Es julio de 2017. Angela Merkel, entonces canciller de Alemania, hace de maestra de ceremonias en la segunda visita oficial de Xi Jinping a Berlín. Esta vez, el escenario de fondo es un zoo. Los mandatario se han reunido allí para dar la bienvenida a dos nuevos diplomáticos chinos, Meng Meng («pequeño sueño») y Jiao Qing («cariño»), dos osos panda gigantes que disfrutaban de su comida ajenos a los flashes y la muchedumbre.
El encuentro entre los líderes de la primera y tercera potencia comercial, calculado al milímetro y cocinado durante tiempo, supuso en aquel momento un mensaje de afinidad y buena sintonía justo antes de un G20 en el que Donald Trump terminaría cargando contra sus socios. «El evento simboliza las relaciones entre nuestros dos países. Hemos trabajo muy estrechamente y ahora tenemos dos diplomáticos muy agradables aquí”, declaró Merkel.
Los pandas son el animal político por excelencia de China, de donde son endémicos, y Pekín los ha enviado históricamente al exterior como símbolo de agradecimiento y buenas intenciones: lo hizo en 2017 con Alemania de la misma forma que regaló otros dos ejemplares a Estados Unidos en 1972 tras la visita de Richard Nixon que precedió a la normalización de las relaciones entre ambas partes. Los primeros ejemplares en abandonar la China comunista, sin embargo, fueron Ping Ping and Qi Qi, que pusieron rumbo a la Unión Soviética en 1957 ―en 2019, tras elevar las relaciones con Moscú a un nivel «sin precedentes», Xi Jinping envió otros dos osos a Moscú―.
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