España combina un clima mediterráneo de lluvias escasas y veranos secos con una intensa actividad agrícola que convierte al país en el octavo mayor exportador de alimentos del mundo. ¿Cómo lo hace? La respuesta está, lógicamente, en la gestión y aprovechamiento del agua. El regadío es responsable de hasta el 65% de la producción agrícola y para alimentar esa infraestructura la España peninsular cuenta con alrededor de 1.300 embalses que le permiten gestionar la disponibilidad de agua y suplir la falta puntual de lluvias con el excedente de otras temporadas.
La extraordinaria irregularidad del régimen hidrológico español, con saltos continuos de la sequía a la inundación, ha sido un detonante histórico para la construcción de instalaciones hidráulicas que ayudaran a controlar estos fenómenos y garantizar la disponibilidad de agua. De hecho, la tradición de construcción de embalses en España tiene tanto recorrido que el inventario de grandes presas del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico se inicia con las infraestructuras romanas de Cornalvo y Proserpina —ambas en los alrededores de Mérida— del siglo I.
Por su parte, la presa de Almansa, construida ya en el 1584, es probablemente la primera construcción moderna de este tipo en Europa. Con una altura de 21 metros, en forma de arco y con salidas para el lodo que acostumbraba a taponar este tipo de obras, esta intervención fue un paso más allá de los azudes que se utilizaban para el riego o las pequeñas presas romanas. La época de mayor intensidad en la construcción de embalses, sin embargo, coincidió con la dictadura franquista. Según datos del Ministerio, entre 1940 y 1979 se levantaron al menos 657 presas, cuando en las décadas anteriores el total apenas superaba las 200.
Sin embargo, que la dictadura fuera el ejecutor de gran parte de las obras hidráulicas de España no quiere decir que también fuera el ideólogo. Fue en 1933, durante la II República, cuando se aprobó el Plan Nacional de Obras Hidráulicas que ya recogía la construcción de esos pantanos, pero la Guerra Civil paralizó todos los planes y fue el franquismo el que se arrogó tal mérito.
En la actualidad, España cuenta con una capacidad de agua embalsada de 56.000 hectómetros cúbicos, indispensables para abastecer a los regadíos, la población y la industria y generar energía —la contribución de la potencia hidráulica en el mix eléctrico anual suele superar el 10%—. Las cuencas hidrográficas del Tajo y el Guadiana son las que cuentan con mayor capacidad de retención de agua, gracias sobre todo a los embalses extremeños de La Serena (Badajoz) y Alcántara (Cáceres).
Además de por su infraestructura hidráulica, España también destaca por su red de desalinizadoras, hasta el punto de que sus cerca de 900 plantas lo convierten en el quinto país con mayor número de instalaciones de este tipo —entre ellas la de Torrevieja, la más grande de Europa—. El cambio climático, la sobreexplotación de los acuíferos y el crecimiento insostenible de los regadíos está obligando a España a cambiar de estrategia en este ámbito, lo que en la práctica implica dejar de fiar la política hídrica a la acumulación de recursos y comenzar a generar nuevas fuentes de abastecimiento a la par que se incide en la optimización del consumo. El riego por goteo y la desalinización de agua son dos ejemplos de ello.







