el clima social del país.
Provocar como estrategia
El programa electoral de La Libertad Avanza, el partido que lidera Javier Milei, se enfoca en reformar el Estado. En campaña, el candidato ha repetido la metáfora de la motosierra como síntesis de su oferta: cortar todo lo posible. Pretende privatizar las empresas estatales, la educación, la salud y la obra pública, eliminar el banco central, reducir el Gobierno a ocho ministerios y recortar los funcionarios a la mitad. Su otra gran propuesta es dolarizar la economía.
Milei ha aprovechado el contexto argentino para hacer llegar sus propuestas con provocación. Consiste en expresar una idea que indigne para ganar visibilidad. Las consignas pueden salir un poco de lo “políticamente correcto” o atacar consensos sociales. Milei lo hacía desde antes de entrar en política: llevaba años en programas de televisión. Ahora, con miles de horas en platós y redes sociales, lo ha llevado al extremo. Ha expresado no tener inconvenientes con la compraventa de órganos humanos o de bebés.
Esta provocación estratégica tiene un doble objetivo. Primero, controlar la agenda. Una declaración provocadora se viraliza y lleva a que rivales políticos y otros actores públicos se posicionen. Su reproducción y las respuestas de repudio potencian esas palabras, y el tema gana mucha atención. Segundo, normalizar el tema. Lanzarlo abre el debate sobre la legitimidad de las posiciones al respecto. Esto pone en duda consensos que se creían indiscutibles y empieza a normalizar lo que parecía impensable.
Milei lo ha hecho, por ejemplo, con su propuesta de privatizar la educación. Pretende reemplazar la educación pública y dirigir ese presupuesto hacia vouchers que se entreguen a las familias. Esto implicaría crear colegios y universidades privadas que los cobrarían en lugar de recibir dinero de los ministerios. Sin embargo, Milei necesitaría reformar la Constitución ya que en Argentina las competencias sobre educación las poseen las provincias. Y para ello le hará falta una amplia mayoría social y legislativa.
Una derecha radical, pero no nacionalista
El discurso antiestatal de Javier Milei revela sus raíces ideológicas. Una son paleolibertarios como Murray Rothbard, frecuente en sus declaraciones. El objetivo es liberalizar la economía y eliminar el banco central para evitar el control estatal sobre la circulación de dinero. A ello se suma su oposición al aborto, la igualdad de género o la educación sexual, entre otros puntos, que lo enmarca en las derechas radicales actuales. El discurso de Milei también se asemeja al populismo de Donald Trump. La “élite corrupta” para Trump, que Milei llama “casta”, se presenta como la causa de todos los males del país. El candidato argentino la antagoniza con “la gente que trabaja”, en lugar de hablar del “pueblo”.
Otro recurso de Milei y del discurso ultraderechista es el revisionismo histórico. En Brasil, el expresidente Jair Bolsonaro no escondía sus elogios a la dictadura. El candidato argentino ha seguido la línea de su compañera de fórmula, Victoria Villarruel, una abogada vinculada al Ejército, al hablar de la dictadura militar que vivió el país de 1976 a 1983. En el primer debate, repitió las palabras del fallecido dictador Emilio Massera en los juicios posteriores por crímenes de lesa humanidad: habló del periodo como una “guerra” del Estado contra la insurgencia y calificó de “excesos” las torturas y desapariciones.
Pero a diferencia de otros líderes de ultraderecha, el discurso de Milei no es nacionalista. No habla de la patria, del orgullo nacional o de los símbolos del nacionalismo argentino. De hecho, el candidato libertario ha cuestionado uno de los más preciados: las islas Malvinas. Declaró que tendría en cuenta la opinión de sus habitantes para reclamar la soberanía que el país le disputó en la guerra de 1982 al Reino Unido.
Milei, un autoritario en potencia
Con todo, la derecha radical tiende al autoritarismo. Sus principales líderes han erosionado la democracia desde la oposición o el Gobierno, o en sus intentos por permanecer en el poder. El primer ministro Viktor Orbán ha acorralado en Hungría a los medios o a la población LGBT, mientras que el Gobierno del PiS en Polonia ha vulnerado la independencia judicial. En Estados Unidos, defensores de Trump asaltaron el Capitolio en 2021, y una masa de bolsonaristas hizo lo propio con las instituciones en Brasil en 2023.
Milei camina en ese sentido. Cuando era candidato a diputado en 2021, le preguntaron en televisión si creía en la democracia. “Yo creo que la democracia tiene muchísimos errores”, respondió. La periodista le repreguntó: “Puede tener errores, pero ¿usted cree en el sistema democrático?”. “Yo te hago al revés la pregunta: ¿conocés el teorema de la imposibilidad de Arrow?”, fue la evasiva de Milei. Una evasiva, sin embargo, ligada a las ideas del economista libertario y anarcocapitalista alemán Hans-Herrmann Hoppe.
Hoppe, discípulo de Rothbard, publicó en 2016 el libro Democracia. El dios que fracasó, un referente del pensamiento neorreaccionario. Allí argumenta que una monarquía es económica y éticamente mejor que una democracia. Habla de un orden natural donde los mejores guían al resto y explica que un monarca dueño del Estado lo manejaría mejor que un demócrata pasajero. No muy distinto a una dictadura. Tal vez en ese razonamiento está la idea que Milei lanzó en el primer debate: gobernar Argentina durante 35 años.