El mapa de los aranceles de Trump en el mundo

La ofensiva proteccionista del magnate castiga a todo el globo con amenazas, tasas universales y negociaciones impuestas
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Penalizar las importaciones para producir más en casa y reequilibrar la balanza comercial. La premisa de la política arancelaria del presidente estadounidense Donald Trump es clara. Las compras de bienes de la primera potencia mundial superaron en un 53% el valor de sus exportaciones el año pasado, un déficit comercial que se ha convertido en una obsesión para la Administración Trump.

Desde su punto de vista, renegociar los acuerdos con el resto del mundo bajo una óptica proteccionista —el «America First«— le permitirá acabar con ese desequilibrio, aumentar la seguridad nacional, crear puestos de trabajo y devolver a Estados Unidos a una «época de oro». Pero la aplicación de esa política está siendo cuando menos caótica: el presidente republicano ha convertido la imposición de aranceles en un instrumento de presión agresivo e imprevisible, dando lugar a una especie de sálvese quien pueda en el que el bando contrario sale siempre perdiendo.

Y si no que se lo digan a la Unión Europea. En lo que es la relación comercial más intensa del mundo, Bruselas se ha plegado ante las exigencias de Donald Trump y ha aceptado un arancel del 15% a sus exportaciones, además de comprometerse a realizar compras de energía estadounidense por un valor de 750.000 millones de dólares y realizar una inversión al otro lado del Atlántico de 600.000 millones. Mientras, las exportaciones de Estados Unidos a la Unión Europea seguirán estando exentas de aranceles.

La agresividad dialéctica, los ultimátums y las amenazas reiteradas de aumentos de los aranceles marcan el tono de esa nueva política comercial estadounidense, con giros de guion diarios que han sumido a los mercados internacionales en un caos constante. En el llamado por la propia Administración Trump «Día de la Liberación», el del pasado 2 de abril, el magnate anunció una ristra de «aranceles recíprocos» que finalmente han entrado en vigor el 7 de agosto tras tres meses de vaivenes y negociaciones bilaterales.

De esta forma, Estados Unidos ha comenzado a aplicar una mezcolanza de tasas en la que se combina el arancel universal del 10% vigente desde abril con los tipos pactados con 34 países —incluyendo los 27 de la UE—, así como los unilaterales aplicados a setenta socios con los que no ha logrado cerrar ningún nuevo acuerdo. A ello se suman tasas arancelarias a productos concretos como la del 50% al acero o el aluminio.

No es una lista definitiva. China y México aún están negociando sus tasas con la Casa Blanca, y Trump no ha dudado en ordenar incrementos súbitos a países concretos en los últimos días. Es lo que ha hecho con India y Brasil, a los que ha amenazado con aplicarles una tasa máxima del 50% si no dejan de comprar petróleo ruso o detienen la «caza de brujas» contra el expresidente Jair Bolsonaro, acusado por el Tribunal Supremo del país de encabezar un intento de golpe de Estado.

La Tax Foundation estadounidense calcula que el giro proteccionista del movimiento MAGA —Make America Great Again— elevará el arancel medio aplicado a las importaciones de Estados Unidos al 11,4%, su nivel más alto desde 1943. Estados Unidos ha sido el gran promotor de la globalización y la liberalización de los mercados internacionales desde los setenta, una apuesta que ha deslocalizado su producción y que ha aumentado progresivamente su dependencia del exterior para abastecer su demanda interna.

El déficit comercial estadounidense se abrió en los ochenta y continuó expandiéndose hasta el año 2022, cuando alcanzó un récord histórico de 944 miles de millones de dólares, equivalentes a un 3,7% de su PIB. China es con diferencia el país con el que mantiene las relaciones más desequilibradas —la brecha es de 295 miles de millones—, seguida de la Unión Europea, México, Vietnam y Taiwán, desde los que importa principalmente bienes de equipo como ordenadores y productos de telecomunicaciones; bienes de consumo como ropa, dispositivos electrónicos o automóviles; y petróleo.

No obstante, y a pesar de la insistencia de Washington en señalar a ese desequilibrio como el gran freno al crecimiento estadounidense, la realidad es que los déficits comerciales no son ni buenos ni malos por sí solos ni tienen por qué suponer un problema. De hecho, la balanza comercial estadounidense es positiva en el caso de los servicios, lo que apunta a un pivotaje desde la manufactura hacia productos más cualificados como los servicios turísticos, la propiedad intelectual o las finanzas.

En muchas ocasiones, esas brechas ocurren porque la economía del país es fuerte, de forma que los consumidores gastan e importan más. Asimismo, el papel del dólar como el gran dominador de las transacciones globales provoca que muchos países mantengan reservas de la moneda estadounidense, reforzando la demanda de los activos financieros estadounidenses en el extranjero y abaratando por tanto su deuda externa.

Por el contrario, una política proteccionista aplicada en forma de aranceles puede provocar un parón económico global y un repunte de la inflación en Estados Unidos. Sus empresas serán al fin y al cabo las encargadas de ingresar directamente los aranceles en las arcas del país, y estudios recientes han demostrado que las tasas impuestas por Trump desde su primer mandato han sido trasladadas en su mayoría a los consumidores finales. Goldman Sachs apunta que la industria estadounidense está absorbiendo tres quintas partes de los aranceles actuales y por tanto perdiendo más que las empresas exportadoras, un esfuerzo que repercute en los precios finales para cuadrar sus números.

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