Uno de los principales argumentos a favor de la energía nuclear, que vive una segunda juventud en todo el mundo, es la independencia que brinda a aquellos países que la han incorporado a su mix energético. «La nuclear nos hace autónomos», defiende una y otra vez Emmanuel Macron, que preside el país del mundo que más firmemente ha apostado por ella. De lo que no habla el dirigente francés, sin embargo, es de la complicada cadena de suministro del combustible nuclear, el uranio, que está cada vez más concentrada y controlada por Rusia.
Níger es el mejor ejemplo. La excolonia francesa destaca por ser el séptimo productor de uranio del mundo, según datos de 2022 de la Asociación Nuclear Mundial, pero su suministro —destinado en su mayoría a Europa— apenas sirve para saciar el 25% de la demanda de la Unión Europea y el 10% de Francia.
Tras el golpe de Estado de finales de julio, Occidente corre ahora el riesgo de que Níger caiga en la órbita del Kremlin y su producción contribuya a aumentar su dependencia de Rusia, origen de alrededor de una tercera parte del uranio que consumió Estados Unidos el año pasado y una quinta parte del de la UE. En este sentido, resulta revelador que los embargos occidentales a las materias primas rusas tras la invasión de Ucrania obviaron este elemento radioactivo.
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