27 de octubre de 1922

27 de octubre de 1922: el movimiento fascista de Mussolini marcha sobre Roma

Miles de camisas negras emprendieron la Marcha sobre Roma el 27 de octubre de 1922. Ese golpe de fuerza llevaría al poder a su líder, Benito Mussolini, y supondría el comienzo de la Italia fascista, que marcaría la primera mitad del siglo XX en Europa.
27 de octubre de 1922: el movimiento fascista de Mussolini marcha sobre Roma
Los camisas negras en Bolonia, con Benito Mussolini al frente, en la "Marcha sobre Roma". Fuente: Wikimedia

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El final de la Primera Guerra Mundial no tuvo los resultados esperados para Italia. La frustración se extendió por el país, que no cumplió sus aspiraciones territoriales pese a haber formado parte del bando vencedor, mientras tampoco escapaba del desequilibrio económico, el descontento social y la inestabilidad política de los años de posguerra. 

Benito Mussolini era entonces una figura importante en el Partido Socialista Italiano. De inclinaciones ultranacionalistas, se mostró favorable a la intervención en la guerra, al contrario que sus colegas, lo que le llevó a abandonar el partido. Ya en 1919, creó en Milán los Fasci Italiani di Combattimento, que darían nombre al movimiento fascista.

De partido irrelevante a tomar la calle con violencia

Italia celebró ese año sus primeras elecciones generales tras la guerra y el resultado del fascio de Mussolini fue pobre. Entonces la estrategia fascista se extendió de las urnas a las calles: las milicias paramilitares o squadre se extendieron por el país para luchar contra el auge socialista. Sus miembros, los squadristi, serían llamados “camisas negras” por su uniforme distintivo. La violencia que protagonizó el squadrismo sirvió para aupar al fascio de Mussolini hasta ser la organización política más grande de Italia, que en 1921 se convirtió en el Partido Nacional Fascista (PNF).

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Mussolini contaba con las simpatías del Ejército y los conservadores, que lo veían como un instrumento violento para debilitar a la izquierda. Pero eso no le bastaba: el fascismo debía llegar al poder. El ala radical del PNF abogaba por un golpe de Estado, mientras que la moderada aspiraba a encabezar un Gobierno de coalición. En octubre de 1922 se impuso la vía radical, como resumió el propio Mussolini en un discurso en Nápoles: “O nos dan el Gobierno o iremos […] a tomarlo”. Iba a comenzar la Marcha sobre Roma.

Cerca de 25.000 camisas negras entraron en Roma el 27 de octubre de 1922. Pretendían hacer una demostración de fuerza para chantajear al rey Víctor Manuel III y forzar la designación de Mussolini como nuevo primer ministro, en una suerte de golpe de Estado sin violencia. En su desplazamiento hacia la capital en trenes, camiones o a pie, los fascistas ocuparon ayuntamientos y arsenales de armas en el norte de Italia. Mientras tanto, Mussolini se mantuvo a la espera en Milán.

El asalto al poder

En Roma, el Gobierno del liberal Luigi Facta intentó decretar el estado de sitio. El entonces primer ministro estaba dispuesto a defender el Estado vigente incluso por la fuerza, pero el rey se opuso y Facta se vio obligado a dimitir. El monarca quería evitar un nuevo estallido de violencia que derivara en una guerra civil, sobre todo con una parte de las fuerzas armadas que era favorable a los fascistas.

El vacío de poder fue ocupado por el conservador Antonio Salandra, a quien se le confío la tarea de formar un gabinete junto a Mussolini. Pero este no se contentaba con eso: si no obtenía el Gobierno, el líder fascista crearía uno paralelo en Milán. Al final, el 29 de octubre el rey accedió a darle el poder. Al día siguiente, Mussolini se presentó en Roma para organizar su nuevo Ejecutivo, que contaba tan solo con tres fascistas. Para celebrar la noticia, unos 70.000 camisas negras desfilaron el 31 de octubre por la capital.

Poco después de tomar el poder, Mussolini cambió la ley electoral, garantizándose la mayoría en las siguientes elecciones, en 1924. El golpe definitivo a la oposición llegó en junio de ese año, cuando varios fascistas asesinaron al político socialista Giacomo Matteotti. A partir de ese momento, el régimen abandonaría toda apariencia democrática e instauraría una dictadura fascista que abolió los derechos fundamentales, disolvió los partidos, promovió el culto al líder y adoptó el corporativismo.

Del pretendido Imperio romano al fusilamiento

La Italia fascista defendió un imperialismo agresivo que se nutría del nacionalismo exacerbado y el irredentismo. La política exterior era un instrumento para la política interior. Por ello Mussolini promovió la reconciliación con el papado en los Pactos de Letrán de 1929, obteniendo así gran aceptación entre la población. Italia buscaba extender su influencia por el Mediterráneo como heredera del Imperio romano y destacar en el escenario internacional. En ese sentido, Mussolini convirtió a Albania en un Estado satélite y se lanzó a la expansión colonial en Libia y Abisinia, actual Etiopía.

El punto de inflexión fue la invasión de Abisinia en 1935, por la que el Reino Unido y Francia condenaron a Italia. Como consecuencia, Mussolini viró hacia el entendimiento con la Alemania nazi. La relación germano-italiana se reafirmó con la intervención en la guerra civil española en favor de los sublevados, e Italia acabaría entrando en la Segunda Guerra Mundial en 1940 en apoyo de Hitler. Sin embargo, tras la invasión aliada en 1943, Mussolini sería depuesto y, finalmente, fusilado por partisanos italianos en 1945.

Julen Kenk

Madrid, 1999. Graduado en Historia por la Universidad Complutense. Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática. Apasionado de las conexiones entre el deporte, la política y la historia.

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