La nueva hispanidad: cómo la derecha ha relanzado el nacionalismo español

El españolismo derechista se ha vuelto menos católico y más racista. Pero está dividido: mientras Vox se desmarca de la Iglesia y se debate en su oposición a la inmigración, el PP se acerca al evangelismo de origen latinoamericano. La izquierda, en cambio, brilla por su ausencia en el relato nacional.
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La nueva hispanidad: cómo la derecha ha relanzado el nacionalismo español
Manifestación de Vox en la plaza de Colón de Madrid en febrero de 2019. Fuente: Vox España (Flickr)

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La fiesta nacional del 12 de octubre no enfervorizaba a mucha gente en España hasta hace unos pocos años. El descubrimiento de América en 1492, celebrado desde el IV Centenario en el siglo XIX, ha sido una jornada para la exaltación del país y de los lazos culturales con las antiguas colonias de su imperio. Esa conmemoración y la concepción de la hispanidad han variado al compás de los cambios políticos, del Día de la Raza primorriverista y franquista al Encuentro de Dos Mundos felipista, pero sin ser un remoto equivalente al 14 julio en Francia o el 4 de julio en Estados Unidos. Sin embargo, en los últimos años, la jornada ha cobrado forma de un pride españolista en un contexto de renovada guerra cultural.

Mientras escribimos estas líneas, unos días antes del 12, suenan marchas militares en altavoces dispuestos por las calles de Madrid, donde el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso despliega un programa de varios días. Se ha celebrado ya un concierto de Gloria Estefan y se preparan otros en escenarios por toda la ciudad. La presidenta madrileña lleva años prodigándose en una glorificación hispana desplegada en viajes a América, zalamerías a la comunidad latinoamericana residente en Madrid —sobre todo a sus miembros más ricos, convirtiéndola en una nueva Miami— o la bendición a proyectos como el musical Malinche, de Nacho Cano. Madrid quiere convertirse en capital de un imperio ahora no político, sino económico; un punto de encuentro, negocios y coordinación para las oligarquías de Iberoamérica en esta nueva hispanidad.

El nuevo anticlericalismo de derechas

La nueva apoteosis hispana guarda diferencias importantes con el discurso hispanista conservador clásico. La primera es que la derecha y la ultraderecha españolas están dejando de ser católicas. Con timidez, dando dos pasos atrás y uno adelante, es un proceso paralelo al acercamiento gradual a las iglesias evangélicas. Las teologías de la prosperidad que estas promueven, su credo simplificado y jerárquico, su vehemencia contra las causas de la moral progresista, singularmente las feministas y LGTBIQ+, atraen más a las derechas contemporáneas que la Iglesia católica. El anterior papa, en particular, se caracterizó por un discurso anticapitalista y de denuncia del cambio climático, su defensa de los migrantes o su acercamiento a las personas trans. Discurso que el nuevo pontífice está enfriando, pero no impugnando.

Santiago Abascal, presidente de Vox, cargó en agosto con dureza inédita contra la Conferencia Episcopal Española. Criticaba su “posición [pasiva] frente al islamismo extremista que avanza”, “su silencio ante muchas políticas de género” y “ante el derecho a la vida”, o “su posición ante el Valle de los Caídos”, maliciando que quizás se debía a “los casos de pederastia”. Un incipiente anticlericalismo de derechas que recuerda al “Tarancón al paredón” contra el obispo Vicente Enrique y Tarancón y el alineamiento de una parte de la Iglesia post-Concilio Vaticano II con el antifranquismo al final de la dictadura. Mientras tanto, Díaz Ayuso y el alcalde madrileño José Luis Martínez Almeida se dejan querer por los grupos evangélicos. Sus pastores piden el voto para el PP e invitan a los púlpitos a sus dirigentes, y el PP recibe a pastores como la colombiana Yadira Maestre, que en 2023 bendijo en un mitin a los líderes del partido.

Si la relación de la derecha española con el catolicismo cambia, lo hará su relación con la hispanidad, porque la historia de lo hispano es indesligable de lo católico. A instancias de los Reyes Católicos se descubrió América, y aquel fue el credo llevado a unas tierras que siguen siendo el gran granero católico del mundo, aunque el evangelismo amenaza con arrebatarle el puesto en favor de África. De América han salido los dos últimos papas: argentino Francisco; peruano de adopción León XIV. Pero el mensaje católico elemental y compartido hasta por los pontífices más conservadores choca con el discurso antiinmigración, crecientemente duro y racista, que la ultraderecha abandera, y la derecha tradicional empieza a abanderar.

Hispanidad vs. “hispanchidad”: una identidad racista

El otro rasgo de la nueva hispanidad es el propio racismo. Incluso en la ultraderecha española del último siglo ha sido raro el racismo crudo de los fascismos nórdicos. El modelo a seguir para el fascismo español siempre fue el italiano, que proclamaba el afán imperialista —y racista— de “civilizar a los salvajes”, pero no compartía el racismo biológico de los nazis. El mensaje, más sincero o menos, mejor o peor llevado a la práctica, era que, si los salvajes se civilizaban, se volverían igual de válidos que los blancos. 

Faccetta nera (‘Carita negra’), una canción famosa de la época de Mussolini, cantaba a una beldad abisinia que debía aguardar esperanzada la llegada del colonizador italiano. Él le daría un’altra legge e un altro Re (‘otra ley y otro rey’) y la llevaría a Roma, liberata, para vestir la camisa negra, convertirse en “romana” y marchar con los fascistas, ondeando la bandera tricolor. En España, este ha solido ser el discurso falangista: José Antonio Primo de Rivera escribía que “el Imperio español jamás fue racista; su inmensa gloria estuvo en incorporar a los hombres de todas las razas a una común empresa de salvación”. Sólo grupos menores como el Círculo de Amigos de Europa (CEDADE) en los años ochenta adoptaban la visión germánica, realzando una España conectada a Europa y la blanquitud, antes que a Iberoamérica y su “crisol de razas”.

Sin embargo, hoy la minoría va camino de convertirse en mayoría. En los últimos meses se ha abierto una zanja en la ultraderecha española, entre un sector enemigo de toda inmigración y otro que promueve una excepción hispana. Abascal pertenece al segundo: “Nosotros no tenemos ningún problema con las personas de otros lugares ni con el color de la piel. A nosotros nos preocupa lo que algunos traen en la cabeza”, declaró en clara referencia a los musulmanes. El portavoz de Inmigración de Vox, Samuel Vázquez, comentaba en The Objective que “no es lo mismo recibir hispanoamericanos, con los que compartes todo (religión, cultura, usos sociales…), que recibir africanos, que no comparten nada con nosotros y encima su religión es incompatible con Occidente”. Otra figura del partido, Hermann Tertsch, tuiteó que “equiparar en España la inmigración hispanoamericana con la musulmana es un disparate […] no ya contra una identidad común, sino contra el inmenso potencial de la hispanidad si logramos juntos acabar con [el] socialismo”. 

Estas declaraciones irritan al otro sector, sobre todo el más joven, en el que se han popularizado insultos como “panchito” o “machupichu” o incluso el neologismo burlesco de la “hispanchidad”. Sus adeptos, incluyendo líderes de Vox como el diputado Carlos H. Quero o el exvicepresidente castellano y leonés Juan García-Gallardo, cargan contra la “sustitución demográfica” que consideran la llegada de latinoamericanos. El primero borró un tuit contra el influencer ultraderechista boliviano Carlitos de España en el que lo acusaba de hacer apología de la “gran sustitución” en respuesta a otro tuit de aquel: “No nos toquéis el coño a los panchos en Cataluña con el catalán porque en breve seremos mayoría”. Gallardo, por su parte, lanza tuits irónicos sobre las independencias de antes y las llegadas de ahora, o haciendo hincapié en el auge evangélico entre la población latinoamericana en España frente al catolicismo tradicional.

También hay una suerte de término medio. El escritor ultraderechista Javier Ruiz Portella, en su artículo “¿Hispanidad, Hispanchidad o Europeidad?”, declara su preocupación por “la multitud de mestizos hispano-indios que se lanzan y lanzarán cada vez más a recorrer en sentido inverso la ruta de los conquistadores”. Apunta el escritor que “llegan, es cierto, sin ánimo explícito de conquistar nada, pero su llegada tendrá el indudable efecto de marcar a su manera —y manera que nada grande nos aportará— nuestra identidad; esa identidad que, según sea su grado de mestizaje, ellos comparten parcialmente, pero sólo en parte, con nosotros”. No desea que lleguen masivamente a España, pero reconoce que los “panchitos” son la menor “amenaza” frente a los “moritos” en lo que la ultraderecha tilda de “invasión”.

Las divisiones son un problema para cualquier bloque ideológico, pero no necesariamente una debilidad. A veces son lo que en inglés se llama growing pains: los dolores del crecimiento; los de una pubertad acelerada que al estirar los huesos y los músculos los resiente, pero no deja de significar crecimiento y adquisición de fuerza física. Aunque la derecha se pelee, está sabiendo reinventar y resignificar sus símbolos de un modo que, cuando las contradicciones se resuelvan, puede volverse muy difícil de paralizar.

El vacío de la izquierda

El problema deriva en la izquierda: su difícil relación con la idea de hispanidad brilla por su ausencia. Ni siquiera son habituales las reuniones con los líderes y movimientos de los actuales Gobiernos latinoamericanos: Gabriel Boric, Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y Pedro Sánchez se juntan mucho menos que Abascal, José Antonio Kast, Jair Bolsonaro y Javier Milei. Si a principios de siglo se daban estos encuentros frente al imperialismo estadounidense, ahora no hay un equivalente en la izquierda de las cumbres internacionales que es habitual que Vox organice en IFEMA o el pabellón de Vistalegre.

En España tampoco hay un discurso de izquierda sobre lo hispano o la España diversa. Apenas hay deslavazados intentos de reivindicación de figuras como el futbolista Lamine Yamal o la atleta Ana Peleteiro como ejemplos de “nuevos españoles”, héroes y heroínas de glorias españolas sin tener rostro caucásico. También hay alabanzas genéricas de la contribución de los inmigrantes a la economía, las cuales también indignan a una parte de la izquierda que reivindica la acogida basada en la dignidad intrínseca al ser humano y no a su aporte como trabajador. Tampoco hay un discurso sanchista sobre lo hispano como sí hubo uno felipista. Pero ni siquiera las invocaciones indigenistas suelen ir más allá de memes y enunciar el “nada que celebrar”: apenas se organizan contramanifestaciones ni se tiene relación con líderes indígenas.

Esta carencia de un discurso hispanista emana de otras insuficiencias: por una parte, la incapacidad de la izquierda para consolidar un discurso sobre la inmigración y su gestión; por otra, su nunca resuelta relación con la idea de España. El primer Podemos llegó a organizar un ardoroso ciclo de debates sobre la “resignificación” de la idea de patria y sus símbolos, pero se cerró en falso. En ambos casos, nuevamente, no se consigue ir más allá de los lemas (“ningún ser humano es ilegal”, “la patria es un hospital”…), y con eso no basta. Así, el 12 de octubre se ha vuelto una batalla particular de la guerra cultural: dos hispanidades en la derecha, ninguna en la izquierda; de un bando, pelea intestina; del otro, incomparecencia.

Pablo Batalla Cueto

Gijón, 1987. Licenciado en Historia, corrector de estilo, traductor y ensayista. Autor de cinco ensayos, el último de ellos Yo podría haber sido Fidel Castro (2024). Colabora con medios como Público, La Marea, Jot Down o Nortes y coordina la revista cultural digital El Cuaderno.