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“El centro de gravedad europeo se está desplazando hacia el este”. En 2003, las palabras del secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, indignaron a Francia y Alemania. Se interpretaron como un ataque a los dos países por oponerse a la invasión de Irak. Sin embargo, la declaración también desprendía un aroma a profecía: un año después, la Unión Europea vivió la mayor ampliación de su historia con la adhesión de ocho países de Europa Oriental. A todos les quedaba un largo camino por recorrer. La época comunista había dejado economías aisladas y obsoletas, y las rentas de sus habitantes estaban por debajo de la media europea.
Tras casi dos décadas, los presagios se han hecho realidad. Las economías del Este lideran el crecimiento europeo, con Estonia, Lituania o República Checa superando a España en PIB per cápita por paridad de poder adquisitivo. Este milagro económico ha convertido a Europa Oriental en la región emergente de la UE. Ahora, esa “nueva Europa” de la que hablaba Rumsfeld amenaza el dominio de la “vieja”, encarnada por el liderazgo del eje franco-alemán y los países del sur.
La receta del éxito: integración europea, transporte y desarrollo industrial
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