La tarde del 3 de agosto de 2020 la sociedad española quedó impactada por una carta. El rey emérito Juan Carlos I anunciaba a su hijo y jefe del Estado, Felipe VI, su intención de abandonar el país. Días después, la Casa Real española confirmaba que se encontraba en Emiratos Árabes Unidos (EAU). Quien fuera el máximo representante institucional durante más de cuarenta años y figura clave de la Transición democrática, abandonaba el territorio nacional rodeado de numerosas polémicas judiciales. La fiscalía suiza y la española investigan en paralelo las supuestas cuentas que tendría el monarca en diversos refugios fiscales. Las sumas, de en torno a cien millones de dólares, procederían de comisiones que habría recibido el dignatario por promover e impulsar las relaciones comerciales entre grandes empresas de España y las economías de la esfera árabe.
La noticia llega en un momento enormemente delicado e inestable en la política española, que tiene que hacer frente al grave problema de la pandemia de la covid-19, la profunda crisis económica derivada del coronavirus y una fractura institucional sin precedentes en la historia reciente del país. La polarización y crispación marcan el debate entre los líderes políticos, medios de comunicación y ciudadanía. La monarquía se ha convertido en otro elemento más de la discusión y, particularmente, el papel que el rey ha jugado en la política exterior durante tantos años. El epicentro de los problemas de la Casa Real de España se encuentra en las estrechas relaciones personales que Juan Carlos I aún mantiene con las principales dinastías reales y clanes del golfo Pérsico.
La dimensión internacional de la corona española
La Constitución española de 1978 establece como forma política del Estado la monarquía parlamentaria, donde las atribuciones del rey se encuentran muy limitadas. El artículo 56 de la carta magna define los rasgos fundamentales del jefe del Estado, centrados en moderar y arbitrar la actividad política interna y representar internacionalmente al país. Después de cuarenta años de dictadura, el monarca Juan Carlos I se encontró en la tesitura de tener que definir el nuevo rol de la corona a través de la práctica. En el ámbito doméstico asumió una imagen de moderación y consenso, convertido en estandarte del sistema democrático; en el ámbito internacional se configuró en un actor clave de la imagen, reputación y acción exterior de España.
La actividad internacional del rey emérito ha estado condicionada por las propias vicisitudes internas. La Casa Real española intenta emular el ejemplo de la Casa Windsor de Reino Unido y otras dinastías europeas, en tanto que ha buscado establecerse como emblema nacional reconocible y destacado en el extranjero. Durante la segunda mitad de la década de los setenta y los ochenta, Juan Carlos I proyectó al mundo el mensaje de una nueva democracia. En los noventa y principios de los dos mil el discurso se vertebró en torno a un país moderno y un Estado que aspiraba a ser potencia media e interlocutora entre regiones. Finalmente, tras la crisis de 2008, los esfuerzos se orientaron en recuperar la confianza sobre las capacidades de España.
Existen dos regiones donde el rey Juan Carlos I ha tenido un especial protagonismo. América Latina y el mundo árabe son los dos espacios donde la mediación del jefe del Estado sobresale durante todo este tiempo, siendo el activo más destacado que ha llegado a tener la diplomacia española. Los estrechos vínculos de la nación europea con los principales países latinoamericanos y las naciones del Magreb y Oriente Medio se justifican por los vínculos históricos, culturales y económicos. Sin embargo, la Casa Real de España ha pretendido llevar más allá esas relaciones, intensificando los encuentros personales con dignatarios y familias reales. Un elemento que llega a ser fundamental en la proximidad con las diferentes monarquías árabes del golfo Pérsico.
La Zarzuela y las monarquías del golfo Pérsico
Los contactos y encuentros entre la monarquía de España, en el palacio de la Zarzuela, y las dinastías reales del golfo Pérsico, asumen un cariz estratégico para el desarrollo de la política exterior española. Los príncipes de Arabia Saudí, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Baréin o Kuwait priorizan ante todo las relaciones personales y directas con los más altos mandatarios internacionales. Para los dirigentes árabes el grado de confianza y cercanía en las relaciones entre Gobiernos está muy condicionado por la dimensión política e histórica de la institución que tienen enfrente. La Corona de España es considerada una figura trascendente y excepcional y, en parte, ello conduce a que el rey Juan Carlos I haya recibido siempre un trato muy particular y diferenciado.
La proximidad del monarca español con sus homólogos árabes del golfo Pérsico se inicia a principios de la década de los setenta, siendo heredera directa de la estrategia implementada por la dictadura. El régimen franquista encontró importantes aliados en Oriente Medio, especialmente en Arabia Saudí, que ayudaron a acabar con su exclusión internacional y se convirtieron en crecientes socios comerciales. La amistad entre el rey saudí Fahd —que reinó entre 1982 y 2005— y Juan Carlos I, quienes se llamaban públicamente “hermanos”, fue la muestra más evidente de las buenas relaciones. Posteriormente, seguirán conexiones con figuras clave de la región, como el sultán de Omán Qaboos, los Jalifa en Baréin o la dinastía Zayed de EAU. En los momentos más complicados de la Transición democrática (1975-1981), los acuerdos energéticos con estos países ayudaron a paliar la grave crisis económica en España. A partir de entonces, se establecieron prolíficos vínculos de todo tipo, que tuvieron como principal nexo la interlocución directa, personal y de confianza entre los monarcas.
Juan Carlos I supo dar una renovada utilidad a la Corona, sirviendo de enlace con las principales jefaturas de Estado de Oriente Medio. Los diferentes Gobiernos españoles y empresas del país utilizaron la influencia del rey para entrar en las valiosas economías del golfo Pérsico. Las relaciones estuvieron inicialmente centradas en el petróleo y el gas, pero luego han ido profundizando en otros aspectos, convirtiéndose España en uno de los principales proveedores de armamento militar de la zona y participando en importantes infraestructuras, como el tren de alta velocidad de La Meca. Asimismo, las monarquías árabes tenían en el líder español el perfecto apoyo para sus propios intereses en España y Europa. Juan Carlos I dejó de ser una figura meramente representativa para convertirse en una pieza clave del desarrollo de las relaciones bilaterales entre los países. Ese fue uno de los grandes logros políticos del rey emérito, puesto que supo hacer trascender su papel y postularse como elemento indispensable y necesario.
Redefinir el papel del rey y las alianzas externas
Los contactos personales de Juan Carlos I con las monarquías del golfo Pérsico le concedieron una particular fama y reputación entre la élite política, mediática y económica de Madrid. Se estableció durante décadas un mínimo consenso entre las diferentes partes por la cual se consideraba del ámbito privado del monarca sus relaciones con las dinastías árabes, siempre y cuando esos vínculos siguieran siendo fructíferos para los intereses estratégicos españoles. Los dirigentes árabes estimaron al monarca de España como el perfecto mediador para facilitar su entrada en los mercados europeos y mejorar el diálogo político entre Gobiernos. Las relaciones adquirieron un elevado grado de confianza, al mismo tiempo que de opacidad y discrecionalidad. Las visitas oficiales fueron acompañadas durante años por desplazamientos particulares del rey español a aquellos países o los viajes de figuras reales árabes a las costas españolas.
A partir del 2011 comienzan a ponerse en cuestión seriamente las relaciones de España con ciertos regímenes árabes y, especialmente, el papel que juega la Corona en este tipo de alianzas. Las revueltas árabes y la dura represión que en muchos de estos países sigue teniendo lugar, pone en entredicho la coherencia de los principios democráticos que los Estados europeos dicen defender y sus conexiones con regímenes autoritarios. La crisis económica, política e institucional en territorio español desde el 2009 tuvo su corolario en la monarquía, obligando a Juan Carlos I a abdicar en junio de 2014 en favor de su hijo Felipe VI, en un intento por renovar la institución y apartar las crecientes críticas a la opacidad que rodeaba al anterior monarca. No obstante, el rey emérito continúo teniendo un papel destacado en la acción diplomática y comercial del Estado.
La crisis interna abierta tras su marcha del país no solo tiene implicaciones directas en la legitimidad de la institución, sino también en el propio desarrollo de las relaciones internacionales de España. Juan Carlos I fue capaz de personalizar y monopolizar los vínculos con países clave como las monarquías del golfo Pérsico. Aunque Felipe VI pretende seguir su estela y mantener la labor representativa a escala internacional, el grado de cercanía y confianza que su antecesor logró tener con sus homólogos árabes aún parece lejano. Estas circunstancias representan también un problema para el Gobierno español, que está obligado a redefinir el papel exterior de la Corona y plantear nuevas fórmulas con sus socios de Oriente Medio sin la mediación del rey emérito.







