El 26 de febrero, la Unión Europea, Estados Unidos y Canadá cerraron su espacio aéreo a Rusia por el ataque a Ucrania. Moscú, a cambio, pagó a Occidente con la misma moneda, pero en su caso no se trataba ni mucho menos de una situación inédita. Durante la Guerra Fría, el bloque del Este mantuvo una política muy estricta con los vuelos comerciales de las aerolíneas occidentales, obligando a las compañías a dar enormes rodeos para llegar de Norteamérica y Europa a Asia y viceversa. Más de tres décadas después, la historia se repite.
Fruto de las restricciones soviéticas, la British Overseas Airways Corporation —la actual British Airways— tardaba 36 horas en sobrevolar los 16.000 kilómetros del trayecto Londres-Tokio, dos ciudades a las que en realidad separaban menos de 10.000 si los pilotos pudiesen haber atravesado el espacio aéreo de la URSS y sus aliados.
En 1957, sin embargo, Scandinavian Airlines abrió una nueva ruta: tras desarrollar la tecnología necesaria para garantizar que las brújulas magnéticas funcionaran sobre el Polo Norte, la aerolínea comenzó a volar a través del Ártico. Pronto la British Overseas Airways Corporation se sumó a la nueva ruta, reduciendo el viaje de Londres a Tokio hasta las 17 horas y media, más de la mitad del trayecto que bordeaba la frontera sur de la URSS y China.
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