El día que Madeleine Albright, la secretaria de Estado con Bill Clinton, dejó su cargo en enero de 2001, escribió la siguiente nota: “Este es mi último sumario del INR. Y no puedo imaginarme cómo voy a tener idea alguna de lo que realmente está pasando sin vosotros”. Hoy esa nota cuelga en el despacho central del INR, la Oficina de Inteligencia e Investigación de Estados Unidos, una pequeña agencia adscrita al Departamento de Estado, según cuenta un reciente reportaje del medio estadounidense Vox. El INR “casi siempre tiene razón”, dice su exdirectora Ellen McCarthy en dicho artículo.
El INR es “la única organización de inteligencia de Estados Unidos cuya responsabilidad primaria es proporcionar inteligencia para informar a la diplomacia y apoyar a los diplomáticos estadounidenses”, señala la web del Departamento de Estado. Para los estándares de Washington, es una agencia diminuta: apenas unos quinientos empleados, de los cuales alrededor de trescientos son analistas. En comparación, la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA) del Pentágono tiene más de 16.500, la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) emplea a unas 32.000 personas, y aunque las cifras de la CIA son secretas, en 2013 había aumentado su personal de 17.000 a 21.575, según los datos filtrados por el excontratista Edward Snowden. Su presupuesto también es modesto: 83,5 millones de dólares, apenas un 0,1% del gasto total de la comunidad de inteligencia de EE. UU., según Vox, pero suficiente para tener una tasa de aciertos muy superior que sus hermanas mayores.
Vietnam, Corea del Norte o la revolución iraní: la larga lista de éxitos del INR
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