Comercio fertilizantes mundo

El comercio de fertilizantes en el mundo

Abonar la tierra nunca ha sido tan caro. La guerra en Ucrania, la crisis energética y las sanciones a Rusia y Bielorrusia, entre los principales motivos
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China, India, Estados Unidos y Canadá producen más del 60% de todos los fertilizantes del mundo. La cantidad que ponen a la venta, sin embargo, es inferior al 33% de todas las exportaciones que se registran a nivel global, según los datos sobre comercio del Observatory for Economic Complexity (OEC) de 2019. En el caso de China, India y Estados Unidos, la razón de ese acaparamiento es que su producción no basta para satisfacer su demanda interna, por lo que también son grandes importadores de abono. Y lo hacen por una buena razón: junto con Brasil, estos tres países son los principales productores mundiales de alimentos, una condición que no podrían mantener sino fuera por su gran consumo de fertilizantes.

De esta forma, el comercio de fertilizantes en el mundo depende de un puñado de países que primero prestan atención al estado de sus reservas antes de lanzarse a ofertar el abono restante en el mercado, muy vulnerable a disrupciones de alcance internacional. Los últimos años así lo han confirmado: la guerra de Ucrania, la crisis energética y las sanciones impuestas a Rusia y Bielorrusia, el primer y el quinto principal exportador a nivel mundial, respectivamente, han enlazado con la crisis de suministros y las restricciones a la exportación que anunció China en 2021. Como consecuencia, el precio del abono alcanzó su máximo histórico en marzo del año pasado.

La agresión de Moscú fue replicada con sanciones por parte de Occidente que encarecieron el gas —usado para producir fertilizantes a base de nitrógeno, el tipo que proporciona hasta dos tercios de los nutrientes utilizados para cultivar— y dificultaron el acceso de los productos rusos al mercado internacional.

Las sanciones no estaban dirigidas en origen al sector agrícola, pero aseguradoras y bancos europeos comenzaron a dejar de lado las materias primas rusas, fuera cual fuera su naturaleza. En el caso de Bielorrusia, sancionada por la Unión Europea por la dura represión de las protestas de 2020 y el posterior aterrizaje forzoso de un avión comercial para detener a un periodista disidente, el castigo impuesto incluyó directamente la producción y la exportación de potasa, un bloqueo que continua vigente en la actualidad.

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La ONU y Rusia alcanzaron un acuerdo en julio del año pasado para que esta última volviera a poner en circulación su abono, pero el primer cargamento no se fletó hasta noviembre y el ritmo de exportaciones está lejos de ser el habitual. A su vez, el aumento de los precios de la energía ha encarecido producir abono en cualquier rincón del planeta, por lo que a los agricultores no les queda otra que enfrentar mayores costes para sacar el máximo rendimiento a sus plantaciones o reducir el uso de fertilizantes y asumir cosechas más modestas. En cualquiera de los dos casos, el consumidor final acabará notándolo en el bolsillo.

La escasez de abono es además especialmente dañina para aquellas economías —normalmente las más empobrecidas— que dependen de su producción agrícola nacional para alimentar a su población y que no pueden acudir al mercado internacional para combatir el hambre. África, donde la sequía también está causando estragos y varios países dependen del comercio de fertilizantes ruso, es la región que puede salir peor parada.

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