Desde hace más de un siglo, la fiesta nacional de España, conocida como Día de la Hispanidad, se celebra el 12 de octubre. Se trata de una efeméride inequívoca: ese mismo día, pero de 1492, la expedición marítima encabeza por Cristóbal Colón llegó a las costas de América. Desde ese momento, y de ahí la nomenclatura, comenzó la colonización española del continente americano, que se extendió durante cerca de cuatro largos siglos de dominio político y cultural al otro lado del Atlántico.
Las implicaciones de la celebración, sin embargo, se han convertido en los últimos años en motivo de debate y han puesto sobre el foco el pasado colonial y esclavista del Imperio, el expolio al que se sometió a los territorios y pueblos conquistados y a la herencia que dejó la presencia española en el conjunto del continente americano, sometida a constante revisión y disputa.
Sí, había civilización antes de la llegada de los europeos
Antes de la llegada de los colonizadores españoles, en América había entre cuarenta y sesenta millones de habitantes y se hablaban en torno a 1.200 lenguas. De todos los pueblos y sociedades que existían en el continente, destacaban varias civilizaciones e imperios como el azteca, el maya o el inca, que lograron extenderse y asentarse durante varios siglos en amplias extensiones de terreno y establecieron sociedades complejas y heterogéneas.

El Imperio de los Habsburgo
Tras un siglo de colonización y conquista de los pueblos precolombinos, el Imperio español alcanzó su máxima expansión histórica en torno al año 1580, cuando la unión dinástica entre la Monarquía Hispánica y Portugal propició que Felipe II se convirtiera en soberano de un conglomerado territorial que incluía posesiones coloniales en todos los continentes. En América, estas se extendían desde California al Río de la Plata, además de una enorme franja costera a lo largo del actual Brasil.
En Europa, más allá de la Unión Ibérica, el imperio español tuvo bajo su dominio territorios como el Reino de Nápoles, el ducado de Milán o los Países Bajos Españoles, mientras que en Asia el centro neurálgico de las rutas coloniales que penetraban en el continente era Filipinas.
La expansión por Norteamérica antes del nacimiento de la gran potencia mundial
Hasta bien entrado el siglo XIX, el virreinato de la Nueva España, establecido en 1535 tras la caída y destrucción de México-Tenochtitlan, llegó a ocupar amplias zonas de lo que hoy son México y Estados Unidos: de Texas a Nuevo México, pasando por Oaxaca y Veracruz o la Alta California o Florida.
Con la independencia de ambos países, gran parte de esos dominios se perdieron en los propios procesos de emancipación, en conflictos, cesiones y compras de territorio.
La rutas coloniales y el triángulo comercial
Entre los siglos XVIII y XIX, la expansión colonial de España y el resto de potencias europeas alcanzó uno de sus mayores apogeos, llegando a prácticamente todos los rincones del planeta. Este dominio se fundamentó en un triángulo comercial asimétrico que conectó durante largo tiempo Europa con África y América.
Así, los bienes que se manufacturaban en el Viejo Continente partían hacia las costas africanas, donde eran intercambiados por esclavos capturados por las élites locales. Estos esclavos, y el resto de manufacturas, eran vendidos en América, donde se embarcaban numerosas materias primas —conseguidas a costa del trabajo forzoso— de vuelta a Europa.
Hispanoamérica, el concepto
España perdió sus últimos dominios en América hace 125 años, pero la herencia colonial y cultural del país en la región sigue muy vigente en la actualidad. Uno de los ejemplos más extendidos es el de los conceptos de Hispanoamérica e Iberoamérica, que tienen su origen en el dominio colonial de España y Portugal sobre América y que hoy hacen referencia a países que comparten lazos idiomáticos y culturales.
Los títulos del rey España, otro remanente colonial
España es una monarquía constitucional en la que el el rey sigue siendo el jefe del Estado, aunque su figura ha quedado reducida a una representación institucional más o menos simbólica y con poco margen de maniobra política.
Algo parecido se podría decir de los títulos dinásticos, sin valor alguno y de simple carácter genealógico, que mantiene la corona española repartidos por el mundo, y que son un remante del pasado colonial e imperial de la monarquía.




