No es ningún secreto que los líderes europeos recibieron la noticia de la victoria electoral de Joe Biden con alivio. Entre sus mensajes de felicitación hacia el presidente electo figuraban palabras como “reconstrucción” y “amistad indispensable”, que muestran las altas expectativas que Europa ha puesto en la nueva Administración. Pero creer que el mandato de Trump ha sido un paréntesis y que las relaciones entre la Unión Europea y Estados Unidos pueden volver a lo que eran no es realista. Pese a que Trump perdiera las elecciones, su alto número de votantes confirma que el trumpismo sigue vivo y que los últimos cuatro años no han sido ninguna anomalía.
La era Trump ha servido como advertencia de cómo sería un mundo sin cooperación transatlántica, y no sería bueno para europeos ni estadounidenses. Convencidos de que el orden internacional liberal ya no se sostiene y de que Occidente ya no tiene autoridad para liderar, distintos regímenes autocráticos, como China y Turquía, han empezado a ser más asertivos en su política exterior. Pese a todo, la alianza entre Europa y Estados Unidos sigue siendo la más profunda e importante para ambos. Pero no hay garantía de que la cooperación transatlántica conocida hasta ahora, con Estados Unidos como socio fuerte junto a una Europa complementaria, pueda hacer frente a los desafíos geopolíticos futuros. La victoria de Biden es una oportunidad para adaptar la alianza a los nuevos tiempos y protegerla de una debacle mayor.
Las oportunidades de cooperación con Biden
Joe Biden será el presidente más atlantista desde George H. W. Bush. Su compromiso hacia Europa ha quedado claro en varias ocasiones. Por ejemplo, en la Conferencia de Múnich de 2013, cuando todavía era vicepresidente de Obama, Biden declaró que la Unión Europea es una “compañera indispensable” para Estados Unidos. Se espera que su política exterior esté más alineada con la de Europa, pese a los muchos obstáculos nacionales que su Administración va a afrontar. Entre los primeros asuntos de la agenda internacional del nuevo presidente está reincorporar a Estados Unidos al Acuerdo climático de París y a la Organización Mundial de la Salud, que Trump abandonó. Estos movimientos mandarán el mensaje a Europa de que Washington vuelve a ser un actor creíble y responsable, pero no serán suficientes para restaurar toda la confianza perdida con la Administración anterior.
La prioridad de Biden en política exterior será promover la cooperación entre países democráticos para hacer frente a las potencias autoritarias, en especial China. Esta parte de la agenda estadounidense coincide con los intereses de los europeos, que parecen estar dispuestos a endurecer su política exterior hacia China tras las desavenencias de los últimos meses. La UE, que ve a China al mismo tiempo como un país con el que cooperar y como un competidor, se ha sentido incómoda ante la hostilidad de Trump hacia Pekín. Por el contrario, Biden comparte con Europa la necesidad de mantener la rivalidad con China pero también cooperar con ella, en especial ante desafíos como el cambio climático.
También será crucial encontrar una estrategia común frente a Rusia, cuyas relaciones con Occidente están en su punto más bajo desde el colapso de la URSS en 1991. A pesar de las sanciones impuestas por Washington, Moscú ha extendido su influencia más allá del espacio postsoviético, desestabilizando Europa y Estados Unidos con campañas de desinformación y ciberataques. Aunque Rusia constituye una de las amenazas más graves para ambas partes, la cambiante agenda de Trump y las divisiones entre los europeos no han permitido una mayor cooperación transatlántica en este ámbito. Sin embargo, Biden considera a Rusia “el mayor peligro” para la seguridad de Estados Unidos y ha recalcado la importancia de la OTAN, por lo que es probable que la cooperación transatlántica contra Moscú se refuerce en los próximos cuatro años.

Otros desafíos de Biden, como la crisis climática, la pandemia, la ciberseguridad o la proliferación nuclear, también requerirán mayor cooperación con la UE, que ya ha detallado sus propuestas para avanzar con EE. UU. en estos temas. Uno de los puntos principales es la lucha contra el cambio climático, para la que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha insistido en la necesidad de un Green New Deal europeo. Pese a que Biden ha lanzado mensajes poco claros sobre si pretende o no lanzar el plan climático propuesto por los demócratas, se espera que sea mucho más activo que Trump en esta materia, trabajando en colaboración con otros países. Los europeos también apoyan la postura de Biden para con el acuerdo nuclear con Irán, que Trump rompió y al que el nuevo presidente ha prometido volver e incluso ampliar.
Asimismo, la UE ha propuesto coordinar una agenda tecnológica con Estados Unidos para contrarrestar la desinformación y los ataques a la infraestructura crítica, como las redes 5G. Bruselas también propone unir fuerzas con Washington para regular el sector tecnológico, lo que les acercaría a su objetivo de reducir la influencia china en este campo. Donde no se esperan avances inmediatos es en la política comercial. Aunque Biden será menos agresivo que Trump, que impuso aranceles a la UE en 2018, el nuevo presidente prometió en su programa electoral proteger a las empresas estadounidenses. Además, los estados del llamado cinturón del óxido, como Míchigan y Pensilvania, fueron clave para su victoria electoral y sufrirían con la supresión de esos aranceles.
Europa, entre el miedo y la nostalgia
En estos cuatro años, la UE ha presenciado con consternación cómo Trump abandonaba los Acuerdos de París y la Organización Mundial de la Salud, esto último en plena pandemia, amenazaba con salir de la OTAN si sus socios no asumían mayores gastos y se refería a la Unión Europea como “rival”. Aunque Estados Unidos llevaba décadas pidiendo a Europa mayor contribución económica en defensa, Bruselas solo ha entendido la necesidad de ser más autónoma militarmente cuando ha tomado conciencia, bajo el mandato de Trump, de que Washington ya no es un aliado incondicional.

Uno de los países que deberá liderar esta nueva etapa es Alemania, por su peso en la Unión Europea. Pero hay incertidumbre en torno a cuál será la postura del sucesor de Angela Merkel, que dejará el gobierno en 2021, unos meses después de la investidura de Biden. Pese a que Merkel es una convencida atlantista, Berlín y Washington tienen desacuerdos en varios frentes. El más polémico es Rusia, en concreto por el apoyo de Merkel al Nord Stream 2, un gasoducto que conectará Rusia directamente con Alemania a través del mar Báltico. Aunque el proyecto ha causado graves fricciones con Estados Unidos, Merkel planea seguir adelante con él. Trump ha respondido preparando la imposición de sanciones a las empresas involucradas, para lo que cuenta con el apoyo de los demócratas, y se espera que Biden mantenga la presión.
Francia será otro país con gran peso en la reconfiguración de las relaciones transatlánticas. El presidente Macron aboga por una Europa geopolíticamente independiente que no esté atrapada en la rivalidad entre Estados Unidos y China. Esta visión, conocida como “autonomía estratégica”, pasa por depender menos de EE. UU. en términos económicos y militares, equilibrando la alianza transatlántica. Los desencuentros con Trump han dado fuerza a esta idea en las capitales europeas, entre ellas Berlín, que se ha visto obligada a aceptar una mayor inversión en defensa después que Trump redujera el número de tropas estadounidenses desplegadas en Alemania. Pese a que la victoria de Biden es una mala noticia para la visión de Macron para la UE, puede que la idea de una Europa con más capacidad estratégica encaje mejor con la visión de la nueva Administración estadounidense sobre el futuro de la relación transatlántica.
El debate sobre hasta qué punto la Unión Europea debería depender militarmente de Estados Unidos ha sido una fuente de tensiones entre los países miembros desde hace años. Pero Biden va a continuar con el repliegue militar y diplomático que Obama empezó y Trump aceleró, lo que va a obligar a Europa a asumir más responsabilidad en su propia defensa. 2020 ha demostrado cómo, en ausencia de una política exterior europea más firme, las potencias autoritarias han explotado los conflictos en regiones próximas a la UE para aumentar su influencia. Turquía lo ha hecho en la guerra de Libia y Rusia en la del Alto Karabaj entre Azerbaiyán y Armenia. La falta de firmeza exterior de la Unión Europea también lanza un mensaje de debilidad hacia los países miembros más euroescépticos de la UE, como Polonia y Hungría, cuyos Gobiernos avanzan en su deriva autoritaria. Una Europa más activa y poderosa geopolíticamente ayudaría a estabilizar los conflictos de su periferia, reduciendo la influencia de otras potencias y dando a Estados Unidos más capacidad militar y diplomática para centrarse en objetivos comunes.
El debate sobre hasta qué punto la UE debería depender de EE. UU. ha sido una fuente de tensiones entre los países miembros desde hace años, pero dar la bienvenida de nuevo a Estados Unidos requerirá que la UE pase de las palabras a la acción.
Nuevos horizontes para la alianza transatlántica
Aún es pronto para anunciar el retorno de la alianza transatlántica. Pese a la renovada voluntad de cooperación a los dos lados del océano, la marcha de Trump no hará desaparecer las diferencias comerciales, tecnológicas y geopolíticas entre la Unión Europea y Estados Unidos. Tampoco va a desaparecer el populismo que catapultó a Trump a la presidencia y que ha vuelto a darle millones de votos. Sin embargo, la llegada de Biden es una oportunidad para que ambas partes adapten su alianza a las necesidades del presente y el futuro.
La nueva Administración estadounidense parece dispuesta a romper con la herencia de Trump y volver a trabajar a favor de la cooperación con Europa. Pero Biden y su equipo no podrán restablecer el liderazgo estadounidense de un día para el otro. Es por ello que los líderes europeos tienen ante sí una oportunidad única para sacar a la UE de su complacencia geopolítica, que ha socavado sus intereses y valores en los últimos tiempos. De ello depende que la era Trump pase a la historia como el impulsor, y no el destructor, de una nueva alianza transatlántica.