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“Israel es la única democracia de Oriente Próximo”. Esta creencia ha acompañado al país desde su fundación el 14 de mayo de 1948. Rodeado por monarquías absolutistas, dictaduras militares y teocracias autoritarias, Israel se ha vendido como un oasis en la región. Los índices más prestigiosos todavía lo incluyen entre los países democráticos. Sin embargo, casi nunca lo fue: Israel lleva décadas ocupando ilegalmente los territorios de Palestina y discriminando a su población.
Amnistía Internacional, Human Rights Watch o la ONG israelí B’Tselem califican ese régimen de apartheid. El término es cada vez más frecuente incluso en Estados Unidos, tradicional aliado de Israel. Pero la deriva antidemocrática va más allá de la represión al pueblo palestino. Desde que Tel Aviv optó por convertirse en una etnocracia judía, su persecución se ha extendido hasta los cristianos. A ello se suma el giro autocrático impulsado por el Gobierno de Benjamín Netanyahu y sus socios de extrema derecha, que están intentando asaltar el poder judicial y controlar la policía y los medios de comunicación.
La “democracia” que discrimina a los palestinos
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