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La polarización social lleva años acentuándose en países tan dispares como Estados Unidos, Turquía, Brasil, Kenia, Indonesia, el Reino Unido o India. En múltiples ocasiones han sido los propios líderes políticos los que han fomentado el rechazo al rival y la división social mediante discursos identitarios que fragmentan a la sociedad entre sus partidarios —nosotros, los buenos— contra los otros, a los que desacreditan y niegan la legitimidad política.
La irrupción de la pandemia de coronavirus ofrecía una oportunidad para sanar las heridas de la polarización. Otros contextos trágicos, como desastres naturales, accidentes nucleares, ataques terroristas o guerras fueron catalizadores de consensos y de respuestas nacionales con un amplio respaldo de la opinión pública. En estas ocasiones los líderes políticos y sociales solían apelar a la identidad nacional por encima de las diferencias partidarias, lidiar con el oponente político de manera constructiva y empática y promover la cooperación, motivados por el interés general. Durante la pandemia, algunos países han seguido este patrón. Pero hay otros muchos que se caracterizan precisamente por lo contrario.
La polarización, una secuela prevenible
Tres de los países donde la pandemia ha servido para reforzar la unidad política son Portugal, Grecia y Canadá, donde el consenso entre los principales partidos ha contribuido a mantener la cohesión social. Grecia y Canadá, además, se encontraban muy polarizados al inicio de la pandemia. El Reino Unido, Italia o Francia también lo estaban, aunque estos representan un escenario intermedio: a pesar de que el Gobierno y la oposición han logrado consensos que han favorecido cierta concordia social, la polarización sigue siendo notable. El caso francés es particularmente llamativo, porque la pandemia coincidió con masivas movilizaciones de los chalecos amarillos y la campaña de las elecciones municipales, en las que los extremos no se han visto favorecidos. No obsta...
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