Geopolítica Asia-Pacífico

Las Islas Marshall, un cementerio nuclear en mitad del Pacífico

Las Islas Marshall, un cementerio nuclear en mitad del Pacífico
Detonación de la bomba Baker en el atolón Bikini, Islas Marshall, 1946. Fuente: Departamento de Defensa de EE. UU.

Pese a estar lejos de la atención mediática, las Islas Marshall han sido el escenario de algunos de los desafíos globales de los últimos cien años. Estados Unidos se hizo con su control en la Segunda Guerra Mundial y las usó para hacer pruebas nucleares en sus atolones como parte de la carrera armamentística con la URSS. Las secuelas de la radiación nuclear en la población se suman ahora al desafío del cambio climático, que amenaza con sumergir las islas, haciendo desaparecer el hogar de los nativos y vertiendo los residuos nucleares al Océano Pacífico.

A medio camino entre Hawái y Filipinas, las Islas Marshall se componen de más de 1.200 islas situadas en veintinueve atolones coralinos, veinte de los cuales están deshabitados. Se estima que sus primeros pobladores no llegaron hasta el año 2.000 a.c., provenientes del sudeste asiático. Las islas permanecieron fuera del alcance de las potencias europeas hasta que en 1529 el explorador español Álvaro Saavedra avistó el archipiélago. Pese a formar parte del Imperio español durante gran parte de su historia colonial, las Islas Marshal fueron ignoradas por las potencias europeas al carecer de recursos naturales y otras riquezas. España no reclamó formalmente su soberanía sobre ellas hasta 1874, aunque desde el siglo XVIII Alemania y el Reino Unido habían establecido allí puestos comerciales. Este movimiento llevó al Imperio alemán a lanzar una política más agresiva para tratar de anexionar las islas, que culminaría con la creación de un protectorado alemán en 1885 tras una compensación de 4,5 millones de dólares a España. 

Japón tomó control sobre el archipiélago al principio de la Primera Guerra Mundial, expulsando a los alemanes. Sin embargo, en 1944 tropas estadounidenses desembarcaron en las islas y desalojaron a los japoneses, estableciendo allí bases militares. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos llegó a un acuerdo con las Naciones Unidas en 1947 según el cual las islas de Micronesia —de las que las Islas Marshall forman parte— quedaron bajo la jurisdicción de Estados Unidos como Territorio en Fideicomiso de las Islas del Pacífico. Las Islas Marshall solo alcanzarían la independencia completa en 1990.

Las pruebas nucleares estadounidenses

En los primeros años de la Guerra Fría, el temor a que la Unión Soviética se hiciera con armas nucleares hizo que Estados Unidos estableciera los denominados campos de pruebas del Pacífico, una serie de sitios en las Islas Marshall y otras islas del Pacífico que sirvieran como lugares para pruebas nucleares. Pese a que Estados Unidos ya tenía un sitio dedicado exclusivamente a las pruebas nucleares en su propio territorio, en Nevada, el clima de las islas, no propenso a tormentas tropicales, junto con su remota ubicación y escasa población llevó a EE. UU. a elegir el archipiélago para realizar pruebas atómicas.

Las dos primeras pruebas se llevaron a cabo en 1946 en el marco de la Operación Crossroads, que pretendía comprender mejor el efecto de las bombas atómicas en objetivos navales. Lanzadas en el atolón Bikini, fueron las primeras detonaciones de bombas nucleares desde el bombardeo de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945. La primera bomba, llamada Able, se utilizó sin problemas, aunque cayó algunos kilómetros más lejos de su objetivo. Baker, la segunda bomba, fue detonada bajo el agua, creando una radiación superior a lo previsto que amenazó con dañar al personal estadounidense, lo que obligó a suspender la tercera prueba que se había planeado originalmente. 

Explosión de la bomba nuclear Baker en el atolón Bikini, Islas Marshal, en 1946. Fuente: Wikipedia

Después de que la Unión Soviética sorprendiera al mundo haciendo su primer ensayo nuclear en 1949, el presidente Truman decidió invertir más recursos en la investigación de la bomba termonuclear, más sofisticada y destructiva que la bomba atómica. Las primeras pruebas termonucleares se llevaron a cabo en el atolón Enewetak en 1952 bajo el nombre de Operación Ivy. Estas pruebas incluyeron el lanzamiento de Shot Mike, la primera bomba termonuclear jamás detonada, quinientas veces más poderosa que la bomba de Nagasaki. Dos años más tarde, como parte de la Operación Castle, Estados Unidos probaría el dispositivo termonuclear más grande jamás detonado por EE. UU., llamado Castle Bravo, que resultó ser mil veces más poderoso que las bombas atómicas utilizadas en Hiroshima y Nagasaki en 1945. 

La prueba de Castle Bravo es considerada el peor accidente nuclear de la historia de Estados Unidos. La explosión, que fue dos veces y media mayor de lo esperado, causó niveles de radiación más altos de lo que los científicos habían predicho, poniendo en peligro a los militares estadounidenses que participaron en la operación y a los propios isleños. Aunque inicialmente fue organizada como una prueba nuclear secreta, la propagación del material radiactivo hasta Australia, India, Japón e incluso Estados Unidos y partes de Europa hicieron que Castle Bravo tuviera alcance internacional. Por ejemplo, la radiación afectó a un pesquero japonés que estaba trabajando a unos 128 kilómetros del sitio de la prueba, matando a veintitrés miembros de la tripulación. Los accidentes relacionados con esta prueba nuclear contribuyeron a que se prohibieran las pruebas atmosféricas de dispositivos termonucleares en 1963 con el Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares (TPPEN). 

Pese a que EE. UU. organizó una serie de evacuaciones, esto no evitó que la radiación de Castle Bravo afectara a los habitantes de los atolones cercanos al sitio de la prueba, provocando dosis letales de radioactividad. En muchos casos, los isleños ignoraban que se había producido una prueba nuclear o desconocían las consecuencias de la radioactividad. Como un senador marshalés, Jeton Anjain, explicó sobre la prueba de 1954: “Cinco horas después de la detonación, comenzó a llover lluvia radiactiva en Rongelap. El atolón estaba cubierto con una sustancia fina, blanca, en forma de polvo. Nadie sabía que era lluvia radiactiva. Los niños jugaban en la ‘nieve’. Se la comieron”. Tras la prueba, se estimó que 665 habitantes de los atolones cercanos habían sido expuestos a los que se consideran los niveles de radiación más altos de la historia.  

Prueba nuclear Castle Bravo en el atolón Bikini, Islas Marshall. 1954. Fuente: Wikipedia

La era de exploración espacial entre Estados Unidos y la URSS que empezó a finales de los años 50 y el activismo de la sociedad civil contra las consecuencias de la radioactividad condujeron a un período de cierta estabilidad con respecto a las pruebas nucleares. Como consecuencia, EE. UU. aceptó en 1958 una moratoria temporal en las pruebas nucleares con la Unión Soviética y el Reino Unido, que era la otra potencia nuclear hasta la fecha, habiendo realizado su primera prueba nuclear en 1952. Este acuerdo marcó el fin de las pruebas nucleares en las Islas Marshall y la transformación del atolón Enewetak en un campo de pruebas de armas convencionales y biológicas. Durante las dos décadas siguientes, Estados Unidos lanzaría misiles balísticos desde California, probaría armas biológicas y detonaría una serie de bombas convencionales en las islas. Cuando la última prueba nuclear se efectuó en 1958, Estados Unidos había llevado a cabo un total de 67 pruebas nucleares en las Islas Marshall en poco más de una década.

Los marshaleses, principales víctimas de las pruebas nucleares

Antes de realizar las primeras pruebas nucleares en las islas, el comodoro de la Marina estadounidense Ben Wyatt se reunió con los 167 habitantes del atolón Bikini en 1946 para pedirles que lo evacuaran temporalmente para que Estados Unidos pudiera realizar allí pruebas nucleares. Los isleños votaron abandonar temporalmente el atolón y mudarse a la isla Rongerik, una isla deshabitada a doscientos kilómetros de distancia. Una vez reubicados, los isleños tuvieron dificultades para alimentarse, ya que los recursos en su nueva isla eran limitados, lo que llevó a EE. UU. a trasladarlos a Kili, otra isla deshabitada, dos años más tarde. 

En Kili los recursos también escaseaban, por lo que EE. UU. enviaba periódicamente alimentos en barco. Dos décadas después de la evacuación, el presidente Johnson prometió en 1968 a los 540 marshaleses que vivían en Kili que pronto volverían a su hogar. En los años siguientes se elaboró un plan de limpieza, replantación de árboles y construcción de viviendas en el atolón Bikini, lo que permitió que algunos marshaleses volvieran a sus hogares en los setenta. Sin embargo, en 1978 fueron nuevamente reubicados por los problemas de salud generados por la escasez de alimentos y la excesiva contaminación radiactiva. A día de hoy, el atolón Bikini permanece deshabitado, aunque ocasionalmente es visitado por buceadores deportivos

Residentes del atolón Bikini subiendo a bordo de un barco de la Marina estadounidense para abandonar el atolón, 1946. Fuente: Wikipedia 

Pese a que Estados Unidos trató de proteger tanto a los participantes de las pruebas como a los isleños, diversos estudios médicos han mostrado que la radioactividad provocó un incremento en enfermedades por radiación. La exposición a la radiactividad se ha relacionado con el incremento de la alopecia, lesiones en la piel y varios tipos de cáncer como la leucemia. Las consecuencias de la radioactividad también han dejado sus secuelas en la cultura y el día a día de los marshaleses. Muchos de ellos evitan casarse con gente que vive en los atolones expuestos a la radioactividad, mientras que otros son víctimas del alcoholismo e incluso optan por el suicidio. Dado que en sus nuevos hogares no pueden practicar la agricultura y pesca de subsistencia, dependen del envío de alimentos procesados por parte de Estados Unidos, como pollo y arroz blanco. Esto ha contribuido a un incremento en la tasa de obesidad y diabetes, que es la primera causa de muerte en el país, seguida por el cáncer.

La respuesta estadounidense a su legado nuclear 

Las autoridades estadounidenses limpiaron los residuos radiactivos del atolón Enewetak y los transportaron a la isla de Runit entre 1977 y 1980. 4.000 soldados estadounidenses participaron en la recogida de residuos radiactivos equivalentes a 33 piscinas olímpicas. Los restos fueron mezclados con cemento y almacenados en el cráter de una prueba nuclear realizada en 1958 que se tapó con una cúpula de hormigón. La cúpula de la isla de Runit, también llamada “La Tumba” por los isleños, es ahora un símbolo del legado nuclear de la Guerra Fría y las acciones que Estados Unidos llevó a cabo por su seguridad nacional a costa de los marshaleses. Una investigación de Los Angeles Times descubrió en 2019 que el Gobierno estadounidense escondió información sobre el contenido de la cúpula de Runit, como el envío de 130 toneladas de residuos radiactivos de su campo de pruebas de Nevada en 1958 o la realización de pruebas de armas biológicas en el atolón Enewetak. 

Las Islas Marshall obtuvieron su independencia de Estados Unidos con la ratificación del Tratado de Libre Asociación en 1986, liberando al Gobierno estadounidense de responsabilidad sobre las islas. Cuatro años más tarde, en 1990, la ONU dio por extinguido el fideicomiso estadounidense sobre el territorio y pasó a considerar a las Islas Marshal un país plenamente independiente. Desde la redacción de su Constitución en 1979, las Islas Marshall son una república, con un sistema parlamentario unicameral y un presidente que es jefe de Estado y del Gobierno al mismo tiempo.

Cúpula de la isla de Runit, llamada “La Tumba” por los isleños, que almacena los residuos radiactivos recogidos entre 1977 y 1980. Fuente: Wikipedia 

Si bien el Gobierno marshalés es soberano en sus relaciones exteriores y es un Estado miembro de las Naciones Unidas desde 1991, EE. UU. tiene plena autoridad en la seguridad y defensa de las Islas Marshall según los términos del Tratado. Cómo compensación, EE. UU. otorgó a los ciudadanos marshaleses el derecho a trabajar y estudiar en Estados Unidos sin necesidad de visado. Los jóvenes marshaleses más brillantes y ambiciosos suelen emigrar a Hawái, la costa oeste estadounidense o el noroeste de Arkansas, donde los marshaleses representan un 38% de la mano de obra. El Tratado también incluye la Sección 177, en la que EE. UU. reconocía el sacrificio que el pueblo marshalés había hecho por la seguridad nacional estadounidense y aceptaba la responsabilidad de compensar a los isleños por la pérdida de sus propiedades y los daños en su salud. Como indemnización, Estados Unidos dio 150 millones de dólares a las Islas, lo que según el Tratado exoneraba a EE. UU. de todas las reivindicaciones que se pudieran presentar en el futuro. 

El Tribunal de Reclamaciones Nucleares de las Islas Marshall se estableció en 1988 para garantizar el cumplimiento de la Sección 177 del Tratado de Libre Asociación. Una de sus funciones más importantes era determinar las compensaciones por lesiones de salud y por daños a la propiedad que las pruebas nucleares habían causado a la población. Sin embargo, el Tribunal se quedó sin sin fondos en el año 2000 al haber repartido los 150 millones de compensación que EE. UU. había enviado, con lo cual no podían hacer frente a más indemnizaciones. El Gobierno de las Islas Marshall envió una petición al Congreso de Estados Unidos argumentando que los costes de los daños eran mayores de lo esperado y pidiendo una compensación adicional de 3.000 millones de dólares.

El Departamento de Estado de EE. UU. desestimó en 2004 la petición de las Islas Marshall alegando que esta no tenía base legal, ya que no se sustentaba en los términos Tratado de Libre Asociación. No obstante, Estados Unidos sí aceptó una nueva versión del Tratado que entró en vigor en 2004 que estipula que darán al menos 57 millones de dólares al año a las Islas Marshall hasta 2023. Estos fondos representan la mitad del PIB marshalés y el 70% de sus ingresos fiscales. Ante esa situación de dependencia, ambas partes están negociando un nuevo fondo fiduciario para proporcionar ayuda económica a las islas más allá de 2023.

El cambio climático, una nueva amenaza

Por si el legado nuclear no fuera poco, la crecida del nivel del mar como consecuencia del cambio climático constituye una nueva amenaza existencial para las islas. El nivel del mar en las islas podría subir entre 0,3 y 1,2 metros para 2100, según un informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés). Esta subida podría hacer desaparecer gran parte del territorio marshalés, cuya altitud media es de 2,1 metros, siendo ocho metros el punto más alto. Una subida del nivel del mar sería desastroso para el país, cuya economía se apoya en la economía de subsistencia, la artesanía y en menor medida el turismo. Debido a esta situación, el Gobierno de las Islas Marshall declaró en 2019 el estado de emergencia climática y actualmente busca opciones para proteger a sus 58.000 habitantes de los efectos de esta crisis. 

El cambio climático también pone en peligro el legado nuclear estadounidense. El mismo estudio sugiere que el atolón Kwajalein, donde EE. UU. tiene una base militar como parte del Tratado de Libre Asociación, podría verse inundado para el año 2030. Además, la cúpula nuclear de la isla de Runit muestra signos de descomposición. Según un estudio publicado por el Departamento de Energía de Estados Unidos en 2013, hay partes de la cúpula que se están empezando a agrietar, provocando que parte de los residuos radiactivos salgan al exterior. Ahora, debido a los efectos del cambio climático, cabe la posibilidad de que la cúpula se rompa del todo o acabe sumergida, liberando su contenido en el Océano Pacífico. Dada esta creciente amenaza, las autoridades de las Islas Marshall han tratado de presionar sin éxito al Gobierno de Estados Unidos en busca de un incremento en la ayuda económica estadounidense.   

A todo esto hay que sumar el cambio geopolítico que se está produciendo en el Pacífico con el ascenso de China como gran potencia. Las Islas Marshall, con quién EE. UU. mantiene una relación estratégica, son también un aliado de Taiwán, un territorio que China reclama como suyo desde el final de la guerra civil china en 1950. Sin embargo, la pobreza generalizada de las islas, junto con los desafíos del cambio climático y el legado nuclear, han hecho que el Gobierno marshalés se vea atraído por el estímulo económico que ofrece China. Dado que las indemnizaciones estadounidenses expiran en 2023 y que Washington ha mostrado poco interés en apoyar a las Islas Marshall frente al desafío climático, Pekín podría aumentar su presencia en el Pacífico proporcionando ayuda y préstamos a las Islas Marshall.

Las Islas Marshall, pese a su remota localización, han estado expuestas a dos de las amenazas globales del último siglo: las armas nucleares y el cambio climático. Sumados a las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y China, estos desafíos siguen presentes en el día a día de las islas, que buscan desesperadamente soluciones para preservar sus hogares y mantener su estilo de vida. Tras casi 75 años de la primera prueba nuclear, las Islas Marshall demuestran que la Guerra Fría y la carrera nuclear dejaron cicatrices en cada rincón del planeta que el cambio climático ahora amenaza con volver a abrir. 

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