El mapa de los volcanes del mundo está compuesto por más de 2.500 volcanes activos y durmientes. Es decir, por más de 2.500 volcanes que han entrado en erupción desde que acabó la última gran glaciación y se inició la era geológica del Holoceno, hace unos 10.000 años. Puede parecer mucho, pero en escala geológica supone un suspiro, y, aunque un volcán lleve cientos o miles de años sin entrar en erupción, esto no significa que no pueda reactivarse.
De hecho, es habitual que más de una decena de volcanes se encuentren en erupción a la vez. En el momento de publicar este mapa, hasta 16 volcanes que se encuentran en erupción a lo largo y ancho del mapa del mundo. Uno en Islandia, otro en las Islas Canarias, el Etna en Sicilia (que es el volcán más activo de Europa) y otro en las Antillas Menores; además de dos volcanes en Indonesia (uno en Java y otro en Bali), dos en Japón, cuatro en el oriente de Rusia (en la península de Kamchatka y en las vecinas islas Kuriles), cuatro en Alaska (en la cordillera y las islas Aleutianas) y el Popocatépetl en México.
Esta distribución no es casual, ya que alrededor de un 70% de los volcanes del mundo se encuentran en el denominado Cinturón de Fuego del Pacífico. Esta región, que une la mayoría de las regiones volcánicas y sísmicas más activas del mundo, forma un inmenso arco desde Nueva Zelanda hasta el sur de Chile, pasando por Indonesia, Filipinas, Japón, Kamchatka, Alaska, México, Centroamérica, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia o Argentina. El origen de los volcanes del Cinturón de Fuego del Pacífico está en la subducción de la corteza oceánica del Pacífico bajo Asia, América y Oceanía, como resultado de la tectónica de placas.
Así, la mayoría de volcanes están asociados a regiones del mundo, conocidas como áreas de subducción, donde una placa tectónica se hunde bajo otra, se funde en el manto terrestre, y cuyos materiales ligeros buscan volver a la superficie a través del vulcanismo. Este fenómeno forma parte del vital ciclo del carbono, que permite que la vida en la Tierra haya continuado hasta nuestros días.
Junto a esto, también existe una importante concentración de volcanes en numerosos puntos calientes. Estos puntos calientes pueden deberse a las corrientes internas del manto, que empujan la propia corteza que flotan sobre ellas; pero también a fracturas secundarias como consecuencia de la tectónica de placas. Los puntos calientes del primer tipo se caracterizan por formar cadenas de volcanes en línea a medida que la placa tectónica se desplaza, como en Hawái o Yellowstone, donde coinciden volcanes más viejos, extintos y erosionados con otros más jóvenes y activos. Los de segundo tipo forman conjuntos volcánicos más desorganizados, fisurales, como es el caso de Canarias y Madeira, donde los volcanes activos se mezclan y superponen con otros antiguos.
La mayoría de estos puntos calientes forman archipiélagos, ya que la corteza oceánica es mucho más fina que la continental, haciendo más fácil al magma llegar a la superficie y generar erupciones.



