La Unión Europea es un mosaico de regiones laborales muy distintas entre sí, aunque el talento y la innovación se concentran en un puñado de grandes urbes. Y es que apenas 48 ciudades que juntas aglutinan al 20% de la población europea, entre las que se encuentran Ámsterdam, Copenhague, Londres, Madrid, Múnich o París, han experimentado el 43% del crecimiento del PIB comunitario, el 35% del aumento neto del empleo y el 40% del desarrollo demográfico entre 2007 y 2018.
Por el contrario, existen otras 438 regiones en decadencia ―muchas situadas en el sur y el este de la región― que aglutinan al 30% de la población de la Unión Europea, Suiza y Reino Unido. Zonas con manos de obra menguantes, sociedades envejecidas y menor nivel educativo. Entre ambas realidades se encuentra la mitad de la población que vive en economías estables con un crecimiento laboral modesto hasta antes de la pandemia, según un análisis de las tasas de creación de empleo y las actividades principales de 1.095 mercados laborales realizado por el McKinsey Global Institute.
Reducir los desequilibrios regionales es uno de los principales objetivos de la Unión Europea ―fondos de cohesión mediante― y lo cierto es que al menos en lo que respecta al PIB per cápita y el número de empleados Europa está convergiendo. Europa del Este, por ejemplo, ha reducido notablemente la brecha económica que le separaba de Europa occidental, mientras que entre 2003 y 2018 la cantidad de trabajadores ha aumentado un 10% en todo el continente a pesar del envejecimiento de la población y la crisis de 2008―gracias, principalmente, a la incorporación de la mujer al mercado laboral y el aumento de la empleabilidad entre los mayores de 55 años―.
Pero no todas son buenas noticias. De acuerdo con el McKinsey Global Institute, el envejecimiento y la emigración han cambiado la tendencia y han provocado que Europa haya perdido un 1,4% de su fuerza de trabajo entre 2011 y 2018, aumentando el riesgo de que la región sufra una escasez de trabajadores ―sobre todo de los altamente cualificados― en los próximos años. Además, también están creciendo las diferencias entre los tipos de empleos y las actividades profesionales presentes en cada zona, dando lugar a un mosaico laboral con tendencias distintas y transvases de trabajadores entre sí.
En la parte superior de esta jerarquía se encuentran los hubs en crecimiento, los cuales se dividen en megaciudades, concretamente Londres y París, urbes con una mano de trabajo joven y con un nivel educativo alto concentrada en sectores en expansión ―como el tecnológico, las telecomunicaciones o los servicios financieros―; y superhubs, ciudades con un saldo migratorio positivo y un crecimiento del PIB estable, como Madrid o Ámsterdam.
En el medio se sitúan las economías estables, regiones laborales y económicas con un PIB per cápita superior a la media de la Unión Europea y que siguen atrayendo nuevos residentes. Estas comprenden a su vez las economías basadas en el sector servicios, como Budapest o Mánchester; los centros industriales de alta tecnología, presentes principalmente en Alemania; las áreas diversificadas con un mezcla de empleo en la industria y en el sector servicios, como Bolonia o Corintia; y los paraísos turísticos entorno al Mediterráneo y los Alpes como el Algarve, Mallorca o Barcelona, aunque esta última presenta características particulares por las capacidades de sus trabajadores y sus posibilidades de innovación.
¿Cómo se han repartido los fondos regionales de la Unión Europea?
Por último, al final de la cadena están las regiones en decadencia, las cuales pierden habitantes y se encuentran principalmente en Europa del Este ―economías en proceso de descentralización con una mezcla entre industria y agricultura― y el sur ―aún recuperándose de la crisis financiera y con poco dinamismo laboral―. Según su actividad principal, las regiones en decadencia se dividen en centros industriales, que apenas generan solicitudes de patentes y sus trabajadores tienen un nivel educativo limitado, concentradas en Europa del Este; las regiones envejecidas, como Dordogne en Francia o Zwickau en Alemania; las áreas de emigración y mano de obra altamente educada, como Máribor en Eslovenia u Opole en Polonia; las regiones agrícolas, presentes sobre todo también en el este; las regiones basadas en el sector público, como Albacete o Nimes; y las regiones rezagadas, con un fuerte desempleo, saldo migratorio negativo y poco dinamismo laboral, como Andalucía o Nápoles.








Algún experto que revise estos datos y su rigor metodológico, por favor. Porque lo que se ve tiene muy poco sentido.
Me sorprende como se ha calificado a la provincia de Huesca. Es cierto que sufre de despoblación pero toda el área comprendida entre Huesca y Lérida con localidades como Monzón, Fraga o Binéfar cuenta con una potente industria agroalimentaria.