Política y Sociedad Europa

Víctimas del Homocausto: los homosexuales durante el nazismo

Víctimas del Homocausto: los homosexuales durante el nazismo
Espectáculo travesti de soldados nazis. © Soldier Studies, Martin Dammann (ed.), Hatje Cantz

El nazismo dejó tras de sí millones de muertos y una cifra incalculable de víctimas. Entre las más olvidadas se encuentran las personas LGTB —sobre todo los gays, quienes sufrieron los mayores rigores de la persecución—, una población que vivió una dura represión y no recibió reconocimiento hasta prácticamente el siglo XXI.

El Holocausto nazi supuso uno de los mayores genocidios en toda la Historia de la humanidad. Estuvo dirigido principalmente contra judíos, eslavos, gitanos, discapacitados, testigos de Jehová, opositores al régimen y homosexuales varones; en total, una cifra de varios millones de muertos de difícil cuantificación debido a la disparidad de criterios en la definición y, sobre todo, la insuficiente documentación. Individualizar el número de víctimas de cada uno de estos colectivos tampoco resulta una tarea sencilla; en el caso de los hombres homosexuales, las investigaciones de Rüdiger Lautmann arrojan el resultado de que entre 1935 y 1943 casi 50.000 civiles homosexuales —de unos 100.000 arrestados— fueron condenados a prisión en virtud del infame párrafo 175 del Código Penal prusiano, que penaba las relaciones sexuales entre varones, y entre 5.000 y 15.000 condenados y detenidos en prisión preventiva fueron a parar a campos de concentración, donde su índice de mortalidad rondaba el de los judíos —en torno al 60%— a pesar de no existir una vocación tan expresa de eliminar a los homosexuales.

Estas cifras, comúnmente admitidas, están, sin embargo, incompletas. Debido a la escasez de registros y a la destrucción de archivos durante las últimas semanas de vida de los campos, no existen datos de condenas entre 1943 y el final del régimen en 1945. Tampoco se incluyen las condenas a homosexuales basadas en otros artículos utilizados alternativamente al 175 ni las cifras de homosexuales internados sin sentencia o con distintivos diferentes al triángulo rosa ni las ejecuciones sumarias o selectivas en el ejército, las calles o al ingresar en los campos ni las pérdidas en el frente de homosexuales condenados. Por último, están sin cuantificar las víctimas de las esterilizaciones, experimentos médicos e internamientos psiquiátricos, muchos de los cuales acabaron en muerte. Así, distintos investigadores dan cifras bastante superiores, desde 200.000 hasta el millón; el propio Rudolf Höss, después comandante de Auschwitz, afirmaba haber supervisado el exterminio de dos millones de homosexuales en Dachau.

Los supervivientes gays conocidos del Holocausto fueron menos de una veintena. Gracias a sus relatos y diversas investigaciones, ha sido posible recrear la vivencia de las personas LGTB durante el III Reich. Sin embargo, la escasez y la fiabilidad incierta de datos y relatos aconsejan cautela a la hora de aproximarse a un tema más bien desconocido y con un gran riesgo de caer en el victimismo.

Para ampliar: “Exterminio bajo el nazismo”, Fundación Triángulo en Orientaciones, 2003

El edén perdido

El Código Napoleónico de 1810 fue el primero de la Historia en despenalizar las relaciones entre personas del mismo sexo al considerarlas un delito “imaginario”. Siguiendo la Ilustración francesa, las legislaciones de Baviera y Hanóver hicieron lo mismo en 1813 y 1840, respectivamente; de hecho, varios territorios alemanes contaron con soberanos homosexuales durante los siglos XVIII y XIX. Tras la guerra franco-prusiana (1870-1871), el káiser Guillermo I de Alemania instauró el II Reich y extendió a todo el Imperio alemán el Código Penal prusiano, cuyo artículo 175 castigaba con penas de prisión y pérdida de los derechos civiles “la fornicación contra natura realizada entre hombres o de personas con animales”. A lo largo de más de medio siglo, convivirían en la sociedad y la política alemanas dos tendencias: una conservadora, respaldada por las nacientes teorías psiquiátricas de higiene social —que posteriormente servirían de sustento científico para la “Solución final”—, que exigía la extensión de la prohibición a las mujeres, así como al aborto, la prostitución, la emancipación femenina y la pornografía, y una de corte progresista, que permitió cierta laxitud en la aplicación de la ley durante la República de Weimar y el nacimiento del primer movimiento por la emancipación homosexual.

Ya en los años 60 del siglo XIX, el abogado Karl Heinrich Ulrichs había acuñado el término uranista para referirse a los varones homosexuales y se manifestó públicamente a favor del fin de su criminalización. Durante el cambio de siglo, el psiquiatra Magnus Hirschfeld continuó la lucha de Ulrichs y, con la ayuda de los socialdemócratas y comunistas, consiguió el apoyo parlamentario para la reforma penal, que se vio frustrada en el último momento por la crisis financiera que sucedió al crack de 1929. El clima social, efectivamente, era el idóneo: al igual que en otros países europeos, los “felices años 20” estuvieron marcados por el intenso desarrollo de una cultura uranista —sobre todo en la capital—, con locales, fiestas y publicaciones propios y organizaciones políticas, culturales y sociales que contaban con decenas de miles de miembros —se calcula que en Alemania había unos 1,2 millones de hombres homosexuales en 1928—. Pero no todo era tan brillante en este edén: cada año cientos de hombres eran encarcelados en virtud del párrafo 175 y comenzaban a fraguarse grupúsculos ultranacionalistas que llegaron a atacar en varias ocasiones a Hirschfeld y a asesinar al ministro de Exteriores Walther Rathenau —significativamente, ambos judíos y homosexuales, aunque hubiera otros motivos detrás de los ataques— y que conformarían la base para el Partido Nacionalsocialista.

Publicidad del bar de ambiente Eldorado, reconvertido en 1933 en una oficina de propaganda nazi. Fuente: Cabaret Berlin

Durante la breve utopía uranista de la posguerra —entre 1914 y 1918 había tenido lugar la I Guerra Mundial—, se desarrolló de forma paralela un movimiento reaccionario espoleado por las imposiciones a Alemania y la situación económica y laboral en los años 30, que favorecían una retórica populista basada en promesas y el señalamiento de los “enemigos de la nación”. Aunque el Partido Nacionalsocialista no consiguió una mayoría suficiente para gobernar, el presidente Hindenburg nombra canciller a Adolf Hitler el 30 de enero de 1933. Un mes después, Hitler se arroga por decreto presidencial poderes de emergencia tras el incendio provocado del Reichstag —Parlamento alemán—. Si una semana antes algunas de sus primeras medidas habían sido prohibir la prostitución y las organizaciones y locales de homosexuales, durante el mes de marzo prohibirá asimismo el nudismo y la pornografía y comenzarán a abrirse los primeros campos de concentración. Un mes después se crea la Gestapo —la ‘Policía Secreta del Estado’— y a principios de mayo son detenidos los líderes de los principales sindicatos, se destruye el Instituto para la Ciencia Sexual de Hirschfeld y se quema su archivo —aunque posiblemente varios documentos comprometedores pasaron antes a manos de la Gestapo—. Durante los siguientes meses, se producirán redadas y cierres forzosos de locales de ambiente, que se reabrirán temporalmente durante las Olimpiadas de Berlín en 1936 para dar una imagen de apertura ante los visitantes.

El mito de los nazis gays

Pese a las primeras alarmas que habían despertado estas rápidas medidas del nuevo líder, la población LGTB alemana encontraba cierta seguridad en la figura de Ernst Röhm, comandante del grupo paramilitar de los camisas pardas o Sección de Asalto (SA). Aunque tuvieron sus desencuentros, Röhm había sido uno de los padrinos políticos de Hitler y su homosexualidad era de dominio público; de hecho, su autoritarismo rezumaba un culto castrense a la virilidad no insólito en otros movimientos dirigidos por hombres fuertes. Es por ese motivo por lo que la SA se asociaba con una particular presencia de homosexuales —según Hirschfeld, varios se encontraban entre sus expedientes destruidos—, una creencia ampliamente explotada por los detractores antifascistas y posteriormente utilizada en una suerte de revisionismo homófobo que sobrestima la supuesta homofilia nazi mientras ignora convenientemente que la mayoría de los SA no eran homosexuales, que todos los líderes nazis a excepción de Röhm eran —en principio— heterosexuales y que el nazismo defendía, ante todo, una visión extrema de la heterosexualidad basada en la familia tradicional y la misoginia, hasta el punto de que persiguió duramente la homosexualidad dentro y fuera de sus filas.

Para ampliar: “Una nación LGTB”, Nacho Esteban en El Orden Mundial, 2017

Grupos de socialización como las Juventudes Hitlerianas solían recibir burlas por su homoerotismo. La concepción de la masculinidad en la primera mitad del siglo XX permitía un contacto físico más estrecho entre los hombres, aunque sin duda sirvió para ocultar relaciones románticas y sexuales. Fuente: Histomil

Röhm aspiraba a convertirse en el segundo hombre fuerte del Reich mientras expandía su fuerza paramilitar a expensas del Ejército regular —Reichwehr, luego renombrado Wehrmacht o ‘Fuerza de Defensa’—. Hitler, que necesitaba el apoyo militar para su proyecto imperial, urdió un plan junto con Hermann Göring —su mano derecha— y Heinrich Himmler —líder de la Gestapo y las SS o ‘Escuadras de Protección’— y el 30 de junio de 1934 pusieron en marcha la Operación Colibrí, más conocida como la Noche de los cuchillos largos, en la que asesinaron a decenas de miembros de la SA y otros posibles opositores bajo el pretexto de frustrar un golpe de Estado en germen. Röhm ya no era útil, suponía una amenaza, y los conspiradores justificaron la purga por la supuesta extensión de la homosexualidad entre los paramilitares, como ya hicieran antes con Van der Lubbe —el incendiario del Reichstag— y repetirían para intentar destituir al comandante de las fuerzas terrestres, Werner von Fritsch. La misma estrategia sirvió para el encierro de intelectuales y miembros de organizaciones católicas. Con una opinión pública impertérrita ante la masacre, daba comienzo la radicalización del régimen; el mismo día que Röhm fue asesinado Hitler ordenó purgar el Ejército, temeroso de la existencia de una “orden secreta del tercer sexo”.

Cuando Hitler robó el conejo rosa

Con el fallecimiento del presidente Hindenburg, Hitler asume la jefatura del Estado mediante un decreto ilegal ratificado en referéndum. Bajo el mandato del ahora Führer, la escalada antihomosexual del régimen se disparó: en octubre de 1934 la Gestapo ordena a todas las comisarías entregar las listas rosas de homosexuales, lo que le permitiría identificar, arrestar, interrogar y chantajear con mayor facilidad. Aparte de la vigilancia de locales, urinarios públicos y parques, la causa más frecuente de detención de homosexuales —eminentemente varones— fueron las denuncias de conocidos y las delaciones por otros homosexuales interrogados, de tal manera que hasta los simples rumores hacían recaer la carga de la prueba sobre el acusado. Las detenciones y los interrogatorios se realizaban sin orden judicial ni garantías procesales y la intimidación y la tortura estaban a la orden del día; algunas declaraciones de culpabilidad firmadas “sin coacciones” resultaban ilegibles por las manchas de sangre.

Ese mismo mes Himmler crea una división especial dentro de la Gestapo para perseguir a los homosexuales, que dos años después será absorbida por la Oficina Central del Reich para Combatir el Aborto y la Homosexualidad u Oficina Especial. Himmler estaba obsesionado con la pureza y la perpetuación de la raza aria, por lo que le preocupaban los bajos índices de natalidad ante la demanda de mano de obra y soldados. Si bien promovió medidas eugenésicas como la eliminación de los homosexuales varones —siempre presentes en sus discursos como síntoma de la degeneración del país—, las lesbianas y algunos jóvenes gays pudieron salvarse gracias a su valor para los intereses demográficos del régimen. Otras de las medidas promovidas para mejorar las cifras de fertilidad fueron ascender a los funcionarios que se casaran jóvenes, ayudas a la maternidad, la creación o tolerancia de prostíbulos y el secuestro de niños y mujeres de países vecinos para germanizarlos y llevar a cabo programas de reproducción selectiva.

Desde 1923 la tasa de fertilidad alemana no ha superado los 2,5 hijos por mujer. Fuente: Our World in Data

Durante los años siguientes, la situación solo empeora. En el aniversario del asesinato de Röhm el párrafo 175 se endurece como parte de las llamadas leyes de Núremberg: las penas aumentan y el texto de la ley se vuelve amplio y difuso —cubre desde abrazos hasta miradas lujuriosas—, lo que, sumado a la arbitrariedad judicial, supone un incremento de las causas. Aunque la mayoría de ellas involucraron previsiblemente a hombres homosexuales, sin duda también debieron de afectar —en una medida incuantificable— a hombres bisexuales e incluso heterosexuales. En cuanto a las mujeres, existen muy pocos casos de condenas; aunque evidentemente había lesbianas en los campos de concentración, la mayoría estaba allí por otros motivos. Además de las otras consecuencias para la población LGTB en general —cierre de locales, clandestinidad, éxodo, soledad, matrimonios de conveniencia…—, tuvieron graves problemas laborales y, en algunos casos, fueron víctimas de violencia y explotación sexual o internadas en psiquiátricos. Por último, el caso de la población trans es particular: si bien la destrucción del Instituto Hirschfeld supuso un varapalo para una comunidad naciente, que hubo de exiliarse, resignarse a vivir en la clandestinidad o afrontar los rigores del nuevo régimen, el travestismo no era una práctica infrecuente entre los soldados nazis a principios de los 40. No obstante, en 1941 Himmler ordenaría la ejecución o encarcelamiento —según la gravedad— de todos los SS que tuvieran un “comportamiento indecente con otro hombre” y el ministro de Justicia decretaría un año después la pena de muerte para los homosexuales.

Para ampliar: “La persecución de los homosexuales del Tercer Reich”, Museo Estadounidense del Holocausto

La vida en los campos de concentración

Particularmente después del asesinato de Röhm, miles de hombres homosexuales fueron a parar a los campos de concentración. En los años siguientes, Himmler ordena enviar a los homosexuales a los campos de exterminio —los llamados campos de nivel tres o “molinos de huesos”—, en algunos casos sin condena o tras haber sido absueltos y en otros previo paso por prisión; incluso hubo homosexuales que, después de cumplir su condena, fueron enviados a los campos en “custodia protectora” o estuvieron sujetos a un régimen de “vigilancia policial planificada” que limitaba su movilidad. Al contrario de lo que se suele pensar, no todos los campos de exterminio tenían como objetivo inmediato el asesinato de los prisioneros; en muchos casos, se trataba de una consecuencia premeditada del trabajo forzado, con lo que se combinaba el castigo —la tortura física y psicológica y, finalmente, la muerte— con el imperativo de eficiencia bélica, sobre todo a partir de los 40, cuando el contexto de guerra lleva además a una mayor cautela documental y a órdenes menos explícitas respecto al genocidio.

La mayoría de los homosexuales fueron a parar a Mathausen, Dachau y Auschwitz, pero también hubo triángulos rosas en Sachsenhausen, Flosenburgo, Buchenwald, Schirmeck, Natzweler, Fuhlsbuttel, Neusustrum, Sonenburgo, Lichtenburgo, Ravensbruck, Neuengamme, Gross-Rosen, Vught, Stutthof, Struthof y Butzow.

Al ocupar el escalafón ínfimo dentro de la jerarquía de los campos, los presos marcados con el triángulo rosa no solían medrar y ejecutaban las labores más duras en peores condiciones, por lo que eran más prescindibles y su tasa de supervivencia, menor. Para perjudicar a un interno, bastaba con sugerir que era homosexual, ya que eran objeto de maltratos, violaciones y torturas especiales, tanto por vigilantes como por presos, además de ejecuciones y experimentos. Miles de homosexuales sufrieron castraciones, ya fuera debido a campañas de esterilización masiva o “voluntariamente” bajo falsas promesas de libertad o amenazas de internamiento. Otros eligieron convertirse en carne de cañón para el frente o en protegidos de los kapos y oficiales a cambio de favores sexuales —especialmente los eslavos jóvenes, homosexuales o no—; algunos de ellos llegaron a contar con auténticos harenes de menores. Esto demuestra que, independientemente de su orientación sexual, las relaciones sexuales entre presos y entre estos y los SS estaban a la orden del día —algo que Himmler trataría de atajar instalando burdeles en algunos campos— y que la homofobia se dirigía principalmente contra los triángulos rosas.

El triángulo rosa fue el principal distintivo de los homosexuales dentro de los campos nazis. Fuente: Wikimedia

En el sistema de etiquetado de los presos, los triángulos tenían unos cinco centímetros de base; en cambio, el distintivo rosa de los homosexuales era uno o dos centímetros mayor para que fuera más visible —en el campo de Flosenburgo, llegarían a ser casi el doble de grandes y con un listón amarillo de doce centímetros—. Anteriormente se habían utilizado brazaletes amarillos con la letra A impresa —de Arschficker, literalmente ‘follaculos’—, grandes lunares negros y el número 175, así como cintas azules en Schirmeck. Algunos triángulos rosas fingían ser comunistas cuyo distintivo rojo había perdido el color; otros consiguieron hacerse con otras insignias e incluso hubo quienes preferían la estrella amarilla de David. En la jerarquía de los campos, el homosexual ocupaba el último lugar entre los infrahombres, pero, a diferencia de los gitanos y los judíos, carece de un término propio para referirse a su genocidio. A menudo segregados dentro de los campos y con prohibiciones especiales, como la de no confraternizar entre sí, sus peores condiciones, su heterogeneidad, su reducido porcentaje en los campos y un clima de miedo a las delaciones y de represión impidieron una verdadera solidaridad de grupo, como la de otros triángulos.

Para ampliar: Rudolf Brazda: itinerario de un triángulo rosa, J. L. Schwab y R. Brazda, 2011

Las víctimas del Homocausto

Aunque el régimen nazi supo ocultar hasta el fin de la guerra la verdadera naturaleza de los campos e intentó borrar las huellas de sus crímenes, el silencio posterior de los investigadores respecto a la persecución de las personas LGTB fue clamoroso. La homosexualidad seguía estando mal vista e incluso castigada en algunos países europeos; de hecho, los aliados enviaron a algunos homosexuales a prisión a cumplir su pena sin considerar el tiempo en los campos —a diferencia de los ex-SS, cuyo trabajo se tuvo en cuenta para el cómputo de las pensiones—. Hasta 1969, el artículo 175 siguió en vigor y supuso más de 47.000 condenas en Alemania. Muchos tuvieron dificultades laborales y personales por ser oficialmente delincuentes con antecedentes sexuales y sufrieron el ostracismo, el negacionismo, el silencio y la vergüenza, cuando no directamente la violencia física y verbal.

El Gobierno alemán se resistió durante décadas a cualquier monumento en memoria de las víctimas LGTB; en los actos conmemorativos podían escucharse gritos homófobos y los homosexuales evitaban visibilizarse. Hasta la segunda mitad de los 80, se les denegó el estatus de víctimas del nazismo y, por tanto, cualquier tipo de indemnización, que solamente consiguieron a iniciativa de los partidos verde y socialdemócrata y después de trabas burocráticas insólitas y litigios; en consecuencia, muy pocos recibieron compensación: la mayoría murió antes o ni lo intentó. En 2000 se produjo la primera disculpa oficial y en 2002 se concedió el perdón retroactivo para las sentencias nazis; la compensación por todas las posteriores ha tenido que esperar hasta 2019. Aún hoy existe cierta resistencia a reconocer la persecución de las personas LGTB durante la dictadura y se desconocen las dimensiones de la diáspora LGTB que provocó el nazismo, pero el triángulo que tantos lucieron en sus chaquetas y pantalones se ha convertido en un símbolo de activismo y de lucha contra el olvido.

Para ampliar: Párrafo 175, documental de R. Epstein y J. Friedman, 2000

2 comentarios

  1. Y comunistas. Masacres de comunistas.
    Las lesbianas tampoco lo pasaban muy bien por cierto.

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    Elisa Pina Hernando