Tras cuatro meses sin apenas lluvias, Cataluña se enfrenta a la peor sequía jamás registrada en la región desde hace por lo menos un siglo. La alarmante escasez de agua ha llevado a una limitación del consumo que afectará a cerca de seis millones de personas, el 80% de la población, sometidas durante los últimos días a la incertidumbre y a soluciones cada vez más desesperadas. Entre ellas, la de los barcos cargados de agua. Y no es la primera vez que se hace.
La situación en Cataluña y otras regiones —Andalucía también ha impuesto restricciones— no excepcional, sino que se está convirtiendo en la tónica habitual de un país que hace tiempo que ve cómo se van cumpliendo con cuentagotas los peores presagios de la crisis climática: en el último medio siglo, las precipitaciones se han reducido un 25% en el conjunto del territorio. Mientras tanto, las temperaturas medias han aumentado cerca de 1,3 grados.
La sobreexplotación de los acuíferos, el crecimiento intensivo de los regadíos, el abandono de la tierra, la degradación del suelo y el propio cambio climático son solo algunos de los problemas hídricos que enfrenta desde hace tiempo España, donde las cuentas se están volviendo muy difíciles de cuadrar: cada vez hay menos agua para satisfacer una demanda que no para de aumentar.
Una potencia agrícola en riesgo de desertificación
España es el segundo gran productor agrícola de Europa, pero también uno de los Estados de la región con mayor riesgo de sufrir estrés hídrico en los próximos treinta años. Todas las proyecciones apuntan en el mismo sentido: si no se consiguen reducir las emisiones, seremos el país europeo que más experimentará las sequías extremas. Las razones climáticas también están detrás de que tres cuartas partes del territorio ya sean susceptibles de sufrir desertificación.
La política hídrica del país se ha basado históricamente en la acumulación y la redirección de los recursos, pero las reglas del juego están cambiando e inutilizando esa estrategia, obligando a las distintas Administraciones a adoptar medidas cada vez más drásticas. El suministro de agua dulce ha menguado un 20% en las dos últimas décadas, lo que ha provocado que España esté pivotando desde una política basada en los embalses y los trasvases a otra que prioriza la construcción de desalinizadoras —ya es el quinto país del mundo con más instalaciones de este tipo—.
La gestión del agua
Hace casi un siglo, España puso en marcha la Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro, el primer organismo de cuenca de todo el mundo.
En la actualidad, existen catorce cuencas o demarcaciones hidrográficas en el país, organizadas en confederaciones responsables de proteger y vigilar la evolución de los ríos e impulsar obras hidráulicas en sus caudales. La escasez de lluvias es propia del clima español y la irregularidad de los recursos hídricos impuso la necesidad de gestionarlos de manera coordinada.
Frente a la enorme variabilidad del régimen hidrológico español, la construcción de infraestructuras hidráulicas ha sido la solución histórica para gestionar tanto sequías como inundaciones y suplir la falta puntual de lluvias.
En total, España cuenta con 1.300 embalses indispensables para la población, la agricultura, la industria y la generación de energía.
Los regadíos, el elefante en la habitación
Gran parte del aumento de la demanda de agua de las últimas décadas ha llegado de la mano del sector agrícola, uno de los motores económicos del país. España es el octavo mayor exportador de alimentos del mundo, pero la realidad climática que afronta el país choca frontalmente con un modelo voraz que acapara el 80% de la cada vez más escasa agua de la que se dispone.
El campo español cuenta con hasta 3,9 millones de hectáreas de regadíos, el equivalente al 23% de su superficie cultivada y más que cualquier otro país de la UE.
Un problema mundial
Fuera de Europa, la escasez de agua es un problema igual o más importante que en el sur del Viejo Continente. En un contexto de crisis climática acuciante, en la que por cada grado de aumento de las temperaturas decaen un 20% las fuentes renovables, el agua es un bien cada vez más escaso.
Como consecuencia, y de la misma forma que sucede en España, el riesgo de estrés hídrico —la extracción de agua dulce como porcentaje de los recursos renovables— ya es una realidad en muchos países, especialmente los del norte de África y Oriente Próximo.









