Indonesia es un país complicado, empezando por su cartografía: más de 17.000 islas conforman el archipiélago más grande del mundo y una única entidad estatal en la que habitan 276 millones de personas, la cuarta mayor población del globo. Ese intrincado paisaje se traduce en un mosaico etnorreligioso con un largo historial de rencillas y pronunciados desequilibrios territoriales —la isla de Java concentra el 60% de la población y el 57% del PIB indonesio— que ha aislado y mermado la proyección internacional del país.
En contraposición a la falta de cohesión, la geografía también ha bendecido a Indonesia con una ubicación clave en las cadenas de suministro globales y abundantes recursos. Posee, en concreto, las mayores reservas mundiales de níquel, las segundas de estaño, las terceras de cobalto y las novenas de cobre y destaca como el primer mayor exportador de carbón y el octavo de gas natural licuado. Además de la proximidad a los dos gigantes asiáticos, China e India, el archipiélago indonesio y su puerto de Tanjung Priok se ven beneficiados por su cercanía a las importantes rutas comerciales del Indo-Pacífico.
Ese potencial natural se ve limitado sin embargo por la ausencia de una infraestructura que permita explotar y redistribuir los recursos de forma coherente. Indonesia, por ejemplo, posee jugosos yacimientos de hidrocarburos pero es un importador neto de crudo debido a su creciente demanda interna y la falta de inversión en oleoductos, tecnología y nuevas prospecciones. Caso distinto es el de los minerales, un sector en que las exportaciones de Yakarta son imprescindibles para la transición verde de todo el planeta. Según The Economist, el país se convertirá probablemente en 2030 en el cuarto gran productor de commodities verdes tras Australia, Chile y Mongolia.
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