2020 no empezó bien para Irán: el 3 de enero murió asesinado Qasem Soleimani, el militar más influyente del país y una de las personas más poderosas después del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei. Como general de división y jefe del grupo élite Al Quds de la Guardia Revolucionaria Islámica —encargado, entre otras, de las operaciones en el exterior—, controlaba de facto la política de Irán en Oriente Próximo. A Soleimani se le atribuye la estrategia del expansionismo chií, la derrota de Dáesh en Irak o la victoria del presidente Bashar al Asad en la guerra de Siria. Su popularidad en Irán era tal, que en 2019 un estudio reveló que el 82% de la población le era favorable. De hecho, los presidentes George W. Bush y Barack Obama no se atrevieron a atentar contra él por miedo a desatar una guerra entre Estados Unidos e Irán. Donald Trump, sin embargo, sí lo hizo.
Escalada de tensiones como antesala
El ataque a Soleimani fue el culmen de una serie de enfrentamientos entre Estados Unidos e Irán que tenía lugar desde finales de 2019. La crisis había empezado un año antes, cuando el entonces presidente estadounidense Trump abandonó el acuerdo nuclear con Teherán. A partir de entonces, la Casa Blanca emprendió una política de máxima presión y restableció unas sanciones que ahogaron la economía iraní. En represalia, ese verano Irán obstaculizó el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, en la llamada crisis de los buques petroleros, con sabotajes y detenciones a varias embarcaciones de países aliados de Estados Unidos.
Los enfrentamientos fueron a más y el 27 de diciembre una treintena de misiles alcanzaron una base militar iraquí en la ciudad norteña de Kirkuk, que albergaba tropas norteamericanas. En el ataque murió un contratista civil estadounidense y Trump acusó a Soleimani de estar detrás. Dos días después, Estados Unidos acabó con la vida de veinticuatro miembros de la milicia iraquí proiraní Kataeb Hezbolá, a lo que esta respondió rodeando y bloqueando la embajada estadounidense en Irak durante todo el 31 de diciembre.
La siguiente reacción de la Casa Blanca fue ordenar el asesinato de Soleimani: el 3 de enero de 2020, un dron destruyó el convoy en el que viajaba el alto mando militar iraní, de 63 años, cerca del aeropuerto de Bagdad. El ataque también acabó con la vida de Abu Mahdi al Muhandis, líder de Kataeb Hezbolá. Trump arguyó que había mandado matar a Soleimani para evitar una guerra con Irán, pero la relatora especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, Agnes Callamard, reaccionó cuestionando la legalidad del ataque y que esa guerra fuese a ocurrir. Seis meses después, la relatora concluyó en un informe presentado ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU que el asesinato de Soleimani no se justificaba desde el derecho internacional e Irán emitió una orden de arresto contra Donald Trump.
De la «venganza» a la búsqueda de acuerdo: después del asesinato de Soleimani
La muerte de Soleimani, ascendido de forma póstuma a teniente general, disparó las alarmas en Oriente Próximo. En los días que siguieron al asesinato, con miles de personas en las calles iraníes, las búsquedas en Google de “tercera guerra mundial” se multiplicaron, las autoridades de Irán encabezadas por el ayatolá y el presidente Hasán Rohaní se apresuraron a prometer venganza y el precio del barril de petróleo subió cerca de un 3% ante la aparente inminencia de un conflicto armado. Los principales líderes regionales enseguida trataron de rebajar la tensión: el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan llamó a la calma, Israel prefirió mantener un perfil bajo y Arabia Saudí envió una delegación diplomática a Washington para mostrar su preocupación ante una posible guerra entre Estados Unidos e Irán.
Sin embargo, la venganza de Teherán resultó ser mucho menor de lo que esperaba. El 8 de enero, las autoridades iraníes dispararon más de veinte misiles balísticos a varias bases militares en Irak que albergaban tropas estadounidenses, pero apenas causaron daños. Después del ataque, el ministro de Exteriores iraní, Javad Zarif, anunció que la venganza había concluido, pues el país no quería una guerra con Estados Unidos. Irán, sin embargo, no estaba preparado para luchar con la primera potencia militar del mundo, y su entonces convulsa situación interna por inestabilidad política y económica tampoco se lo permitía. Así, lo que siguió al asesinato de Soleimani fue más una retórica incendiaria que una amenaza de guerra. Dos años después, con el clérigo ultraconservador Ebrahim Raisí como presidente de Irán, Joe Biden en la Casa Blanca y su intención de volver al acuerdo nuclear, las relaciones entre Teherán y Washington parecen relajarse y abandonar el estado de tensión constante.







