A pesar de ser un simple memorándum de entendimiento entre Italia y China, las alarmas saltaron en Roma, Bruselas y otro puñado de capitales europeas. El acuerdo, que además no es vinculante, acercaba al país italiano al proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda. Se convertía así en el primer gran país de Europa occidental, así como el primero del G7, en acercarse tanto a esta obra de Pekín. Apenas un par de semanas antes, la Comisión Europea había publicado un documento sobre las relaciones entre la Unión Europea y China en el que alertaba de las asimetrías que se pueden generar entre ambos polos si no se llega a acuerdos en igualdad de condiciones, algo que sin duda marcará la cumbre bilateral de principios de abril.
Para ampliar: “La Nueva Ruta de la Seda: iniciativa económica, ofensiva diplomática”, Sandra Ramos en El Orden Mundial, 2016
Los recelos de la propia Unión, Estados Unidos y potencias europeas como Alemania a este acuerdo vienen por el temor a que este acercamiento de Italia a China sirva a la potencia oriental como cabeza de playa para un posterior acercamiento a otros países del oeste europeo y a que el Gobierno euroescéptico del Movimiento Cinco Estrellas y la Liga decida acercarse a Pekín y dar la espalda a Bruselas, lo que supondría un importante giro geopolítico en la región al ser Italia la cuarta potencia económica de la Unión —tercera cuando el brexit se consume—.
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