Uno de los principales argumentos a favor de la energía nuclear, que vive una segunda juventud en todo el mundo, es la independencia que brinda a aquellos países que la han incorporado a su mix energético. «La nuclear nos hace autónomos», defiende una y otra vez Emmanuel Macron, que preside el país del mundo que más firmemente ha apostado por ella. De lo que no habla el dirigente francés, sin embargo, es de la complicada cadena de suministro del combustible nuclear, el uranio, que está cada vez más concentrada y controlada por Rusia.
Níger es el mejor ejemplo. La excolonia francesa destaca por ser el séptimo productor de uranio del mundo, según datos de 2022 de la Asociación Nuclear Mundial, pero su suministro —destinado en su mayoría a Europa— apenas sirve para saciar el 25% de la demanda de la Unión Europea y el 10% de Francia.
Tras el golpe de Estado de finales de julio, Occidente corre ahora el riesgo de que Níger caiga en la órbita del Kremlin y su producción contribuya a aumentar su dependencia de Rusia, origen de alrededor de una tercera parte del uranio que consumió Estados Unidos el año pasado y una quinta parte del de la UE. En este sentido, resulta revelador que los embargos occidentales a las materias primas rusas tras la invasión de Ucrania obviaron este elemento radioactivo.
Al fin y al cabo, Moscú enriquece el 46% del uranio en un mercado ya de por sí muy tensionado y que en 2022 solo fue capaz de cubrir el 75% de la demanda global. Ese dominio ruso obedece principalmente al enorme potencial de Kazajistán, antiguo Estado soviético que produce el 43% del uranio del mundo.
Aunque Astaná ha tratado de marcar distancias con su vecino, su industria sigue estando muy vinculada al entramado empresarial ruso, como demuestra el hecho de que en mayo de 2023 Rosatom —la corporación estatal rusa de energía nuclear— se hiciera con el 49% de la mina kazaja de Karatau, que va camino de convertirse en la más productiva del Planeta.
Al creciente control ruso hay que añadir además la entrada en escena de China: Pekín está tratando de descarbonizar su mix energético y para ello se ha lanzado a aumentar su capacidad de producción de energía nuclear. El gigante asiático ya es de hecho el tercer principal productor de energía atómica del mundo —por detrás de Estados Unidos y Francia— y no para de ampliar su infraestructura nuclear: planea triplicar su número de centrales en los próximos años.
Pero aunque tiene varios depósitos de uranio en su territorio y destaca como el octavo productor del mundo, China depende de las importaciones para alimentar su industria atómica. Su estrategia de abastecimiento se basa en la acumulación de recursos —tiene uranio suficiente para una década—; la inversión directa en minas extranjeras, como en Namibia; y acuerdos bilaterales a largo plazo, como el que le garantiza la mitad de la producción kazaja durante los próximos veinte años.
En realidad, el uranio es un recurso muy abundante en la naturaleza —2,8 partes por millón en la corteza terrestre, tanto casi como el estaño o el cobalto—. El problema es que su concentración acostumbra a ser muy baja y su extracción en extrañas ocasiones resulta rentable, a lo que hay que sumar las reticencias en torno a la gestión de los deshechos radiactivos y un ciclo de bajos precios que ha desincentivado la inversión en exploración y el desarrollo de nueva tecnología.
El renovado interés por la energía nuclear y la rivalidad geopolítica están llamadas sin embargo a dinamizar la industria del uranio, cuya cotización se ha duplicado en los últimos tres años. Arabia Saudí, por ejemplo, encontró recientemente «cantidades significantes» de este metal en su territorio. Potenciales clientes desde luego no le van a faltar.
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