Política y Sociedad América del Norte

La inmigración en Estados Unidos, una historia de éxito

La inmigración en Estados Unidos, una historia de éxito
Mural recordando a los migrantes en Ellis Island. Fuente: Gerson Galang (Flickr)

Aunque EE. UU. es sin ninguna duda un “país de inmigrantes”, la llegada de nuevos ciudadanos siempre ha creado tensiones con los hijos de los que desembarcaron antes. A pesar de esto, los datos muestran que los 43 millones de inmigrantes que viven actualmente en EE. UU. y sus 39 millones de hijos estadounidenses hacen una contribución fundamental a la economía del país, incluso los que están allí ilegalmente. Los mitos que asocian inmigración a delincuencia o a abuso de los servicios sociales son eso, mitos.

Cuando se dice que EE. UU. “es un país de inmigrantes” es mucho más que un cliché. Solamente un 1,5% de la población desciende de los nativos americanos, lo que quiere decir que un 98,5% tiene su origen familiar en otra parte del mundo. Los fundadores del país eran principalmente descendientes de los británicos, holandeses y suecos que se establecieron en la Costa Este a principios del siglo XVII y que casi de inmediato empezaron a comprar esclavos negros traídos a la fuerza desde África. Pero esto fue solo el principio. 

Los recién nacidos Estados Unidos de América decidieron por ley en 1790 darle la nacionalidad a toda “persona blanca de buen carácter” que residiera durante dos años en su territorio. Solo entre 1820 y 1920 llegaron legalmente a EE. UU. casi cuarenta millones de inmigrantes, casi todos europeos: primero irlandeses y alemanes, luego italianos y austrohúngaros, más británicos, rusos… Se calcula que cuatro de cada diez estadounidenses tienen sus raíces en Ellis Island, el islote junto a la Estatua de la Libertad que sirvió de puerta de entrada a millones de europeos entre 1892 y 1954. Desde los años sesenta, la mayoría de los inmigrantes de EE. UU. son latinoamericanos.

Los ataques contra los inmigrantes o su utilización política son casi tan viejos como el propio país. El partido político xenófobo Know-Nothing (‘Saber nada’) nació a mediados del XIX con un programa radical contra a la inmigración, fundado por descendientes de colonos protestantes enfurecidos por la llegada de millones católicos alemanes e irlandeses. A finales de siglo esos irlandeses ya tenían tensiones similares con los italianos que desembarcaron en Nueva York y hoy los nietos de esos italianos avalan con su voto el discurso antinmigración de Trump. La historia de EE. UU. es un largo “el último que cierre la puerta”.

¿Quiénes son hoy los inmigrantes en EE. UU.?

43 millones de personas en EE. UU., un 13% de la población, han nacido en otro país. De ellos, el interés político se suele centrar en algo más de once millones que están ilegalmente en EE. UU., pero conviene recordar que son más los trece millones que tienen los papeles en regla y los veinte millones que ya han obtenido la nacionalidad estadounidense. Además, hay otros 39 millones que son estadounidenses hijos de migrantes, a los que se conoce como “la segunda generación”, otro 12% de la población. 

Hay muchos inmigrantes, pero desigualmente repartidos: más de la mitad están concentrados en un puñado de estados. En California, el más rico y más poblado del país, uno de cada cuatro habitantes ha nacido fuera de EE. UU. y la mitad de los niños tiene al menos un padre migrante. Solamente en el condado de Los Ángeles, el 36% de la población no es estadounidense de nacimiento. Además de California, los otros tres estados con más población inmigrante son las otras locomotoras económicas del país: Texas, Nueva York y Florida. En todos ellos los inmigrantes superan el 10% de la población, mientras que en otros 43 estados el porcentaje de población inmigrante no llega al 3%.

Los inmigrantes “sin papeles” en EE. UU.

De esos once millones de inmigrantes que están en situación irregular, casi la mitad son mexicanos y otro 15% más viene de América Central. Al igual que los “legales”, los inmigrantes irregulares se concentran en apenas un puñado de estados y el 60% vive en una veintena de grandes ciudades. Aunque reciben más atención política que nunca, lo cierto es que el número de “sin papeles” está bajando. Entre 1990 y 2007 su número se triplicó, pero desde entonces ha descendido un poco porque vienen menos mexicanos y muchos de los que estaban en EE. UU. han decidido regresar a su país. Los expertos lo achacan a que hay menos empleos de baja cualificación para ellos, al endurecimiento de las políticas migratorias y al descenso radical de la natalidad en México. 

Aunque el retrato del “sin papeles” siempre lleve asociada la imagen de una persona vadeando el río Grande —que en parte de su recorrido sirve de frontera entre México y Texas— en mitad de la noche, solo el 38% de los inmigrantes en situación irregular han cruzado la frontera sin permiso. La gran mayoría, más del 60%, entró en EE. UU. con un visado y simplemente se quedó más allá del tiempo estipulado. Los “sin papeles” tampoco son recién llegados: dos de cada tres llevan en EE. UU. más de diez años, aproximadamente la mitad habla bien inglés y uno de cada tres se ha comprado ya una casa en su país de acogida. 

Los estados del sur y los costeros tienen mayor proporción de inmigrantes “sin papeles” que los del interior.

Muchos políticos actuales los demonizan, pero la contribución económica al país de los “sin papeles” está fuera de toda duda: solamente en impuestos locales y estatales pagan más de 10.000 millones de euros al año, alrededor de un 8% de sus ingresos reales, mientras que el tipo efectivo de los más ricos de EE. UU. está en el 5,4%. A muchos les deducen además impuestos de la nómina porque dan un número de identificación fiscal falso y al menos la mitad de los trabajadores inmigrantes “sin papeles” eligen voluntariamente presentar la declaración de la renta todos los años por si en el futuro les beneficia de cara a una regularización. Aportan anualmente al sistema de pensiones el equivalente a 12.000 millones de euros cuando reciben menos de 900 en pagos. Y todo a pesar de que están excluidos por ley de la inmensa mayoría de las ayudas sociales.

Por si fuera poco, aunque los “sin papeles” representan solo el 5% de los trabajadores en EE. UU., su trabajo es absolutamente fundamental en varios sectores clave: son al menos la mitad de todos los recolectores agrícolas y el 15% de los que trabajan la construcción. Si todos fueran deportados mañana, el país tendría un grave problema de salud pública, ya que representan además una cuarta parte del sector de la limpieza. Solamente en Nueva York el 70% de los inmigrantes en situación irregular trabajan en industrias consideradas “esenciales” durante la pandemia de coronavirus, como la sanidad o el cuidado de ancianos.

La idea de que estos inmigrantes hacen los trabajos que los estadounidenses no quieren parece tener fundamento. La mitad de los “sin papeles” no ha acabado la educación secundaria, y las diferencias con los estadounidenses con similar nivel de estudios son abismales: casi el 90% de los primeros trabajan frente a menos del 60% de los segundos. La primera explicación es que los inmigrantes irregulares buscan empleo mucho más activamente, ya que no tienen acceso a ayudas sociales. Además, delinquen mucho menos que los estadounidenses nativos. Todo ello sin que se haya podido demostrar que su presencia en el mercado laboral haga bajar los salarios de los demás trabajadores. 

Los propios estadounidenses parecen ver esta realidad, a la luz de sus opiniones sobre los inmigrantes irregulares. Casi el 80% cree que los “sin papeles” ocupan los empleos que los nativos no quieren, una opinión que comparten tanto los votantes republicanos como los demócratas. A pesar de esto la mayoría cree que el Gobierno no debe incluirlos en las ayudas a los que han perdido su empleo durante la pandemia, por ejemplo, aunque el 84% de los inmigrantes en situación irregular tiene un empleo que no le permite teletrabajar. 

La politización de la inmigración y sus mitos

Aunque EE. UU. sea “un país de inmigrantes”, la batalla política sobre de dónde han de venir esos inmigrantes ha existido desde la fundación del país. Cuando en 2018 Trump se preguntaba por qué EE. UU. recibía tantos trabajadores de “países de mierda” y no “más gente de Noruega”, era difícil no recordar la primera ley estadounidense de inmigración que ya en el siglo XVIII buscaba “personas blancas de buen carácter” o la que en 1924 prohibió la entrada a los asiáticos y restringió enormemente, por ejemplo, la de los españoles. Durante aquellos debates, un congresista nacido precisamente en Noruega lo justificó diciendo que España era “una olla hirviendo de anarquismo”.

En realidad, los argumentos racistas contra la inmigración han cambiado poco con los siglos: vienen a robarnos el trabajo, a delinquir, “no se adaptan”, abusan de los servicios públicos, no quieren aprender el idioma, “es una invasión”… una serie de mitos con poco reflejo en la realidad y que se desmontan fácilmente. 

El más usado es el del crimen. Trump ha sido particularmente insistente a la hora de asociar inmigración y delincuencia, haciendo campaña en numerosas ocasiones acompañado de familiares de víctimas de crímenes cometidos por inmigrantes en situación irregular, las que se conocen como “familias ángeles”. Varios estudios han demostrado que un inmigrante, tanto en situación legal como irregular, tiene muchas menos posibilidades que un estadounidense nativo de delinquir. Y también hay pruebas de que cuando en un barrio aumenta el número de “sin papeles”, no solo no crece la criminalidad sino que disminuye.

En algunos condados del sur de Estados Unidos más del 70% de la población habla castellano.

El presidente también ha usado repetidamente la palabra “invasión” para referirse a la inmigración procedente de México y para justificar su idea de construir un muro fronterizo. Habla constantemente de una supuesta emergencia nacional, cuando las cifras señalan que la inmigración irregular en realidad está disminuyendo: el número de inmigrantes en “sin papeles” en EE. UU. lleva cayendo desde hace trece años, principalmente porque se ha reducido mucho la llegada de mexicanos, y las entradas ilegales a través de la frontera del sur han descendido radicalmente durante las últimas dos décadas: en el año 2000 más de millón y medio de personas fueron detenidas intentándolo, por solo 62.000 en el año 2018.

La lista sigue: la inmigración no baja los salarios de los trabajadores estadounidenses ni aumenta su desempleo. Tampoco los inmigrantes abusan de los servicios públicos, principalmente porque los que están en situación irregular no tienen derecho a casi ninguno e incluso los “legales” tienen un periodo barrera de cinco años antes de poder reclamar algún beneficio social. Además, contrariamente al relato interesado que se hace en algunos círculos conservadores, los migrantes aprenden hoy más inglés y más rápido que los que venían de Europa a principios de siglo. Todas esas son acusaciones sin fundamento que perpetúan la leyenda urbana de que “no se adaptan”. 

La integración de los inmigrantes en EE. UU.: una historia de éxito

Los inmigrantes en EE. UU., con o sin papeles, trabajan muy duro, delinquen menos y hacen una contribución esencial al país pero, ¿se integran? Para saber eso habría que empezar por definir qué es integrarse: ¿abandonar el fútbol por el football, quizá convertir el inglés en la primera lengua del hogar? La verdad es que no hay mejor indicador para la integración que echar un vistazo detallado a los hijos de esos inmigrantes, a cómo crecen y en qué se convierten los niños estadounidenses nacidos de padres extranjeros.

Unos 39 millones de estadounidenses son hijos de al menos un inmigrante y, según un estudio de 2013, esos “estadounidenses de segunda generación” son un caso de éxito. Aunque sus padres eran claramente más pobres que la población de su país de acogida, los hijos se han equiparado en ingresos al resto de estadounidenses. Y pese a que sus padres tenían un nivel educativo más bajo, ellos van a la universidad por encima de la media nacional. Además, tienen el doble de probabilidad de casarse con una persona de raza diferente a la suya que un estadounidense medio y, aunque se definen como “típicamente estadounidenses”, la mayoría mantiene otra identidad como, por ejemplo, la de “hispano”. 

Con respecto a su ideología, los hijos de inmigrantes son bastante más propensos que el estadounidense medio a creer en el “sueño americano” de llegar lejos trabajando duro. También es mucho más probable que se alineen con una ideología más de izquierdas y que se sientan más cercanos al Partido Demócrata que al Republicano, aunque no está claro si esto es consecuencia del discurso antinmigración de muchos conservadores o si la relación causa-efecto es la contraria. 

En los próximos años se verán muchos cambios en la inmigración en EE. UU. Los inmigrantes nacidos en el sudeste asiático ya han superado en número a los provenientes de México. El vecino del sur cada vez envía menos gente y, aunque cada vez son más los centroamericanos que huyen a EE. UU. escapando de la violencia de sus países, los acuerdos que Trump ha firmado con los Gobiernos centroamericanos van a dificultar la llegada de refugiados. Incluso si las actuales cifras se mantienen, para 2055 ya habrá más inmigrantes asiáticos que latinoamericanos en Estados Unidos. 

Hasta la mitad del siglo XX, la mayoría de los inmigrantes que llegaban a EE. UU. eran europeos. Ahora son latinoamericanos, pero estos pronto serán superados por los asiáticos. Fuente: elaboración propia del autor con datos del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos

Todas estas previsiones dependen en parte de la evolución del marco regulatorio, y ese es un debate abierto. Por un lado, los demócratas tienen mucha presión para reformar el sistema: se han comprometido a salvaguardar a los conocidos como dreamers, niños que entraron irregularmente en EE. UU. cuando tenían menos de dieciséis años, normalmente llevados allí por sus padres. Ese es su objetivo inmediato, pero preferirían una reforma migratoria que ofreciera un camino a la legalización para algunos de los once millones de inmigrantes en situación irregular, una medida al estilo de la amnistía del presidente Ronald Reagan en 1986, que regularizó a tres millones de extranjeros. Un acuerdo parecido ya estuvo muy cerca en 2013 y contó con cierto apoyo republicano, pero el Partido Republicano ha cambiado mucho desde entonces.

Con Trump los republicanos proponen una reinvención draconiana del sistema, la práctica interrupción de la inmigración a EE. UU., tanto legal como ilegal: no aceptar refugiados, reducir radicalmente la entrada de inmigrantes, sobre todo los no cualificados, y acabar con la reagrupación familiar que ha sido el centro del sistema desde hace más de medio siglo. Eso además de deportar al mayor número posible de “sin papeles”, independientemente de que lleven en el país quince días o treinta años. Los dos partidos nunca han estado tan alejados, conforme el discurso republicano se hace más nacionalista y el electorado demócrata se vuelve cada vez más diverso.   

EE. UU., un país fundado y sostenido por inmigrantes, lleva sus casi 250 años de historia manejando esa tensión entre los recién llegados y los que quieren cerrar las puertas. Más allá del clima político, nada será tan determinante para definir quiénes serán los inmigrantes del futuro cómo la evolución de la economía: si EE. UU. necesitará a los asiáticos que copan los visados patrocinados por las grandes empresas tecnológicas o a los latinoamericanos sin estudios que han levantado buena parte del boom económico del último medio siglo. Puede incluso que el país necesite a ambos, aunque al Gobierno de Trump no le gustan ni unos ni otros. Solo hay una cosa segura: el país ha demostrado a lo largo de su historia una enorme capacidad de asimilar extranjeros, de aprovechar sus capacidades y de integrarlos a ellos y a sus descendientes. El “modelo estadounidense” es el de la inmigración, y un giro nativista sería una innovación de consecuencias imprevisibles.

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