Con 283 millones de pasajeros, el tráfico aéreo español marcó un nuevo récord en 2023. Los viajes en avión rebotaron con fuerza tras el parón de la pandemia —un 15%, concretamente— de la mano de la llegada de turistas internacionales, que también logró su máximo histórico, para situarse por encima del antiguo récord de 2019 y convertir a España en el cuarto mercado aéreo internacional, por detrás solo de Estados Unidos, China e India.
A pesar de ello, tan solo tres aeropuertos absorben la mitad de ese tráfico: Adolfo Suárez Madrid-Barajas, Barcelona-El Prat Josep Tarradellas y Palma de Mallorca, según datos de Aena, la empresa pública española que gestiona los aeropuertos de interés general para el país ibérico. Con la excepción de la capital, el tráfico aéreo se concentra en la costa, precisamente el lugar de destino de la inmensa mayoría de los más de 85 millones de turistas internacionales que visitaron España en 2023.
La infraestructura de la costa mediterránea peninsular y las islas Baleares y Canarias gestiona así más de dos tercios del tráfico aéreo español —entradas y salidas—, en su mayor parte turistas provenientes del Reino Unido, Francia o Alemania que van en búsqueda del sol y playa español. El tirón turístico de la costa Blanca explica, por ejemplo, que la terminal de Alicante-Elche Miguel Hernández recibiera hasta un 58% más de tráfico que Valencia el pasado año, por mucho que esta última esté más poblada y sea la capital autonómica.
En total, Aena gestiona 46 aeropuertos y los helipuertos de Ceuta y Algeciras en España y participa directa o indirectamente en otros 33 internacionales, principalmente en Brasil y México, aunque también posee el 26% del usufructo del aeropuerto londinense de Luton. Esa cartera convierte a la empresa española en el principal operador aeroportuario del mundo, con más de 314 millones de pasajeros en 2023.
La red de aeropuertos de España incluye además cuatro de titularidad autonómica —Castellón, Teruel, Lleida-Alguaire y Andorra-La Seu— y el de Ciudad Real, que es privado. Este último ocupa un lugar privilegiado en la extensa lista de aeropuertos fantasma construidos durante la burbuja del ladrillo y los pelotazos económicos: en la década de los 2000, numerosas Administraciones se lanzaron a desarrollar aeropuertos públicos con inversiones millonarias que luego acabaron fracasando.
En esa lista figuran también las terminales de Castellón, Lleida, Albacete, Burgos, Córdoba, Huesca, León, Logroño, Salamanca o Teruel. En el caso del de Ciudad Real, el aeropuerto entró en funcionamiento en 2008, en plena crisis financiera, tras una inversión de 450 millones de euros cuyo objetivo era aliviar la saturación de Barajas.
La terminal, sin embargo, no terminó de despegar y quebró en 2012, permaneciendo cerrado hasta 2019, aunque en 2016 pasó a manos privadas a cambio de poco más de 56 millones de euros. Su uso actual está relacionado con el mantenimiento de aeronaves, el transporte de mercancías, la aviación ejecutiva o incluso la grabación de películas.
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Pero mientras que algunos aeropuertos fueron devorados por la crisis económica que golpeó España, aquellos que sí contaban con el respaldo del turismo internacional resurgieron del parón financiero con más fuerza y han seguido aumentando su volumen de pasajeros hasta la fecha.
Algunos prevén incluso nuevas ampliaciones, como el de Adolfo Suárez Madrid-Barajas, que pasará de tener una capacidad de 70 millones de pasajeros a 90 para 2031, o el de Barcelona-El Prat Josep Tarradellas, que ya opera al límite de su capacidad pero acerca del cual no se han puesto de acuerdo las distintas fuerzas políticas. De fondo, el debate sobre la sostenibilidad del turismo y la gentrificación de los centros históricos choca con el desarrollismo de los aeropuertos españoles.






