El principio del fin de la Segunda Guerra Mundial comenzó a escribirse mucho antes de 1945. Antes incluso del ascenso al poder de los nazis o del Tratado de Versalles. Fue de hecho durante la otra gran guerra, la Primera Guerra Mundial, aunque lejos del campo de batalla, en el Congo Belga. Allí, un inglés llamado Robert Rich Sharp descubrió en 1915 la mina de uranio de Shinkolobwe, la más importante del mundo hasta varias décadas después y la que proveería la mayor parte del metal que se usó Proyecto Manhattan.
Sin el Congo, Hiroshima y Nagasaki hoy tendrían más posibilidades de ser solo dos ciudades japonesas más y la Segunda Guerra Mundial podría haber acabado de otra forma. Y eso que en sus inicios a nadie le interesó extraer el uranio de Shinkolobwe, sin ninguna utilidad aparente hasta que la fisión nuclear fue descubierta en 1938. Desde ese momento y hasta 1952, el Congo Belga fue el primer productor de uranio del mundo.
Pero tras el fin de la Segunda Guerra Mundial dos acontecimientos terminaron por cambiar el devenir de la industria: la Guerra Fría y el despegue de la carrera armamentística y energética nuclear. Entre 1960 y 1980, la producción global de uranio creció un 53% hasta alcanzar un récord histórico aún vigente hoy en día de casi 70.000 toneladas.
En toda su historia, eso sí, hay una máxima que ha marcado el funcionamiento del mercado internacional del combustible nuclear: la concentración de la producción, con un puñado de potencias que han monopolizado siempre su extracción y comercialización. En un primer momento se trató de Estados Unidos, Alemania del Este, Checoslovaquia y la Unión Soviética, posteriormente de Canadá y Australia y en la actualidad de Kazajistán, según datos históricos de la Agencia para la Energía Nuclear.
Junto al acopio de armas nucleares y la expansión de la energía atómica ―el número de reactores nucleares pasó de 15 en 1960 a 245 en 1980―, la crisis del petróleo de 1973 también contribuyó al aumento de la producción de uranio ante la excesiva dependencia de los combustibles fósiles que habían generado los países occidentales. Como consecuencia, el precio del uranio se triplicó entre 1973 y 1975.
La geopolítica del uranio, el combustible de la industria nuclear
A pesar de ello, los accidentes nucleares de Three Mile Island de 1979 en Estados Unidos, en el que se produjo una fusión parcial del núcleo del reactor, y sobre todo el de Chernóbil en 1986 en Ucrania alertaron al mundo y tumbaron la demanda de uranio ―la producción prácticamente se redujo a la mitad entre 1987 y 1999―. También contribuyó a ello el fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética, tras lo cual gran parte del arsenal nuclear se utilizó para generar electricidad.
La producción de uranio remontó terreno con el cambio de siglo, aunque desde 2016 ―a excepción de un ligero repunte en 2019― ha venido cayendo. Asimismo, en sus setenta años de historia, se han producido numerosos cambios en la hegemonía del uranio, dado que la viabilidad económica de los depósitos depende a menudo del precio de mercado del metal y de la pureza ―o mejor dicho, los costes de extracción― de las reservas.
Aun así, diez países seguían controlando en 2021 el 99% de la producción mundial, con Kazajistán liderando la industria: acaparó concretamente el 46% del minado de uranio, seguida de Namibia (12%), Canadá (10%), Australia (8%) y Uzbekistán (7%).







