Oriente Próximo es el ombligo petrolero del mundo. Con el 31% de la producción y cerca de la mitad de las reservas probadas, la región es el gran dominador del mercado global de crudo. Pero no solo la geología juega a su favor: además de sus ingentes yacimientos, Oriente Próximo se sitúa en un punto intermedio entre los mercados asiáticos y europeos. También acoge varios cuellos de botella claves para el comercio marítimo de petróleo, concretamente el estrecho de Ormuz, el de Bab al Mandeb y el Canal de Suez.
Esa bendición geográfica obliga a las grandes potencias del globo a entenderse y cuidar sus relaciones bilaterales con los países de la región, compañeros de baile ineludibles en la política internacional. A veces incluso a mirar para otro lado cuando violan de forma flagrante los derechos humanos: Bin Salmán, príncipe heredero y el líder de facto de Arabia Saudí, acaba de ser recibido con una alfombra roja en Bruselas seis años después del brutal asesinato del periodista Yamal Jashogyi en el consulado saudí de Estambul.
Su país es al fin y al cabo el tercer productor mundial de petróleo, solo por detrás de Estados Unidos y Rusia según datos de 2023 del Energy Institute, y sus exportaciones son indispensables para el funcionamiento de la economía global, junto con la de otros grandes productores de crudo de Oriente Próximo como Irak, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar y Omán, aunque a gran distancia de Arabia Saudí.
La región concentra su infraestructura petrolera en el golfo Pérsico, donde también se agolpan los yacimientos de hidrocarburos —Oriente Próximo es asimismo responsable del 18% de la producción global de gas natural— y donde el estrecho de Ormuz sirve de vía de salida hacia Asia, destino de hasta el 82% de las exportaciones de petróleo de la zona, y en menor medida Europa. La ruta es especialmente sensible para China: es el origen de casi la mitad de sus importaciones de crudo.
El poder del crudo: así funciona la industria mundial del petróleo
En este sentido, cabe destacar que la inmensa mayoría de las ventas de la región se gestionan vía marítima. La inestabilidad provocada por el conflicto árabe-israelí o la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán dificulta la construcción de oleoductos transnacionales, muy costosos y rentables solo a largo plazo.
Un ejemplo es el Oleoducto Iraquí en Arabia Saudí (IPSA, por sus siglas en inglés), una extensión de la tubería que cruza la península arábiga de este a oeste y que unía el puerto iraquí de Basora con el mar Rojo. Fue desplegado en los ochenta, pero en 1990 el flujo se detuvo tras la invasión de Kuwait por parte de Sadam Huseín y en 2001 Riad confiscó el oleoducto por las deudas acumuladas por Irak.
Lejos de ser una excepción, el petróleo ha jugado un papel central en los numerosos conflictos que ha vivido Oriente Próximo tras la Segunda Guerra Mundial y la creación del Estado de Israel en 1948. El punto más tenso tuvo lugar en 1973, durante la conocida como guerra del Yom Kipur, cuando la coalición árabe impuso un embargo petrolero a Estados Unidos por su apoyo a Tel Aviv y el precio del barril se cuadriplicó, asestando un duro golpe a las economías occidentales.
En la dinámica opuesta Oriente Próximo también ha sido objeto de intervenciones extranjeras, como la guerra del Golfo de 1990 —librada por una coalición autorizada por las Naciones Unidas contra la Irak de Sadam Huseín— o la invasión estadounidense del mismo país de 2003. De hecho, varias potencias occidentales mantienen bases militares en la región, y solo Estados Unidos cuenta con 47.000 soldados desplegados en la actualidad.
Calma en mitad del caos
Pese a la reciente escalada militar en la región y los antecedentes históricos, los mercados globales no han entrado en pánico tras el ataque con misiles balísticos de Irán del pasado 1 de octubre y las dudas sobre la respuesta israelí. Al contrario: el precio del barril de crudo es hoy inferior al registrado un año atrás, cuando comenzó la guerra de Gaza.
La confirmación de Benjamín Netanyahu a Washington de que la represalia se centrará en objetivos militares y no en infraestructura nuclear o petrolera ha contribuido a esa relajación, pero las causas trascienden Oriente Próximo. La más importante es que la industria global de petróleo está bien surtida —la OPEP tiene una importante capacidad de producción sin utilizar— y ya no es tan dependiente de la extracción del golfo Pérsico como en el pasado.
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La revolución del fracking en Estados Unidos ha reducido la cuota de la región sobre la producción global del 37% en 1973 al 31% en 2023, y ha convertido a la primera potencia económica en también el primer productor global de crudo.
Al mismo tiempo, la gran culpable de que la demanda de petróleo haya seguido aumentando en lo que va de siglo, China, está dándole la espalda a los motores de combustión para centrarse en los vehículos eléctricos. Esa transición, junto con la crisis de su sector de la construcción, ha congelado su consumo petrolero y en consecuencia la demanda global se ha estancado, aliviando los mercados y la preocupación por el conflicto árabe-israelí.







