El hambre, lejos de remitir, es un problema cada vez más acuciante en el mundo. Desde 2016, el número de personas que sufren inseguridad alimentaria aguda o peor —niveles 3, 4 y 5 de la Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria— casi se ha duplicado, alcanzando los 193 millones de afectados en 53 países en 2021. De todos ellos, 570.000 atravesaron la fase más grave de las crisis alimentaria, la catástrofe, y necesitaron ayuda urgente para evitar la muerte por inanición en Etiopía, el sur de Madagascar, Sudán del Sur y Yemen.
Los datos han sido elaborados por la Red mundial contra las crisis alimentarias, «una alianza internacional de las Naciones Unidas, la Unión Europea, organismos gubernamentales y no gubernamentales que trabaja para hacer frente conjuntamente a las crisis alimentarias», y advierten de la necesidad de apostar por la agricultura de proximidad y de pequeña escala para sortear los desajustes que se están viviendo en el mercado alimentario global.
Los conflictos, los fenómenos meteorológicos extremos —como sequías o inundaciones— y las perturbaciones económicas son las causas más comunes de las crisis alimentarias, pero los últimos eventos en el plano internacional —la pandemia, el aumento del coste de los alimentos y los combustibles y la guerra en Ucrania— han creado una tormenta perfecta que está disparando el hambre aguda a un ritmo sin precedentes.
La invasión rusa de Ucrania es incluso posterior al análisis de la Red mundial contra las crisis alimentarias, un nuevo contratiempo que, según la organización, se cebará con los países que ya atraviesan las situaciones más delicadas. Son, no en vano, los que más dependen del exterior y las importaciones y los que menos margen de maniobra tienen para encontrar flujos alternativos al trigo ruso y ucraniano, un cuarto de todo el que se comercializa a nivel global.
Por todo ello, y si bien la ayuda inmediata internacional será indispensable para evitar hambrunas mortíferas, es necesario desarrollar sistemas agroalimentarios sostenibles y cadenas de suministro resilientes. En otras palabras: que Madagascar pueda, por ejemplo, cultivar su propio grano y protegerse de los efectos del cambio climático, promoviendo inversiones en desarrollo más a largo plazo que hagan frente a las causas profundas del hambre —pobreza y desigualdad—.
En este sentido, los países con las crisis alimentarias más urgentes son Sudán del Sur —63% de la población en situación de inseguridad alimentaria aguda o peor en 2022—, Yemen —60%—, Afganistán —55%—, República Centroafricana —48%—, Haití —45%—, Somalia —38%—, la propia Madagascar —37%— y Namibia —30%—. En Ucrania aún no se ha declarado una emergencia de este tipo por la falta de información y porque aún está por ver cómo afectará la guerra al cultivo de trigo y a su disponibilidad en el mercado nacional, pero no cabe duda de que el hambre crecerá en su territorio.
Vetos a la exportación y récord de precios: la crisis alimentaria global
A pesar de que es posible que las tensiones del mercado alimentario global se relajen en un futuro, el crecimiento poblacional que experimentarán regiones como África subsahariana o el sudeste asiático —con la consecuente aumenta de la demanda de alimentos— y el cambio climático —que está provocando que eventos extremos como sequías o inundaciones sean cada vez más intensos y frecuentes— plantearán retos nuevos y probablemente más exigentes.
Los fenómenos meteorológicos adversos fueron ya la principal causa de inseguridad el año pasado en ocho países africanos y se espera que ese número vaya en aumento en los próximos años. Las sequías, cuya duración ha aumentado un 29% desde el 2000, son probablemente el mayor foco de preocupación: según cifras de las Naciones Unidas, en 2021 un récord de 2.300 millones de personas vivían en zonas que sufrían estrés hídrico y se estima que para 2030 sean 700 millones las tengan que desplazarse a causa de la falta de precipitaciones.
¿Cuáles son los países que importan más trigo desde Rusia y Ucrania?
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