Aunque solo se ha hecho uso de ellas en dos ocasiones —en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945—, las miles de armas nucleares que hoy en día existen repartidas por el mapa del mundo se han convertido en un elemento fundamental para la geopolítica actual, y sin ellas no se entenderían muchos de los sucesos y tensiones que podemos observar en nuestro planeta.
Legalmente, solo existen cinco países que pueden tener armas nucleares: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido. Son los países que tienen un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aunque no es esta la razón de tal prebenda, sino que eran los únicos países que habían llegado a hacer ensayos nucleares cuando se decidió que el resto de países tendrían prohibido desarrollarlas para no vivir una nueva carrera nuclear a escala mundial. Así es como nació el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP).
Sin embargo, varios países se han saltado este acuerdo —o no lo han firmado para no tener que saltárselo—, como India, Pakistán, Israel o Corea del Norte. En el caso de India y Pakistán, que tienen 156 y 165 cabezas nucleares respectivamente, desarrollaron su armamento atómico en el marco de su enconada enemistad y como una forma de disuadir al vecino de una agresión armada.
Aunque Israel niega tener armas nucleares, es ampliamente conocido que posee armamento atómico para defenderse de sus belicosos vecinos de región, con los que ha tenido varios conflictos armados durante las últimas décadas. Corea del Norte, el último en desarrollar armas nucleares, se ha hecho con ellas argumentando una hipotética intervención estadounidense o surcoreana en su territorio.
Pese a esto, tanto Estados Unidos como Rusia –que desarrollaron gran parte de su arsenal durante los momentos más tensos de la Guerra Fría– siguen acaparando cerca del 90% de las reservas nucleares que hay en el mundo.
Además, también existe una cuestión balística que diferencia a las cinco grandes potencias del resto: tanto Estados Unidos como Rusia, China, Francia y Reino Unido han desarrollado submarinos nucleares, por lo que en la práctica tienen la capacidad de hacer llegar una bomba nuclear a cualquier rincón del planeta —siempre y cuando el submarino se sitúe a la distancia requerida—, mientras que el resto de países depende todavía de silos de misiles o asentamientos terrestres desde los que, con mayor o menor alcance, se puede realizar un ataque nuclear.
Pakistán es el que menor alcance tiene, “solo” 2.750 km, aunque es suficiente para cubrir Asia Central, la mayor parte de Oriente Próximo y, sobre todo, a su gran rival, India. Israel e India tienen una capacidad de alcance balístico similar, de 4.800 y 5.000 km respectivamente. Sin embargo, la inmensidad de India permite desplazar su armamento a un territorio mucho más extenso, a miles de kilómetros de sus silos nucleares en Pojaran, cerca de la frontera con Pakistán, lo que le da una cobertura mucho mayor sobre el mapa del mundo. Por su parte, Corea del Norte, el país con menor armamento nuclear, y el último en incluirse en la lista de potencias nucleares, tiene un alcance de 18.000 km, cubriendo casi todo el mundo menos Sudamérica.
A lo largo de las últimas décadas se han producido centenares de detonaciones nucleares a lo largo del mundo, donde únicamente Sudamérica y el continente antártico se han librado de la radiación. Pese a esto, solo las bombas de Hiroshima y Nagasaki, detonadas en 1945, se emplearon con un contexto de guerra, mientras que el resto fueron pruebas y demostraciones de poder.
Entre los lugares donde más bombas se probaron destacan los atolones de Bikini, Johnson, Kiritimati y Fangataufa y las zonas australianas de Maralinga y las islas Montebello en Oceanía; el desierto de Nevada, Nuevo México y Hattiesburg en Estados Unidos; Reggane e In Ekker en Argelia; el archipiélago de Nueva Zembla, los montes Urales y el Polígono de Semipalátinsk en la antigua URSS; y más recientemente Punggye-ri en Corea del Norte.
Más allá de la nueva escalada de tensión que se vive tras la invasión de Ucrania, los distintos pactos y acuerdos para frenar la aparición de nuevo armamento atómico ya habían vivido algunos retrocesos destacables en los últimos años. Desde la negociación en 2010 del Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (New START), por ejemplo, las relaciones entre Estados Unidos y Rusia en este ámbito se han estancado a nivel diplomático.
En 2019, por su parte, el tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF) –firmado por Rusia y EE.UU. – colapsó tras 32 años en activo, mientras que un año antes Donald Trump rompió el pacto nuclear con Irán, firmado en 2015 en Viena tras dos años de negociaciones y por el que el país asiático se comprometía a no construir armas nucleares.



