Macron gana, Merkel pierde: los nuevos cargos de la UE

Tras las elecciones al Parlamento Europeo, ¿por qué ha sido tan difícil elegir a los nuevos cargos en la UE? ¿Qué es el proceso del spitzenkandidaten y por qué da tanto de qué hablar? ¿Quién gana y quién pierde con los nombramientos?
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Macron gana, Merkel pierde: los nuevos cargos de la UE
Banderas en Bruselas. Fuente: Wiktor Dabkowski (Flickr)

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En política y en los procesos electorales muy poco está dejado al azar. Las legislaturas suelen durar varios años porque redactar leyes y definir la dirección de un país a largo plazo no son tareas que se puedan realizar de la noche a la mañana. En la Unión Europea ocurre exactamente igual: las legislaturas —que en este caso concreto tienen una duración de cinco años— buscan dar estabilidad al aparato organizativo y encontrar cierta continuidad en las políticas a aplicar y en la dirección que, bajo consenso, anda el proyecto comunitario. 

Los resultados electorales de este año se han salido de lo que ha sido habitual en el proyecto comunitario en varios aspectos, un síntoma de que la estructura organizativa europea necesita echar carbón a la máquina para adaptarse a los nuevos desafíos que vienen. En primer lugar, el índice medio de participación en la Unión Europea ha alcanzado su máximo histórico de los últimos 20 años: más del 50% de los votantes europeos participó en estos comicios, una cifra varios puntos superior a la de 2014, en que la participación fue inferior al 43%. Esto solo tiene una lectura: a la gente le importa lo que ocurre en Europa. En segundo lugar, la propia configuración del nuevo Parlamento Europeo es un reflejo, por primera vez, de lo que lleva ocurriendo en varios países de Europa desde hace años: irrumpen nuevas fuerzas políticas, se acaba la hegemonía de los grandes partidos tradicionales, la sociedad se polariza, los movimientos de extrema derecha y euroescépticos cobran fuerza y, en consecuencia, la demanda de entendimiento entre distintas fuerzas es ya inevitable. Es la primera vez en la historia del Parlamento Europeo en la que los dos grupos parlamentarios más grandes, S&D —Socialistas y Demócratas— y el PPE —Partido Popular Europeo— no suman juntos mayoría absoluta, lo que cambia toda la aritmética parlamentaria y el eje del juego de poderes, como ya se ha visto en la elección de los puestos de más alta responsabilidad de la Unión

Para paliar de alguna manera el déficit democrático que sufría la Unión Europea, en las elecciones de 2014 se pensó en un proceso —no oficial— que pretendía aportar transparencia a la elección de los máximos representantes de la Unión: el spitzenkandidaten (“candidato principal” en alemán). Este proceso obligaba a los grupos parlamentarios europeos a elegir a su candidato a la Comisión Europea antes de las elecciones y a defender su candidatura a lo largo de Europa. El grupo parlamentario ganador en las elecciones europeas sería quien colocaría a su spitzenkandidaten como presidente de la Comisión y, en función de las negociaciones y coaliciones, se repartirían el resto de los cargos importantes entre los candidatos principales. Este proceso aporta varios aspectos positivos al funcionamiento de la Unión Europea: por un lado, los candidatos deben contar con el apoyo del grupo parlamentario europeo al que pertenezcan sus respectivos partidos para postularse para el puesto. Por otro, la ronda de debates entre los distintos spitzenkandidaten acerca la UE a los ciudadanos y contribuye a que las campañas no se centren solo en asuntos nacionales de cada país. Por si fuera poco, el nombramiento del presidente de la Comisión queda, de alguna forma, vinculado a los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo, que es elegido directamente por los ciudadanos. 

Para ampliar:  “Breve manual de instrucciones para entender la Unión Europea”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2019

Los resultados de las últimas elecciones dejaban claro, de nuevo, este proceso. El Partido Popular Europeo (PPE) volvía a ganar las elecciones, seguido de los socialdemócratas (S&D) como segunda fuerza. La gran sorpresa vino de los resultados de los liberales y los verdes europeos, quienes aumentaron su influencia y poder en hasta 20 escaños —en el caso de los verdes—. Según la fórmula de 2014, el alemán Manfred Weber —el spitzenkandidaten del PPE— debería presidir la Comisión durante los siguientes cinco años, pero todas las apuestas se movieron hacia el candidato de S&D, el neerlandés Frans Timmermans. Frente al socialista, Weber tenía pocas opciones: Timmermans tenía más experiencia en el puesto —venía de ser vicepresidente de la Comisión— y era capaz de crear más alianzas dentro de los grupos de países que eran necesarios para su nominación, mientras que Weber apenas era conocido incluso en Alemania. Los propios miembros del PPE, conscientes de que, a pesar de volver a ser el partido más votado, podrían perder la presidencia de la Comisión, comenzaron a tener dudas sobre un candidato que no satisfacía sus expectativas, que no tenía el apoyo del Consejo Europeo y al que consideraban un candidato, cuando menos, mediocre. Finalmente, la propia Merkel prefirió apoyar al candidato socialista con tal de preservar y continuar con la fórmula del spitzenkandidaten

Sin embargo, precisamente por el cambio en la aritmética clásica en este nuevo Parlamento Europeo, este proceso se ha visto entorpecido y la elección de los nuevos líderes europeos han respondido a otras dinámicas y ejes de poder distintas a las de la voz popular de los resultados electorales. Al ver que el candidato principal, el socialista Timmermans, primero causaba rechazo —se había formado un frente contra el candidato socialista formado por el bloque del Este, Italia y todo el PPE exceptuando a Merkel— y después reunía un consenso insuficiente que no prometía estabilidad en Europa, Macron propuso poner al frente de la Comisión a Ursula von der Leyen, ministra de Defensa de Angela Merkel. Esto es una solución a dos problemas: da el golpe mortal al sistema de spitzenkandidaten que tanto había criticado el presidente francés y, al ser mujer, tiene más posibilidades de que su nombramiento sea aprobado por el Parlamento Europeo —Von der Leyen aún tiene que ser confirmada por los europarlamentarios—. En su acuerdo con los populares —que no con Merkel— y su insistencia con la paridad de género, Macron también consiguió que la francesa Christine Lagarde se hiciera con el puesto más federal de la Unión Europea, el de presidenta del Banco Central Europeo, lo que termina de sumir a una institución aparentemente autónoma en una politización sin precedentes.

Principales instituciones de la Unión Europea.

Las consecuencias que se desprenden de estos nombramientos son múltiples. La primera lectura es evidente: la fórmula del spitzenkandidaten ha sido herida de muerte a manos de aquellos que quieren acabar con la hegemonía de los dos grandes grupos parlamentarios —y en particular del PPE—. La segunda es el ocaso de Angela Merkel, quien, después de años tirando de la maquinaria pesada de la UE, en esta ocasión no ha sido capaz de convencer a su grupo parlamentario, a su partido ni a su Gobienro y, finalmente, se ha visto obligada a abstenerse en el nombramiento de la candidata a presidir la Comisión Europea. Por el contrario, la elección de Von der Leyen y Lagarde se interpretan como victorias personales para Emmanuel Macron. En consecuencia, la tercera consecuencia es la confirmación de la crisis del eje franco-alemán, quedando demostrado que quien gana peso en la toma de decisiones es el presidente francés, Macron.

En ese esquema, el S&D solo puede conformarse con un premio de consolación amargo a la vista de los resultados electorales: los socialistas la presidencia compartida del Parlamento Europeo y el puesto de Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores —en la figura de Josep Borrell, lo que supone también un tanto para España—, a pesar de que albergaron esperanzas de llegar a un acuerdo fuerte con liberales y verdes para conseguir la Comisión. Tampoco se materializa ese nuevo eje franco-español que tome las riendas de la UE, espoleado por el aumento de influencia de España y su Gobierno gracias al hecho de que el PSOE se haya convertido en el partido con mayor representación dentro de los socialistas europeos.

Para ampliar:  “La rosa se marchita: el declive de la socialdemocracia europea”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2019

La UE del futuro será más política que nunca y estará forzada a buscar consensos que podrían poner en peligro toda la estabilidad del área comunitaria. En esta Unión que viene, el gran ganador es Macron, pero también lo es España en menor medida: la tarea de la política exterior europea, aun cuando depende en buena medida de los Gobiernos nacionales, no es asunto menor. Las mujeres también ganan, asumiendo cargos de importancia en una Unión Europea que ha estado masculinizada durante demasiados años. Sin embargo, grandes bloques como el del Este o el nórdico vuelven a perder: en el caso de la Europa del Este, se ha probado que son buenos poniendo piedras en el camino y condicionando la elección de cargos, pero no son capaces de liderar; en el caso de los nórdicos, su influencia en esta toma de decisiones sigue siendo baja, y la infrarrepresentación que venían sufriendo en las instituciones europeas desde 2014 no ha cambiado. También podría parecer que ganan los Estados en contra de las instituciones en esta nueva UE, pero quizá no sea así: está a punto de presidir la Comisión Europea una mujer que cree firmemente en una Europa federal.

Astrid Portero

Gran Canaria, 1988. Licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración, especializada en Relaciones Internacionales y Análisis Político. Cursando el Máster de Política y Democracia de la UNED. Interesada en geopolítica, conflictos territoriales y Unión Europea.